En Culiacán, los ataques contra viviendas se han convertido en parte del paisaje; cada suceso reaviva el temor de vecinos, en una guerra que parece no tener fin
El número de vecinos reunidos frente a la casa siniestrada crece. Entre sus pláticas, relatan que nadie habitaba esa vivienda. De vez en cuando llegaban personas desconocidas, entraban y salían sin saludar, sin preguntar. Antes fue de una señora que se mudó hace años; desde entonces, la casa quedó como un cascarón, útil para cualquiera.
“Uno siempre está con miedo”, lamenta una de las vecinas. “Y más ahora que balacean y prenden tantas casas… Pues estás con el pendiente de que se vayan a confundir y le pase algo a tu familia”.
Un joven vecino del fraccionamiento Santa Fe, relata su experiencia. Fue a las 6:30 de la mañana cuando se dio cuenta. Su hermano pequeño entró en su habitación asustado, y le dijo que había escuchado muchos ruidos; que se había asomado por la ventana y había visto a un hombre con un rifle y una cuerda.
El miedo se apoderó del joven. Esperó unos minutos, le dijo a su hermano que se quedara encerrado, y se aseguró de que no hubiera nadie afuera antes de salir. La casa contigua ardía con fuerza. En la parte de enfrente, un perro buscaba refugio de las llamas, acorralado por el calor y el humo.
“Estaba hecho bola en un rincón hasta adelante. Yo quise abrir, pero la puerta tenía candado y no pude. Lo bueno es que un vecino le movió por abajo y se salió el perro”, relata el joven, con los cabellos todavía desordenados por el sueño interrumpido.
La casa fue incendiada alrededor de las 6:00 de la mañana del pasado viernes. Según los reportes preliminares de las autoridades, un grupo armado forzó la puerta principal a golpes y prendió fuego al interior.
De acuerdo a datos de la Fiscalía General del Estado de Sinaloa desde septiembre de 2024 al 5 de noviembre de este año 174 viviendas fueron vandalizadas, la mayoría en Culiacán. Una cifra que sigue creciendo, casi tan rápido como las llamas.
Esta vez ocurrió en el fraccionamiento Santa Fe, pero pudo haber sido en cualquier parte. En una ciudad atravesada por una guerra que ya rebasa los 14 meses y que ha cobrado la vida de miles de personas, las casas baleadas, vandalizadas o incendiadas se han convertido en parte del paisaje urbano.
Los vecinos de las casas contiguas se han reunido en la esquina. Observan la vivienda aún humeante. A su lado, algunos perros —esos que no tienen dueño, pero que tienen colonia— se pasean mansamente. El Lucky, la Canela y el José Luis viven en esas calles, conocen los patios, saben dónde les dan agua y a qué hora salen los niños. Son parte de la comunidad, tan invisibles como indispensables.
Son de todos
“¡Qué hermoso, cómo estás mi niño!”, saluda una vecina a un perro ya mayor, de caminar cansado. El animal se acerca y se deja caer sobre su espalda, ofreciéndose de inmediato a las caricias.
“Mi esposo le puso José Luis cuando llegó aquí a la colonia hace ocho años, y así se le quedó. Así le dice todo el mundo y él entiende. No, no es de nadie este perro, pero es de todos”, asegura la mujer sin dejar de sobarlo.
Otro joven cuenta que su esposa lo despertó temprano, diciéndole que olía a quemado. Revisó la casa, no encontró nada. Salió y vio la vivienda en llamas.

“Grité para ver si había alguien, por si podía ayudarle, pero no escuché nada. Había un perro ahí encerrado, le moví un poco con la reja, y salió corriendo. No supe ni para dónde.”
José Luis y el Lucky se levantan. Un imponente bulldog color claro atraviesa entre los vecinos y trata de acercarse a la casa, esquivando charcos de agua y montones de ceniza.
“Pobrecito… quiere entrar a su casa, pero ya está toda quemada”, dice una joven. “Lo voy a meter aquí al corral con mi mamá por mientras. Nosotros no nos podemos quedar con él, ya tenemos dos.”
Una ciudad que arde
El perro da un par de vueltas alrededor de lo que fue la entrada. Huele el aire, huele la tierra, huele lo que quedó de su casa. Luego mira hacia la calle, hacia las piernas que ya conoce, hacia las voces que lo llaman sin llamarlo.
En una ciudad donde las balaceras son cotidianas, y a nadie le extraña ya una casa incendiada al amanecer, también los animales aprenden nuevas formas de sobrevivir.
Los perros —los de nadie, los de todos— se vuelven testigos silenciosos de la guerra.
Están echados en las esquinas después de un tiroteo, corriendo detrás de una patrulla, o incluso olfateando indiscretamente a algunas de las víctimas.
La joven le ofrece al bulldog un plato con croquetas y empieza a comer. Los vecinos lo observan. Nadie lo dice, pero todos lo piensan: ese perro ya no tiene a dónde volver. La casa que era suya ya no está.
Y, como pasa aquí, como pasa siempre, lo más probable es que termine sumándose a la pequeña manada de sobrevivientes que habita estas calles. Comerá donde le den de comer. Dormirá donde lo dejen dormir. Aprenderá los nombres y los ruidos. Será uno de esos perros que no son de nadie aunque pertenezcan a todos.
Un habitante más de una ciudad que arde.
Artículo publicado el 16 de noviembre de 2025 en la edición 1190 del semanario Ríodoce.






