Hay noches que no pertenecen al calendario, sino a la eternidad….
Y lo del viernes en Los Angeles quedará grabado como el día en que Shohei Ohtani convirtió las Grandes Ligas en un videojuego y la realidad en un mero espectador.
¿Qué tanto talento debes tener para lanzar 6 entradas de solo dos hits, sin carrera y 10 ponches, pero además conectar 3 jonrones en 3 turnos en el mismo juego de postemporada?
Mire usted: Si Lionel Messi hubiera metido tres goles en una final de la Champions y, al mismo tiempo, fuese el portero de su equipo sin permitir ninguno, sería más o menos comparable.
Señoras y señores, Ohtani no jugó beisbol el viernes: redefinió la física, humilló la estadística y volvió a pintar de azul el cielo de Los Ángeles. Cada lanzamiento fue un relámpago; cada swing, una detonación nuclear.
Los Cerveceros no enfrentaron a un pitcher ni a un slugger: Enfrentaron a una fuerza de la naturaleza, mitad Freddie Freeman y mitad Blake Snell (ambos en su noche más brillante).
Lo que vimos es tan absurdo que parece programado en dificultad “fácil” de PlayStation. Tres jonrones. Diez ponches. Cero errores. Cero humanidad.
Lo del viernes no es solo la hazaña más grande en la historia del béisbol. Es, para mi gusto, la más rimbombante gesta deportiva de todos los tiempos.
Porque mientras otros rompen récords, Ohtani rompe la lógica.
Y pensar que este fenómeno nació para recordarnos algo tan simple como devastador:
Que cuando el talento, la disciplina y el alma se alinean, el ser humano puede hacer cosas que rozan lo divino.
Los Dodgers están en la Serie Mundial por segundo año consecutivo.
Pero lo del viernes, más que una clasificación, presenciamos una revelación: SHOHEI OHTANI no pertenece a este planeta.
Solo baja de vez en cuando para recordarnos que el béisbol, cuando se juega con el alma, puede ser poesía escrita con guantes y madera.






