Malayerba: Lanzagranadas

Malayerba: Lanzagranadas

Los policías lo atoraron en un retén. Él, en lugar de explicarles y disimular, los recibió con una pistola en la mano y les dijo, Qué quieren cabrones.

Los agentes dieron dos pasos para atrás. Se subieron a la patrulla y el jefe de la unidad les ordenó que lo siguieran. No prendieron las luces ni la sirena. A distancia y sin escándalos, le pusieron cola. Entró a esa casa, comandante. Ellos no se percataron que él vio que lo seguían y prefirió refugiarse en esa vivienda propiedad de su madre.

Los polis pidieron refuerzos y en cosa de minutos ya estaban otras patrullas con las torretas encendidas y los del grupo especial, todos vestidos de negro y encapuchados, tipo suat, para reforzar el operativo. Desde el patio que da a la calle se asomó y disparó una ráfaga de fusil automático.

Le gritaban que estaba rodeado, que se rindiera. Entrégate, le decían. Estaban tras las patrullas: unos en cuclillas, otros con las rodillas en el suelo y rezando un Padre nuestro, o detrás de la puerta o en cualquier lado y con los ojos cerrados.

Aquel se asomó de cuerpo entero, abrazando lanzagranadas como si fuera un bebé recién nacido. Órale putos, aquí está su ríndete. Vengan a detenerme si son tan hombres. Se movió como abanico y les dio un repasón con la mirada, apuntando en esa dirección aquel artefacto.

Un murmullo anegó las miradas de los agentes. Solo se escuchaban las voces reproducidas a través de los radios Matra asidos a los uniformes y en las cabinas de las camionetas. Órale, cabrones. Vengan, acérquense si tienen güevos. Bola de culones.

Se metió y avisó por el teléfono que lo tenían rodeado. Son los polis, pinches putos, que me quieren detener. Le dijeron que no hiciera más broncas, que se entregara antes de que llegaran los del Ejército. Y que no se preocupara. Colgó.

Salió con las manos ocupadas. El fusil de un lado y el lanzagranadas del otro. Los polis hicieron movimientos rápidos, buscando refugios para repeler la agresión. Aflojaron los músculos cuando el hombre tiró las armas al suelo y levantó las manos. Con movimientos de alambre lo esposaron y metieron a la patrulla.

El comandante pasó el reporte por el radio. Luego empezaron a sonar sus teléfonos: el celular del bolso derecho, el blacberri que traía colgando del cinto y del lado izquierdo. Y el prit prit del Nextel no le dejaba de avisar. Contestó aquí y colgó allá. Diga mi comandante, ordene jefe. Sí, sí, claro patrón. Lo que usté diga.

El detenido iba incómodo con las manos atadas. Pero no dejaba de sonreír y de mantener arriba la cara. Los agentes lo veían, desconcertados. Evitaban cruzar sus ojos con esa mirada que a la vez que brillaba, espantaba. Sabían que no era un matón cualquiera.

Sí, jefe. No se preocupe, ya estamos cerca. A la orden. Repetía el comandante, entre tanto aparaterío. Cuatro cuadras. El conductor bajó la velocidad. El comandante le hizo señas. Pararon. Le quitaron las esposas. Un carro sin placas se arrimó. El hombre bajó de la patrulla y subió al automóvil. Les dijo, Eh cabrones, las armas. Y se las regresaron.

Artículo publicado el 31 de agosto de 2025 en la edición 1179 del semanario Ríodoce.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.