El conductor de la camioneta que va delante de ella se detuvo. Ella lo tomó con calma. No pensó, no protestó ni viró. Ahí estuvo, paciente. Ahí estuvo aguardando. Posponiendo corajes, bilis, gritos, reclamos, desesperos.
Había salido de su casa temprano. Media hora para llegar al trabajo es tiempo suficiente. No quiero andar en apuros, presionada. Puede haber embotellamientos: las colas para alcanzar el verde del semáforo en ocasiones son largas e interminables.
Maestra de primaria. Joven madre de familia. Camioneta extreil gris.
Iba sola. Sola en la cabina. Sola con el conductor del noticiero de radio que anunciaba que las temperaturas seguirían altas. Sola con ella, en medio de la fila que esperaba el turno en el crucero.
Media ciudad por delante. Hay que cruzarla para llegar a la escuela. Y siempre el apuro, las prisas, usar la bocina, acelerar, espetar. Mentarle la madre al de un lado y al de adelante.
Órale. Muévete. Chingada madre. La tuya. Y los ademanes, el dedo de en medio. La mímica como ejercicio de injuria.
La camioneta seguía adelante. Silverado, azul rey. Sin placa trasera. La cabina doble parece una cueva densa y oscura: guarida para tres, cuatro, incluido el conductor, para sembrar el terror, para amedrentar, amenazar en silencio, sin mirar ni pitar.
Y ella atrás. Tranquila. Hay tiempo. El tramo es largo pero para eso salió temprano.
Los de la camioneta avanzan. Unos metros solamente. Frenan otra vez. Avanzan de nuevo, pero esta vez lento. Des-pa-ci-o.
Y los carros del carril de al lado pasan y pasan. Unos conductores pitan, rebasan enfurecidos. Otros aceleran, rugen los motores, voltean furiosos, brillan los ojos, hacen viento agitando manos y brazos.
Ella ve que todos la rebasan. Ve que se queda sola en el carril. Que los de la camioneta se detuvieron por completo y que tienen más de un minuto que no se mueven ni una pizca.
Nadie les estorba. Allá, metros adelante, se ve la fila. Todos esperan el semáforo. Y ella ahí, atorada. Calma, conserva la calma.
Y ellos siguen parados. Y ella frenando. Escuchando el noticiero en la radio.
Vuelve a ver el retrovisor lateral. Baja el espejo que esconde la visera, frente a ella, revisa los colores del maquillaje. El bilé en sus labios, los contornos de los ojos.
Guarda el espejo. Regresa su mirada hacia el cristal delantero. Camioneta lujosa, sin placa trasera. Qué pasará. Nada, no pasa nada. Sigue conservando la calma. Ellos no se mueven. No hay luces intermitentes.
Su pie sigue en el freno. El aire acondicionado prendido. Las manos sobre el volante, apretando, sin tocar el claxon. Intrigada, inquieta.
Se abre la puerta del conductor de la camioneta. Baja uno. Camina hacia ella: despacio, seguro, mirándola. Le toca el cristal de su puerta. Baje el vidrio, le ordena. Ella dice, Oiga, no he hecho nada. Bájelo. Oiga, pero… Que lo baje le digo.
Temblorosa. Aplasta el botón y el cristal desciende lentamente. Él mete la mano. Deja un billete de mil pesos sobre el tablero. Ella dice, Oiga, pero… No quiero nada. No hice nada. De qué se trata.
Él le dice, Ahí déjelo. Se los ganó. Usted se los ganó. Ella está histérica. Grita, Pero yo no hice nada, soy inocente. Y él le contesta, Se los ganó: mis amigos y yo apostamos y usted no pitó ni nos rebasó ni gritó, por eso se los doy.
Si no, la hubiera matado.
Artículo publicado el 3 de agosto de 2025 en la edición 1175 del semanario Ríodoce.







