Ovidio, otro ejemplo de la burla de la justicia gringa

Ovidio, otro ejemplo de la burla de la justicia gringa

La pugna arrecia en Sinaloa, el último mes peor que el anterior. Mayitos versus Chapitos siguen acumulando muertes, amontonando cuerpos mantienen tomada la ciudad capital y otras poblaciones, estas semanas ha sido en Navolato, luego será otro lugar en un capítulo sin fin.

Aquí una guerra abierta, mientras en los despachos de los fiscales americanos y las agencias de seguridad estadounidenses se afinan los pactos de colaboración, apegados al programa de testigos protegidos. Ahora son los Guzmán López —Ovidio y Joaquín— mañana seguramente serán los Zambada —como lo fue Vicente hijo lo será Ismael padre.

La consigna es clara y la ofrece en charola el mismo sistema de justicia estadounidense, semejante en su simpleza a la penitencia en la religión católica: basta rezar un par de padres nuestros y liberarse de los pecados —en el caso de la justicia gringa de los delitos—. Son las ironías de una compleja trama judicial, donde el poderoso vecino gringo acumula millones de dólares que arrebata a los delincuentes a cambio de inmunidad y de una nueva vida. De paso también obtiene información y acusaciones a quienes el sistema considera peces gordos de la delincuencia.

Visto de este lado de la frontera puede gustar o no, pero así funciona la justicia del país que persiste en aparentar ser el policía del mundo.

Ovidio Guzmán López, hijo del Chapo y hermano y socio de Iván y Alfredo, llega a un acuerdo con la justicia de los Estados Unidos, luego de un año y 10 meses en prisión. El trayecto fue el de siempre: costó sangre y fuego capturarlo en México, luego extraditarlo a los Estados Unidos donde llega diciéndose no culpable, para que a los meses admita su culpabilidad a cambio de un breve paso por la cárcel y acusar a quienes fueron sus compañeros o socios en la delincuencia.

Aunque desconozcamos los detalles por ahora, o quizá nunca los sepamos, lo claro es que Ovidio —y después seguramente pasará lo mismo con su hermano Joaquín y con los 17 familiares que cruzaron la frontera para entregarse— ofreció algo que la justicia estadounidense considera valioso.

Si primero fueron los Zambada —el Vicentillo y el Rey, hijo y hermano de Ismael—  declarando contra los Guzmán, quizá ahora se invirtieron los papeles, y son los Guzmán quienes entregan y acusan a Zambada.

Aunque siempre he pensado que en esta historia nada es lo que parece, podría ser simplemente que los Guzmán le tendieron una trampa al Mayo y cayó, todo a cambio de una promesa de libertad.

 

Margen de error

(Culiacán) Aquellos jueves negros en Culiacán han quedado atrás para Ovidio Guzmán. El jueves de octubre de 2019 cuando tomaron por asalto la ciudad y amenazaron los Guzmán con quemarla, esa fallida captura que sirvió para mostrar el poder de la organización de los Chapitos que arrodilló a las fuerzas federales al punto de tener que liberar a quien ya habían detenido. O el otro jueves de enero de 2023, esta vez sí lograron detener a Ovidio, pero de nuevo a costa de tomar la ciudad e incendiar sus caminos.

Esos dos días, esos dos jueves, pensábamos que era lo peor que le podría suceder a una ciudad. Casi un millón de habitantes capturados por el poder de fuego del narco. Pero siempre hay un margen para algo peor, y aquellos dos días se han convertido en meses. Una ciudad tomada por los enfrentamientos que provoca la larga disputa entre los hijos de los dos bandos.

 

Primera cita

(Justicia) La justicia estadounidense goza de una gran reputación. Hay una creencia de este lado de la frontera de que una vez que un delincuente es enviado a Estados Unidos pagará sus cuentas, recibirá su castigo.

Allá no se fugan como aquí, se dice. Sus jueces y sus policías no serán corrompidos. Allá sí hay justicia. Nada más lejano de eso, si hacemos un recuento de casos.

Si bien Joaquín Guzmán, el hijo del Mencho, Alfredo Beltrán Leyva o Juan García Ábrego —y muchos otros menos famosos, por supuesto— están en una prisión americana, otros delincuentes de igual o peor calaña están en libertad gracias al juego perverso de la justicia estadounidense, como será el caso de los Guzmán López, o es ya el caso de Dámaso López, Vicente y Rey Zambada.

 

Mirilla

(USA) Rafael Caro pasó casi tres décadas en una prisión mexicana, lo mismo todos sus socios del cártel de Guadalajara, Miguel Ángel Félix Gallardo y Ernesto Fonseca por citar a los más famosos. El mismo Chapo estuvo casi ocho años en una cárcel, hasta que logró su primera fuga.

Esas dos últimas décadas del siglo pasado, esos tiempos del PRI, cambiaron radicalmente con la alternancia del poder presidencial en México. Desde Vicente Fox y en los años siguientes, lo común es que los narcos detenidos aquí son trasladados tarde o temprano a los Estados Unidos. Ya no es una tendencia, sino una clara realidad: ser extraditado para ser juzgado por la justicia gringa lejos de ser un castigo termina siendo una bendición.

Aquel miedo y angustia que los colombianos hicieron famoso negándose a la extradición, en este tiempo es para los mexicanos una opción viable para retirarse del negocio de las drogas.

Hay demasiados ejemplos de entregas voluntarias y de acuerdos, obtienen la libertad a cambio de entregar a los gringos los ahorritos del dinero sucio y los conocimientos adquiridos en años de delincuentes. Estamos en un punto en que el gobierno mexicano debería plantearse si vale la pena tanto esfuerzo, dinero y sangre para atrapar capos que a la vuelta de una expiación quedarán libres en Estados Unidos (PUNTO)

Artículo publicado el 6 de julio de 2025 en la edición 1171 del semanario Ríodoce.

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