Los punteros, el eslabón más débil

Los punteros, el eslabón más débil

Son el eslabón más débil porque son los más visibles. Ni siquiera son los que venden drogas en la casa de la esquina porque catear una vivienda o un establecimiento requiere un procedimiento judicial. No son los gatilleros, los sicarios, porque esos siempre andan armados y tienen con que defenderse; no son los policías corruptos, aunque en sus días francos estén obligados a andar sin sus armas de cargo. Ni hablar de los jefes de células, ni los lavadores de la plata que viene de actividades relacionadas con el narcotráfico, ni los narcopolíticos, ni los profesionistas, abogados, ingenieros, arquitectos, químicos, muchos de ellos al servicio de la mafia. Son los punteros, los que vigilan el movimiento de las fuerzas armadas y avisan el rumbo que llevan. Los halcones motorizados, cuya única arma es la facilidad y la velocidad con que manejan una moto.

Llegaron a andar como enjambres detrás de los vehículos militares a la vista de todos, manejando la moto sin placas con una mano y sosteniendo el radio en la otra. Su presencia fue insultante hasta para la gente y humillante para los soldados que solo los veían venir atrás de ellos sin poder hacer nada porque se trataba de darles abrazos, no otra cosa. Las patrullas de la policía –muchas de ellas punteras también, estatales y municipales— eran solo espectadoras, omisas, cómplices. ¿Nunca se discutió el tema en las mesas de seguridad? Todo indica que no, porque durante años estuvimos viendo esto que se convirtió en un espectáculo morboso. Si había un cateo en una casa, en una bodega o en una privada, era común ver a cincuenta o a cien metros a un puño de punteros platicando entre ellos radios en mano como si estuvieran hablando de las tareas que había dejado el profesor de geografía, visibles a todo el mundo sin temor alguno y con absoluta libertad e impunidad.

De ahí su debilidad. Cuando inició la guerra entre Chapos y Mayos, los empezaron a cazar. De un lado y del otro. Y entonces su trabajo tuvo que hacerse con algo de discreción. Las motocicletas fueron avitualladas con cajas de reparto y muchas ahora sí traían placas. Muchos empezaron a usar casco para ocultarse, no por cumplir con una regla de Tránsito. Otros pasaron a usar automóviles de todo tipo. A los grupos les faltaban ojos porque el gobierno empezó a desactivar cámaras de vigilancia que habían sido colocadas ilegalmente en postes públicos o de negocios, muchas veces con amenaza de por medio. Pero igual los siguieron cazando sin piedad. Primero los levantaban para asesinarlos y ya después los han rafagueado en las calles.

Pero también son el eslabón más débil porque no pueden renunciar a su trabajo. Corren el riesgo de que los maten sus enemigos, pero si se niegan a trabajar los matan sus amigos. O matan a su familia. Están atrapados. Y la inmensa mayoría son muy jóvenes y menores de edad, plebes que deberían estar en la secundaria pero que prefieran ganarse tres mil pesos a la quincena mientras sueñan piñados que algún día serán como el Chapo Guzmán o como el Mayo Zambada.

Los hay en todas las ciudades de Sinaloa, pero en Culiacán su presencia fue abrumadora. Cientos de ellos cuidaban las colonias, el ingreso de policías y fuerzas federales o la presencia de gente que les parecía extraña, autos que no identificaban y que tenían que reportar.

Ahora cada vez son menos. Casi han desaparecido. Cuando un motociclista es atacado es imposible no pensar que se trata de uno de ellos, aunque sea un hombre de bien. La guerra ha distorsionado las percepciones. Ha muerto mucha gente inocente en todos estos meses. A veces es un error ir por carretera y parar a medio camino a mear, a comprar un refresco o a cargar gasolina. A un joven lo confundieron y pudo contarla a pesar de que le dieron un balazo en la cara y lo echaron en una fosa séptica en Tacuichamona, pero sus otros tres compañeros no.

Bola y cadena

SOLO CON VER LAS FOTOGRAFÍAS de los detenidos con armas, con vehículos robados o los que estaban atochados en un hotel esperando órdenes, puede inferirse que muchos de esos punteros fueron habilitados como gatilleros sin tener el adiestramiento paramilitar mínimo porque ni tiempo han de tener para ello. Un soldado no se improvisa, y enviarlo a la guerra en esas condiciones está resultando muy caro para muchos.

Sentido contrario

LA PRESENCIA DE TANTOS JOVENES EN los grupos del crimen organizado es una muestra del fracaso de los programas orientados a rescatarlos de la delincuencia. Se gastó mucho dinero en ello y los resultados no pueden siquiera cuantificarse porque el gobierno no creó los instrumentos para medirlos ¿cómo, entonces se determina el éxito de una política del gobierno? ¿Se sigue o no con ella? ¿Se reorienta, se cancela?

Humo negro

QUIÉN SABE SI LA GENTE DEBA reír o llorar con nuestros alcaldes, pues mientras las ciudades arden por la violencia y la inactividad económica que esta ha producido desde que estalló la narcoguerra, uno, el de Elota, viaja a París a traer inversiones y otro, el de Culiacán, regala gallinas para fomentar la producción de aves de traspatio… para consumo familiar.

Artículo publicado el 22 de junio de 2025 en la edición 1169 del semanario Ríodoce.

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