Oyó tres golpes en la puerta. Golpes secos, sin eco, discretos, rítmicos.
No terminaba de despertarse. Paños menores, buscando a tientas las antiparras para esa miopía galopante; moviéndose torpemente, como un caballo encerrado en esa recámara de tres por cuatro.
Tocan ma. Tocan.
La señora estaba en la cocina. La tibieza del espacio le afinó el oído. Qué tocan ni qué nada. No es aquí.
Ai voy, gritó él, como queriendo contestarle al que parecía esperar del otro lado de la puerta y simultáneamente avisarle a su mamá que él abriría.
Pinches chanclas, dónde están. Todo a tientas. El piso se mueve. Los objetos se ponen borrosos, la mesa está más lejos y de repente se acerca, baila, se menea, desaparece.
Chingados lentes. Si yo los puse aquí, en el buró. No están, dónde están, dónde están. Chingada madre.
Voy. Ya voy.
La computadora encendida. Insomnios y fantasmas: un chillar de llantas, el ulular que se acerca, el tableteo de las ametralladoras, los meones callejeros bajo su ventana, lo despiertan a las cuatro de la mañana.
Los ruidos que se repiten, que viajan rápido por la concha acústica que envuelve la ciudad.
La televisión encendida. Un programa de revista intentando divertir a las que todavía no terminan de separarse de las cobijas. Un noticiero radiofónico que está anunciando la información policiaca. Y a lo lejos, a través de las bocinas, otra vez el ulular.
Toda la información policiaca, toda. Completita, calientita, tibia, recién horneada, para usted. Y detrás de la voz del locutor el uuuu de las ambulancias.
Y esa parsimonia. Los lentes, el chor, la camiseta. Esas chanclas. Voy, voy, voy. Y de nuevo ese toc toc toc. Ya no le pareció en su puerta. Una duda lo asaltó cuando por fin terminó de incorporarse al filo de la cama.
Pero él había escuchado claramente que tocaban. Buenos tímpanos. Mala retina. Mucha “güeva” a esa hora de la madrugada, cerca de las ocho: nada qué hacer, nada que no sea escuchar los noticieros, revisar correos electrónicos en la compu y preparar desayuno.
Por fin los lentes. Aseó las patas con sus dedos gordos, torpemente. Extendió los extremos. Los instaló sobre sus orejas cuarentonas en cuya parte inferior asoma un pelambre en el que parecen anidar aves matinales. Ah, por fin se hizo la luz.
Ya no escuchó más golpes en la puerta. Seguramente me escucharon. Seguro están ahí, esperando.
Caminó hacia la puerta de su recámara. Estiró la mano y alcanzó la manivela. Aprovechó la lentitud con que se abrió la hoja de madera para estirarse. Brazos a lo alto, huesos que parecen crecer, piel que se abre, poros que despiertan con él, sentidos que sienten. Aajummm.
Llegó al fin a la puerta que da a la calle. Quién, preguntó. Quién, de nuevo. Quién es, repitió, fuerte, como los golpes que lo habían hecho llegar hasta ahí. Abrió. Nada a la izquierda. Nada a la derecha.
No es nadie, le gritó a su mamá. Te lo dije, contestó, desde el fondo, cerca de las hornillas de la cocina.
Miró de nuevo. Sus bifocales enfocaron a lo lejos. Cerró los párpados, arrugó los contornos, frunció lo que pudo en esa área entre nariz, cejas y ojos. Un remolino de gente alrededor de un Chevrolet 300: el cristal delantero, del lado del conductor, perforado.
Un hombre muerto, recostado sobre su izquierda. Calibre nueve milímetros, dijo un curioso. Un joven le disparó desde otro carro. Después de los primeros impactos se detuvo, bajó y le disparó de nuevo, de cerca…
Mataron a alguien, gritó. Se lo dijo a su madre, desde la puerta. Ella contestó: te lo dije hijo, no estaban tocando, eran balazos.
Artículo publicado el 01 de junio de 2025 en la edición 1166 del semanario Ríodoce.







