Las dolorosas fosas de Costa Rica

Las dolorosas fosas de Costa Rica

Rastreadoras realizan la búsqueda y localizan cuerpos sepultados en medio de la guerra en el ejido Mezquitillo

 

Un hedor espeso brotó desde una de las fosas. “¡Es un positivo!”, gritó una de ellas. Las demás buscadoras se acercaron con sus botas tierrosas de tanto andar con pico y pala en la mano y el machete colgado en la cintura. La denuncia anónima que había llegado a ellas fue certera; “son tres cuerpos”, rezaba el mensaje.

Ese martes 22 de abril el colectivo Sabuesos Guerreras, A.C identificó siete fosas clandestinas con un aproximado de 11 cuerpos a lo largo de un camino de terracería en el ejido Mezquitillo, perteneciente a la sindicatura de Costa Rica, al sur de Culiacán. Esa tarde solamente dos cuerpos fueron procesados. Extraer restos humanos en lo grumoso de la tierra fue un trabajo laborioso para los peritos y el descenso del sol tambaleaba los ánimos, estaban en una zona caliente; desde lejos un grupo de punteros los observaban.

El Ejército se quedó esa noche resguardando la zona y el tufo a cadáveres acompañó a las madres hasta sus casas. No es un olor del que se desprenda fácilmente. Les recuerda a sus hijos desaparecidos, es sollozante y doloroso. Apesta a esa parte que muere en ellas.

Retorno

Las buscadoras se alistaron para el día siguiente. Tuvieron un desayuno correteado sobre la banqueta de un estacionamiento: frijoles puercos, queso fresco, huevo con jamón y burritos. Mientras tanto, esperaban la furgoneta de la Comisión Estatal de Búsqueda que las llevaría de nuevo al sitio.

Un fiscal llegó en su SUV blanca, abrió su cajuela y enlistó su rifle, más tarde otros dos fiscales se unieron al equipo. Una patrulla de la Policía Estatal, con matrícula 961A, ya estaba ahí. Observaba desde lejos, con dos elementos al interior de la unidad; serían los encargados de escoltarlas.

La Comisión Estatal de Búsqueda llegó. Se improvisó una pequeña junta entre Policía Estatal, Fiscalía y el equipo de madres: 21 personas en total. Se especificaron los caminos: tomaremos la carretera que va hacía Eldorado y daremos vuelta hacía la carretera que conduce a El Alhuate —una pequeña comunidad de Costa Rica—, orquestó un trabajador de la comisión.

Los servicios periciales se unirían a la caravana al llegar al bulevar Jesús Kumate, al sur de Culiacán. Las buscadoras subieron sus mochilas y alistaron palas, picos y rastrillos junto a hieleras con aguas y sueros para el calor.

Para las 9:40 horas pisaron de nuevo el lugar. El Ejército las recibió y se formaron dos equipos de cinco buscadoras, y seis soldados las acompañarían durante el rastreo. Se enlazaron frecuencias de radios, se trazó el trayecto y los sonidos metálicos de las palas comenzaron a chocar sobre la tierra suelta.

RASTREADORAS. Encabezando la búsqueda.

 

Los peritos iniciaron su faena desde las 9:59 horas en una de las fosas más grandes. Se estimaba la existencia de seis cuerpos semienterrados. Dos carpas blancas se levantaron, una para los peritos y otra para dos de las madres buscadoras; las jornadas de trabajo son largas y la ebullición del sol flamea sobre la espalda.

Detrás de la cinta amarilla, ellas escribían en una pequeña libreta roja. Una de las buscadoras seguía con atención cada movimiento de los peritos y anotaba detalles esenciales mientras los cuerpos eran desenterrados.

Cuerpo 1: Levantamiento a las 11:04 horas. Masculino, el occiso se encontraba en un estado avanzado de descomposición; sin señas particulares. Completamente desnudo, no traía ropa.

Las puntas de las varillas comenzaron a olerse. Toman el mango y clavan con el peso de sus cuerpos, lo giran con fuerza y lo sacan, rectifican el olor. Se incrusta en cada terreno sospechoso. Hay un silencio en cada olfateada: “aquí no hay nada”. Continúan con el rastreo.

Cuerpo 2: Levantamiento a las 13:37 horas. Sin señas particulares; el cuerpo está totalmente envuelto en una cobija blanca y amarrada con cinta transparente.

Dos soldados al frente, otros dos en medio, y el último par hasta atrás. Cargaban sus armas con orgullo y disciplina, indiferentes al sol y al sudor. El uniforme verde olivo se adecuaba bien en el paraje. Les pisaban los talones a las buscadoras, se hacían partícipes; observaban y señalaban.

A uno de ellos le decían “el güero” un soldado alto, joven y delgado, de manos cadavéricas.

Destacaba entre la baja estatura de las madres, algunas reducidas por la edad y la postura cabizbaja atisbando la coloración de la tierra, las empequeñecía.

Cuerpo 3: Levantamiento a las 14:06 horas. Masculino, viste ropa deportiva con pantalón tipo pants, color azul marino con la leyenda “Superman”. Sudadera color negro. Tenis azules con gris de la marca Under Armour. Hay restos de cabello negro visibles.

“¡Equipo uno!”, se gritan a lo lejos, buscan reincorporarse. Lo pesado del terreno termina por separarlas, se pierden entre huecos, árboles y canales. “¡Equipo dos!”, gritan desde la otra punta, ofuscadas por el polvo. Se encuentran y se vuelven un solo equipo. “¡Hay que separarnos otra vez!”

Cuerpo 4: Levantamiento (hora incierta). Masculino, viste pantalón de mezclilla y cinturón (se desconoce si es de piel o piel sintética). Sin calzado ni camisa. A un costado del cadáver se halló un sombrero vaquero color hueso.

Moscas volaban con desesperación y descansaban sobre los pies, hombros y brazos de las madres buscadoras, ellas se proyectaban imperturbables, acostumbradas a lo nauseabundo. “Parece que es pura sanguaza”, dijo un trabajador de la comisión mientras manipulaba el cuerpo contaminante. “Negativo, no es nada”, solo era una prensa de basura que se atoró en el tronco de un árbol. Continuaron con su camino.

Cuerpo 5: Levantamiento a las 15:42 horas. Masculino, viste playera negra con gris y pantalón de mezclilla, boxer amarillo con verde claro.

Los peritos metían los cuerpos en bolsas blancas de mortaja. Entre cuatro la tomaban de las esquinas y con fuerza los subían a la furgoneta del Servicio Médico Forense (SEMEFO).

Encontraron un sexto cuerpo. Con sus overoles blancos, guantes y cubrebocas manipulaban la zona. Utilizaban sus brochas y palas. Poco a poco el hueco de tierra tomaba su relieve. Resaltaba el cuerpo; desde el peroné hasta el tobillo, aún conservaba un pedazo de calcetín y sus dedos negruzcos se asomaban.

Las madres observaban en silencio. Una rompió en sollozos; otra, con el rosario entre los dedos, murmuraba una oración. Les duele pero siguen observando, quizás puede ser el hijo de una de ellas, sus tesoros.

El olor no se aparta, conmueve. Se enraiza y golpea. “¡Cuidado no lo pises!”, gritó una madre a un perito. La escena las rompe, se abrazan y lloran. “¡Hijo escucha, tu madre está en la lucha!”, gritan al unísono. Lloran y se consuelan entre ellas.

Al lado del sexto cuerpo, se hallaba uno más. El recuento de cadáveres aumentó; 13 cuerpos distribuidos en siete fosas, la más grande con siete restos. La tarde caía, ya no podían ser procesados, tenían que regresar hasta el siguiente día.

“¿Los van a dejar ahí solitos?”.

Artículo publicado el 27 de abril de 2025 en la edición 1161 del semanario Ríodoce.

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