Localidades de Imala, terreno de disputas entre Mayos y Chapos
Entre árboles y caminos de terracería se divisa a ‘los plebes’. Se les ve en sus camionetas, armados hasta los dientes. En ocasiones hay risas y gritos, festejan ser los antagonistas de una guerra. En los aires se ven sus drones sobrevolando. Han hecho sus recorridos matutinos por las calles de la sindicatura de Imala, al noreste de Culiacán.
Los niños comparten miradas con ellos, al pisar el umbral de la primaria Escuadrón 201 los han visto desfilar. Fátima (nombre ficticio) tuvo que sacar a sus hijos de allí. Ahora, los lleva hasta su comunidad, no muy lejos del pueblo. Las distancias son cortas, pero cansadas. Hace entre media hora y 20 minutos en llegar, por lo que decidió establecerse allá mientras sus hijos estudian.
Regresa a Imala algunos días a la semana para cuidar su casa y animales. Tiene dos perros Chihuahuas y con una cuerda empobrecida sostiene a uno más grande; le dice ‘Negro’ es bravo, no le gusta que nadie se acerque, le ladra a lo que se mueva. En su comunidad las cosas tampoco están tranquilas. Hace unas semanas, todos ‘los plebes’ se resguardaron allá y un día, los contras los sacaron con bombas. Tuvo que llegar a instalarse gobierno para mediar tensiones, desde entonces ‘los plebes’ ya no están.
“Les decimos ‘los plebes’ porque ya los conocemos”.
Desde la entrada de Imala se observa la iglesia con sus dos torres y cúpulas enrojecidas. La asistencia de fieles también ha cesado; se abre todos los días, pero solamente los domingos hay misa. Asisten para pedir por los suyos. Fátima piensa en el primer señor de la comunidad que fue levantado, sucedió en septiembre. Trabajaba para ‘los otros’. A los días lo encontraron “muy feo”.
También, recuerda a un amigo de la familia. Por desgracia el gobierno lo confundió con ‘los plebes’. “Es lo que pasa, se juntan con gente que no deberían, aunque no trabajen en eso, ya con eso les va mal”, reflexiona.
Se susurra un toque de queda en el pueblo. Cuando comienza a caer el sol, se encierran. Los abarrotes y expendios para las cuatro de la tarde dejan de vender. Los comercios que están sobre la plazuela recogen sus cosas. ‘La plebada’ y ‘los otros’ están en pleito, se disputan el terreno.
La comandancia fue cerrada. Cuando comenzó la guerra los municipales se encuartelaron en Culiacán. Desde entonces los militares hacen sus recorridos. El asentamiento de militares que está en la comunidad ya fue notificado. Alguien llamó, puso un reporte en las oficinas de los cuarteles sobre supuestas faltas de respeto hacía la comunidad, quieren que se salgan. Fátima, asegura que los habitantes se sienten seguros con la presencia militar.
“Pero la gente no quiere que se salgan, ellos (la plebada) son los que quieren que se salgan. Ya les han dicho que le van a caer. Pero no le caen con balazos, es lo peor. Le caen con bombas”.
“La gente sabe que mientras no se pelee esto, hasta que gane un grupo ya bien, esto no se va acabar. En Sanalona está igual, llegan los Mayos hasta la mitad del camino y llegan los Chapos hasta la otra mitad. De ahí, hasta que no se queden con cualquier grupo”.
Cuando cae la noche, las camionetas transitan. Los vecinos ya saben de quienes son: ‘Aquí andan los plebes’ se cuchichean entre ellos. Algunos, han optado por desplazarse a Culiacán u otras comunidades más tranquilas. Con el tiempo regresan, aquí tienen sus tierras y ganado.
Los que se quedan viven del turismo. Uno escaso. Vacío, en realidad. El último enfrentamiento que hubo en el poblado de El Tomo, en la sindicatura de Imala, terminó por sembrar miedo e inseguridad. Vehículos y hogares incendiados y otros más impregnados de balas. Cuando los soldados se retiran, las familias van detrás de ellos.
Ignacio (nombre ficticio) ha escuchado que por aquellos poblados existen saqueos. Se llevan refrigeradores, televisores y motos, ni las comandancias se salvan. Contó que el síndico de Imala está ejerciendo gestiones para establecer dos bases militares en El Tomo y Tachinolpa. Durante el día algunos pobladores regresan y por las noches hacen su retorno.
El sábado 29 de marzo, un tarolero marcaba el tiempo, uno, dos tres. La banda comenzó a tocar El Sinaloense. Estaban recibiendo al gobernador del estado de Sinaloa, Rubén Rocha Moya. Desde una de las casas dos ojos observaban, desconfiados, proyectaban inseguridad. Se protegían a través de una reja, sutiles, en vaivén. De repente caían sobre el rostro asoleado del gobernador.
Estaba ahí para dar apoyos económicos a los restauranteros y comerciantes. Era una fiesta. Entre el cúmulo de gente, alguien orquestaba todo, expandía los gritos y ovaciones hacía la figura política.
Los comerciantes desconfían. Reconocen que el problema no yace en la falta económica para solventar los gastos económicos, la falta de turismo recae en la violencia, la gente tiene miedo de ir y toparse con las caravanas de civiles armados. La Secretaría de Economía entrega en efectivo 5 mil pesos. Si quieres más, ofrece créditos de 25 mil y 50 mil pesos, “¿cómo vamos a pagar algo así?”, pregunta Cristina, una comerciante.
Su esposo es albañil, desde hace meses que su esposo no tiene trabajo. Las personas que iban a dar trabajo no se han acercado, también tienen miedo. “Yo creo que toda la gente está igual económicamente y pues están guardando su dinero, no están construyendo nada”.
Fátima se sincera: “No es conveniente que reactiven el turismo”.
Entre conversaciones, Ignacio señala a un perro que iba pasando.
“Hasta los perros están sufriendo, con el turismo la gente le daba un taco y ahora no viene y ahí andan sufriendo los pobres, bien flacos”.
Artículo publicado el 06 de abril de 2025 en la edición 1158 del semanario Ríodoce.







