Hablar de la presencia de la mujer en el arte es hablar de desigualdad y marginación, a pesar del talento y la capacidad de que han sido dotadas, porque si se hurga en la historia casi no hay registros de pintoras mujeres.
Las que contaban con el talento y capacidad para expresarse por medio del dibujo, la pintura y que lo hacían magistralmente, no se les permitía que firmaran sus lienzos, los firmaba el maestro o quedaban anónimos, en el peor de los casos la mujer no tenía acceso a clases de pintura porque las labores “propias de su sexo” tener y criar hijos, lavar, planchar, cocinar, no le dejaban tiempo para desarrollar su talento. Crecieron a la sombra de sus maridos o de algún hombre ya sea su padre o su mentor.
Últimamente se han llevado a cabo investigaciones muy serias en torno a este tema y se tienen registros del año 1308 de una pintora china, llamada Guang Daosheng de una sensibilidad magistral.
En 1532 nace Sofonisba Anguissola, quien trabajó para el Rey Felipe II de España y gozó en vida de grandes honores. Siglos después de su muerte y tras el incendio del Alcázar madrileño en 1734, las firmas de sus cuadros fueron tapadas con óleo y éstos atribuidos a pintores masculinos hasta 1996, en que una restauración puso al descubierto la verdadera identidad de la autora. Este descubrimiento, sin embargo, ha pasado bastante desapercibido.
En 1593 se destaca Artemisa, una gran pintora italiana que fue violada por su maestro de dibujo y fue a ella a quien el tribunal la sometió a la tortura de hacerle un examen ginecológico público. En 1864 Séraphine de Senlis, pintora francesa de dramática y difícil existencia, descubierta por un corredor de arte, quien fuera su protector, muere sola en un hospital geriátrico.
Aquí en México, durante el siglo XIX, destacan Guadalupe Carpio, Otilia Rodríguez, Carmen Mondragón y Leopolda Gassó y Vidal. Otras mujeres artistas que también destacaron en esta época son invariablemente Frida Kahlo, María Izquierdo y Lola Cueto, quienes crearon desde su propia indumentaria la otredad folclórica que causó admiración en Estados Unidos y Europa.
La mayoría de las artistas de la época tomaban clases con maestros particulares y al casarse dejaban de pintar para dedicarse completamente al hogar. La pintora Otilia Rodríguez Torres 1876-1959 fue la primera que cursó la matrícula completa y obtuvo varios premios de dibujo y pintura.

JAEL Y SÍSARA. Obra de Artemisa.
Todo este relato nos pudiera parecer muy alejado de la realidad, sin embargo, se repite algo de lo anterior hasta nuestros días.
Yo nací en un hogar formado por Beatriz y Sebastián, soy la séptima de doce hermanos. Crecí viendo a mi madre muy afanosa con las labores del hogar, pero al caer la tarde, lenta y meticulosamente como en un ritual, sacaba las pinturas, los pinceles, los oleos, la paleta y el lienzo y se disponía a pintar, cuantas veces la observé sin atreverme a hablar para no interrumpir ese trance casi sagrado del que ella se proveía.
Pensaba que algún día me dedicaría a la pintura e iba a tener muchos pinceles y pinturas, ese olor a oleo me inspiraba y me hacía pensar que mi madre era diferente a las madres de mis amigas.
Crecí, fui a la escuela, me titulé de maestra normalista y no me dediqué a la pintura. Fue hasta que mis hijas fueron a la escuela y me separé de mi pareja que entré a la Escuela de Artes y Oficios de la UAS, en 1990. Y fue muy importante para mí que mis hijas me acompañaran en ese proceso, inclusive en la actualidad, aunque se dedican a otras actividades, compartimos el gusto por el arte y las actividades afines a la cultura.
Con el olor al óleo, los colores, las texturas, las líneas, el grafito, las sanguíneas, los pigmentos me fui reencontrando, y mi vida tomó el camino del arte, que es el camino más seguro de caminar por esta vida, a pesar de la locura que conlleva el transitarlo.
Aunque me divertí enormemente en mi paso por la universidad, inmediatamente me di cuenta de la desigualdad de trato hacia las mujeres por parte del director, los maestros y los propios alumnos.
Una frase terrible que usó el maestro no en una ocasión era la que: “la mujer que se quiera dedicar al arte tiene que matar a sus hijos”, dando a entender que el arte es muy celoso y te requiere de tiempo completo. Así que a las mujeres que teníamos que cumplir con el deber de madre, no nos tomaba muy en cuenta.
Otro de los comentarios mordaces que tuve que soportar de mis compañeros de clase haciendo referencia a compañeras “amas de casa” era que “no salen de bodegones y paisajitos”.
El hombre que se dedica a pintar, por lo general tiene a una mujer (madre, hermana o esposa) que le resuelva lo referente a comida, la ropa limpia y el aseo de la casa. Lo cuidan de las distracciones “niño, no molestes a tu papá que está pintando” y le dejan que cultive su creatividad y desarrollen su talento.
Una mujer que se quiere dedicar a la pintura tiene primero que atender al marido, a los hijos, tener la casa limpia, llevar a la madre al médico, soportar las críticas de propios y extraños de “mala madre” y después, si le queda un poco de aliento, ponerse a pintar. Creo que todavía hay una gran diferencia.
Marta Romero es artista visual sinaloense. Dedicó la mayor parte de su vida a la docencia, estudió en la Escuela de Artes y Oficios de la UAS. Dirigió Casa Achoy Guzmán y actualmente es una impulsora del arte hecho por mujeres. Forma parte de la colectiva Mujeres Creando Sinaloa.
Artículo publicado el 16 de marzo de 2025 en la edición 10 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






