Malayerba: Chacaloso

Malayerba: Chacaloso

En el patio de la escuela los niños hicieron montón. No cabían en ese espacio tantas cabezas juntas, tantos pares de ojos, agrandándose, excitados, pegados, elevando los niveles de emoción, viendo ese video en el aparato de teléfono celular de Raulito.

El niño está en segundo grado de primaria. Anda siempre pavoneándose por los pasillos, seguido por sus amigos, esos incondicionales: compra sus compañías con pequeños préstamos, golosinas que dispara, tortas, cevichurros y papitas.

En el recreo es visto siempre perseguido por esa nubosidad densa, compuesta de niños de segundo grado hasta sexto. El niño es impetuoso y creído. Camina con las piernas abiertas, con paso guango, moviendo siempre esa mezclilla de marca que cubre la mitad de su cuerpo.

Raulito no va bien en la escuela, pero tampoco ha reprobado. Es mediano, ochos y sietes en la boleta. No importa, tiene lana. Y tíos, padres, parientes pesados, perrones. Como él, Soy perrón, soy chingón, repite, como un recetario, cuando hablan bien de él.

Botas de piel de cocodrilo, con unos relieves que parecen escamas, puntiagudas. Camisetas jolister, varios colgajes de oro en la muñeca, uno de ellos con su nombre grabado. Los otros penden de su cuello, bailan con ese paso de vaivén, como el de sus tíos, y brincan cuando él corre.

Las camisas y camisetas deben estar desabotonadas para lucir los collares. El gel mantiene el pelo enhiesto, de puntas, como sus botas, retando a la gravedad y al poco viento.

Vengan, miren, qué perrón, les grita a sus compañeros, a quienes trata como sus súbditos. Lealtades adquiridas: comida, galletas y tortas invitadas, a cambio de que lo sigan y le hagan mandados. Le hagan la barba.

Y todos se juntan para ver el video, comparten el aire que parece escasear, puesto que están agitados. Chocan sus cabezas, se raspan entre los pelos y el coco.

Aparece Raulito, primero, viendo de frente a la cámara. Alguien le grita pero no se entiende. Aparecen unas manos, unos brazos. Cargan un fusil de alto poder, un AK-47, al que llaman comúnmente cuerno de chivo.

Es mi tío, dice, con esa voz de confeti. Miren, miren. Shshshshshshshsh, cállense. Se ve apenas una parte del cuerpo del tío. Le da el fusil a Raulito. El pequeño es chaparro y grueso, pero no llega a ser gordo. Se ve fuerte, pero no para cargar un Kalashnikov color chanate.

Lo abraza a duras penas. Alguien le dice que lo agarre bien. Otros se ríen pero no salen sus rostros en el aparato celular que graba la escena. Así, así. Le explican. Eso, así mijo. Así, chingadamadre.

Y luego se oye una voz imperativa. Le ordena que ponga el dedo en el gatillo. Eso, eso. Jálele compa. Jálele. Fuerte mijo, sin miedo. Órale.

Raulito parece nervioso. Pero los gritos hacen que despierte, que espante sus miedos. La voz que le ordena suena como una cachetada en su chapeteada mejilla. Y se oye que le explican cómo. Dispara, dispara. Así mijito.

Y ra-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta.

Al aire, a un lado. Sale el fuego, los proyectiles del 7.62.

Raulito sonríe pero no muy convencido. Hay una fiesta en su rostro, pero también una sombra que nubla. Espantado por la fuerza, el golpeteo. Quiere completar su sonrisa pero le ganan los nervios del rostro, que se resisten.

Raulito tiene las palmas de su mano sobre la tierra. Las nalgas también. El golpeteo lo tumbó de espaldas. Le ayudan con el fusil y lo levantan. Eso, muy bien. Se escuchan también aplausos.

Sus amigos en la escuela lo miran y parecen felicitarlo. Uno dice, Ei, que perrón. Él contesta claro, Soy perrón, como mis tíos. Soy chacaloso.

Artículo publicado el 16 de marzo de 2025 en la edición 1155 del semanario Ríodoce.

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