Todas las tardes, al salir de su trabajo, Celeste espera su camión en la Central de Autobuses Millenium Culiacán. Se sienta en una de las bancas que son duras y de aspecto deteriorado, con un color blanquecino carcomido por el tiempo y el uso. Su espalda nunca llega a tocar el respaldo, mantiene una rigidez extraordinaria. Dos aretes pequeños cuelgan en su lóbulo derecho, y en el izquierdo solo hay uno, olvidó poner el otro esa mañana. Entre sus manos, sostiene un bastón.
Se mantiene en silencio, escucha con atención cada uno de los camiones que pasan, el ronroneo de los motores reprime la tranquilidad. Tiene que tomar un camión urbano de la ruta San Miguel que la llevará hasta su colonia, la Adolfo López Mateos, al sur de Culiacán. No hace mucho tiempo se fue a vivir ahí de renta con su esposo Leopoldo y su bebé Eduardo.
Para ellos es complicado, es una ruta nueva y tienen que aprender a andar en ella. El trayecto está lleno de vueltas y la cantidad de topes son insufribles, pero se adaptan. A veces, tiene que preguntarle al chofer: “Oiga, ¿falta para llegar a la López Mateos?” En ocasiones tiene conflictos con algunos choferes, que entre dientes se quejan y se portan renuentes. Se niegan a aceptar la tarjeta de descuento del 100 por ciento para discapacitados.
Su esposo y ella son ciegos. A los 15 años, Celeste perdió la vista. Un tumor en su cabeza comenzó a presionar el nervio óptico y poco a poco su visión se fue difuminando. Durante el día veía y dejaba de ver. Como si se tratase de un parpadeo. Fue un proceso que duró cuatro años y medio. El impacto psicológico de adaptarse a una nueva forma de vivir fue enorme: cayó en depresión.
“Me buscaron ayuda psicológica para salir de la depresión, porque yo lloraba por todo. Fue un cambio muy drástico; no podía continuar en la escuela ni hacer muchas otras cosas”, contó.
Un año y medio acudió a terapia. Ella es de rancho, vivía con sus papás y hermana en Palmarito Mineral en el municipio de Mocorito, a 121 kilómetros de Culiacán. Recuerda cuando tenía que hacerse cargo de la comida, mientras sus papás se iban a trabajar al campo. Ella se ayudaba de su hermana pequeña.
“Como yo quedé ciega ya grande, mi hermana estaba en primaria y yo cocinaba en la estufa, mi mamá me apoyó para que tocara y ubicara como prender la estufa. Para saber si estaba cocida la comida, yo bajaba el sartén para que mi hermana chiquita lo viera”, relató.
El bastón que sostiene le ayuda a desplazarse. Al inicio sintió miedo, aquellas formas que ya conocía se alejaron de su visión. Tuvo que aprender a tocarlas y dar pasos seguros. El centro de Culiacán representa un reto para ella: su mayor enemigo son los hoyos y alcantarillas.
En ocasiones, no es suficiente el olfato del bastón y no logra distinguir la morfología de las calles: “Pasas el bastón deslizándose y a veces no lo sientes, no cae en el hoyo. Das el paso y metes el pie en el hoyo y te golpeas. Me he caído hincada y se me ha roto el pantalón de la rodilla”, narró.

La primera vez que se atrevió a tocar nuevamente la calle, lloró. No de miedo sino de nervios: “dije ‘lo logré, regresé’ por los mismos nervios de hacerlo por primera vez y andar cruzando calles, entre los carros, los camiones y todo eso. Así fui aprendiendo, tienes que aprender a quién le vas a pedir ayuda, y a escuchar el ruido de los carros que no vengan”.
También tuvo que aprender a utilizar el sistema braille, pero nunca le gustó; le pareció dificultoso. Aun así, puede enseñarlo. Además, estudió la licenciatura en Derecho, es licenciada y está próxima a conseguir su maestría en Derechos Humanos. Aprende rápido, cuando estaba en la universidad estudiaba con sus compañeros, escuchaba las preguntas y ella respondía. Los maestros, también se tenían que adaptar, sus exámenes fueron orales.
Trabaja en el Centro Integral de Discapacidad Visual (CIDIS) en el departamento de evaluación laboral para inclusión de las personas con discapacidad de adultos mayores de 60 años. Leopoldo y ella se levantan a las 4:20 de la mañana, se alistan. Celeste prepara el desayuno y toman el camión a las 6:15. Cuando se tituló fue complicado conseguir empleo, en ocasiones se lo negaban y en otras más solo tomaban sus datos y no le llamaban.
Evadir la violencia
La actual guerra que se propaga por el estado de Sinaloa, sobre todo en Culiacán, es estresante. Especialmente para Celeste. Desde que inició el conflicto dejó de escuchar las noticias. Esas notas que los noticieros narran formulan miedo e incertidumbre. Salir de su casa por la mañana y regresar por las tardes sería preguntarse, ¿qué haría si me toca una balacera?
Celeste prefiere no pensar en eso, “dejamos de escuchar noticias para no estresarnos y para no salir con miedo. Simplemente confiar en dios, que dios nos permita salir y regresar con bien a casa, eso es mi protección, la confianza en dios”, detalló.
Piensa en las ocasiones cuando tiene que salir con sus compañeros de trabajo: “A veces tenemos eventos así fuera y a veces esas cosas no se sabe dónde se suscitan, esas situaciones que pasan y si llega a haber una balacera donde estamos en el evento, y uno, yo como ciega. Ellos ven, ellos pueden arrancar, esconderse y uno que no ve ¿a dónde va a ir? Por el temor, ellos no se van a acordar que vengo con ellos o algo, van a arrancar a protegerse. Eso es un temor latente en ese sentido”, explicó.
Intentar ignorar el problema es más sano para su salud mental. Al abordar el camión se mantiene más ocupada contando las vueltas y la velocidad de cada una, son más largas o más cortitas. El número de topes en una calle, le ayudan a saber que su destino está próximo.
— Ese camión, ¿cuál es?
— Un San Miguel.
Artículo publicado el 9 de marzo de 2025 en la edición 1154 del semanario Ríodoce.







