El pintor tiene su taller en San Miguel Zapotitlán, ahí retrata de manera filosófica el mundo yoreme
Efraín Meléndrez dice ser un pintor circunstancial. Fue la propia vida, la que a los 42 años lo llevó a pintar de manera filosófica sus raíces en tierras yoremes, donde la Juya Ania, el mundo del monte, florece.
Nació en San Miguel Zapotitlán; vivió las fiestas tradicionales, las corridas de los judíos y todo el misticismo que implican, pero migró a estudiar arquitectura a Guadalajara, después a Puerto Vallarta y Xalapa.
Nunca sintió haberse desconectado espiritualmente de su origen. La historia se fue con él para mimetizarla en los lienzos que pintaba frente al mar, donde forjó su camino como creador visual.
Se animó a dejar atrás la arquitectura a la que se había dedicado una década. Estar cerca del pintor Ismael Vargas lo animó. Sabía que el arte era su mundo. Una relación natural, aunque al principio se preguntó: ¿qué iba a pintar, como un ‘yori’, que tenía un compromiso real con la tradición?
“Yo lo miraba pintar, pero a la par iba generando idea de todo esto, hasta que me atreví a comprar colores y en una casa en la orilla del mar construí mi taller. También empecé a exponer, para mi sorpresa empezó a gustar”, dijo.
“Me cuestioné mucho para saber qué iba a pintar. Empecé haciendo collages, pero mientras leía un libro de Susan Sontag, que se llama: Contra la interpretación y después uno de Lévi-Strauss, este antropólogo, etnólogo y francés, entendí que en esta necesidad de pintar no tenía que estar buscando tema porque lo tenía ahí”.
Como arquitecto contó que sufría horrible. Cuando se volvió pintor, empezó a ser el hombre más feliz del mundo.
“Lo logré y sin mucho esfuerzo, esto era algo dado, porque es mi entorno, mi vida. Pinto siempre, incluso acostado”, apuntó.
“Yo empecé tarde a pintar y a exponer. Yo no veo esto como algo natural, mis mejores amigos y maestros son indígenas, ellos me enseñan y aprenden de mí también”.
Pintar como forma de vida
Para el arte nunca es tarde ni temprano, y eso Meléndrez lo sabe. Recorrió muchos caminos, profundizó en el manejo de los colores y las formas, que lo hicieron regresar hace seis años a una amplia casona en San Miguel Zapotitlán.
Ahí se dedica enteramente a hacer esculturas, pinturas y a ser un participante activo de la tradición. No espera ninguna inspiración porque están ahí siempre a su lado.

“El mejor lugar del mundo en donde tú puedas estar, es en donde naciste. No necesitas irte a París a ver la Torre Eiffel, ni a Nueva York, porque son lugares que conozco, pero aquí está todo lo que yo necesito”, aseguró Meléndrez.
“La pintura es una vivencia, por ejemplo, si voy a pintar mariposas, me estoy refiriendo a un elemento vital para la cultura de los yoremes. Lo mismo sucede cuando hago un cerro, que es donde está concentrada una energía fuertísima para nosotros”.
Para él, la vida es un camino secreto, que solo la memoria, la imaginación, el arte, la mímica y los pasos de los pascolas bailando, guían.
“Ellos me han guiado hasta aquí, de vuelta a este lugar en donde encuentro lo sagrado, caminando como cuando era un niño en donde vivo ahora y camino a la enramada de las fiestas”.
“Para mí pintar es la vida misma, si no pinto me muero. El arte es vital, es vida. Es lo único que va a quedar, porque no lo harán ni la religión, política, ni ciertas filosofías, nada de eso me convence más que el arte”.
Inventarse un mundo
Efraín Meléndrez tiene 80 años y es un artista vital que construye imágenes, pero también metáforas.
Así recuerda que un día iba junto a un judío rumbo a un responso, cruzaron el río con cerveza en mano y el cielo estaba impresionante. Las estrellas lo poblaban y este le cuestionó: ¿Efraín en dónde pudimos haber nacido y no venir disfrutando de esto?
“Yo no necesitaba más que estar ahí. Cursimente te cuento que sonaba el agua del río, el sonido de los tenábaris y le respondí ¿qué más queremos, verdad?, me pudiera ir a otro lugar, pero el lugar donde yo tengo que estar es mi pueblo y la casa en la que vivo”, detalló.
“En ese momento entendí que en realidad yo nunca me había ido de aquí, yo crecí en esta tierra, mis abuelos hablaban la lengua, mi papá también, yo soy todo esto”.
El arte comentó que lo tomó como una forma de vida. Pinta porque es lo que debe hacer y si vende alguna pieza, también está bien. Lo suyo no es una moda.
Es lector de Borges. Siempre está buscando libros y también escribe narraciones que tienen que ver con el mundo yoreme.
No se siente parte del gremio de los artistas sinaloenses. Le gusta estar alejado del centro del estado. Le interesa más seguir retratando su entorno.
Le gusta el sol, los árboles, los paisajes. No me gusta estar en el pavimento. Prefiere la tierra.
No se siento inventor de nada, se ha esforzado para otras cosas, pero para pintar no. Esto es lo que estaba ya por destino. Lo dijo así sonriente con su pañuelo amarrado al cuello, porque el sombrero no se lo trajo.
Artículo publicado el 23 de febrero de 2025 en la edición 1152 del semanario Ríodoce.






