21 de septiembre, equinoccio de 2024: Jaime Labastida recita un poema en San Cristóbal de las Casas, Chiapas. Había recibido la Medalla Óscar Oliva, suceso significativo, puesto que a ellos une una amistad de casi siete décadas y que la antigua Jovel fue el espacio de convivencia de La espiga amotinada. Con la lectura del poema Firmamento, su voz, iluminada de inmensidad, golpea los cuatro costados del vacío al nombrar la experiencia de ser en Las Barrancas del Cobre en la Sierra Tarahumara en 2016. Duda, increpación, dolor por el desarraigo en un mundo que parece concebido por una potencia ausente, ida hace miles de años, por un primer móvil sordo y mudo, incluso ciego, o que se mira sólo a través de nuestros ojos, prestos para ver la nada que nos traspasa y que nos mueve a negarla insertando la palabra, colmando de ser el universo en un movimiento dialéctico entre la vida y la muerte, movimiento en que sucede la existencia del individuo, que cuestiona y clama sin más respuesta que el espacio nocturno. El poeta dice:
“Escucho tan solo un gran silencio
Arriba, pero ¿dónde están los dioses
que controlan la vida?
En verdad me pregunto
¿Habrá algún dios que gobierne el firmamento?
¿Qué dios, terminada su obra, agotada
su voz, llagada su garganta
podría sentirse satisfecho
al verse en el espejo de su mundo?
Debería llorar de espanto y de vergüenza.
Cuánto dolor acumulado.
El horizonte es una herida,
unos labios que sangran.
Tendido cara al cielo ¿qué vislumbro?
¿Hacia dónde se expande el universo?
La barranca cortada a tajo
estalla envuelta en el silencio”.
En La espiga amotinada (Colección Letras Mexicanas del FCE, 1960), publicado gracias al mentor del grupo, el catalán Agustí Bartra, se incluye el poemario El descenso de Jaime Mario Labastida Ochoa. En el prólogo, apuntó que el arte “justo es decirlo, nunca ha derrocado tiranías. Sólo se trata de la posición que asumamos como hombres. Las posiciones puristas me parecen inhumanas y cobardes; en cambio, las posiciones comprometidas, olvidan a veces el requisito fundamental de todo arte: que lo sea”. Como puristas, entiende Labastida, a los que permanecen “indiferentes al desgarramiento de un pueblo o al parto de la bestialidad actual”. Si bien se distingue el fuerte sentido social de los cinco poetas, el principal de los compromisos del grupo estribó en defender la responsabilidad del poeta con el lenguaje, sin soslayar el dolor padecido por los atropellos del Estado contra la sociedad y contra el individuo, desde la óptica del marxismo, doctrina monumental que pocos comprendieron tan bien como Adolfo Sánchez Vázquez, Elí de Gortari, Bolívar Echeverría; José Revueltas y Jaime Labastida.
La visión de Labastida, décadas después, se reafirma en el Discurso de Ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua, pronunciado en la ceremonia del 2 de abril de 1998, para ocupar la misma silla que el padre Méndez Plancarte y Antonio Gómez Robledo. El poeta advierte: “La independencia de criterio no se levanta sólo ante el poder del Estado, sino ante todo poder, el de la masa incluido. Hoy ese poder asume otra forma: la sociedad civil, el cuerpo ciudadano, los medios de comunicación. (…) Nunca el filósofo podrá ser hombre de gobierno. El político es, como el estratega militar, alguien que toma decisiones súbitas, que llevan a las naciones y a los hombres a la muerte (o a la vida). El filósofo, en cambio, duda. (…); el político es a su vez hombre que piensa. Pero está sometido al imperio de lo inmediato. (…) Quisiera que en México se impusiera, por encima de todo, la razón, digo, el diálogo incluyente, diálogo tolerante entre diferentes. He ahí la función última del Estado: conducir a los hombres a la muerte y evitar la locura. Por esta causa urge llamar a la razón, como si todos fuéramos filósofos o poetas que trabajan con la vida puesta en la eternidad”.
Poesía como campo de lo posible, territorio abierto, conexo con todo (como si fuera “todo y nada” nos dice el poeta Óscar Oliva “tarea inconclusa siempre”, al aceptar el Premio Fuentes Mares 2024, pocas horas antes que Labastida recibiera la Medalla que lleva su nombre). A propósito, el poema “La Mortaja de jade (Homenaje a Diderot)” del libro Obsesiones con un tema obligado (1975) de Jaime Labastida está dedicado a Oliva. En él, la dialéctica, la ley del mundo, en su eterno consumirse y mudar de los seres y las cosas, es fijado por el poeta, que sentencia con la gravedad del profeta laico, formado en la razón y por la historia, no en la fe ni por el mito:
“Somos producciones momentáneas de este planeta,
igual el ave que tu sonrisa cuando llena el día,
la lombriz lo mismo que aquel saurio
musical y herbívoro. Todo animal fermenta
en este átomo, la Tierra”.
Pero también fija, señala, inscribe un momento de eternidad: entre el tránsito perpetuo de las formas en nuevos cuerpos, el poeta instaura lo que permanece ¿o el Ser se instala en sí, a sí mismo? Labastida nos revela:
“Todo
pasa mientras el todo permanece”.
Esa tarde del 21 de septiembre, a punto de crepúsculo, a punto de equinoccio, traía conmigo, de Tuxtla a San Cristóbal, el libro Humboldt, ciudadano universal. Jaime Labastida fue reconocido con el Premio Nacional de Literatura Fuentes Mares en 1987 por Humboldt, ese desconocido. Es el experto latinoamericano en la obra de Humboldt; y uno de los mejores editores durante décadas (al frente de Siglo XXI, editorial con la que marcó una era, un ciclo que, como todo en la vida, debió completarse y como es común en el mundo comercial, para escándalo de los ajenos a lo práctico). Ese día su poesía venció a lo real: esplendor de la imagen sobre la desolación del tiempo, trascendencia de la historia al inquirir por los cimientos de la realidad, inquietud cosmológica, duda filosófica, necesidad de comprensión del origen, conjuro del caos primordial. El maestro —otro y el mismo que leía poemas con los otros integrantes de La espiga a fines de los 50— recitó “Firmamento”, el último poema del libro Atmósferas, negaciones.
Animal de silencios persiste por la palabra, melliza y rival, lo más propio y a la vez la voz de lo “otro”. Se levanta y celebra y protesta, afirma su cuestionamiento, constata su saber que no sabe: es. La poesía es y al fin, somos; la poesía nos devuelve nuestro ser: ser colectivo, seres de pensamiento y deseo; palabras, signos y significados, creadores de sentido; seres de, por y en el lenguaje. El poeta cuestiona la preponderancia del amor dantesco y canta:
“Ninguna nube enturbia el firmamento
la noche disemina la luz entre los astros.
¿Es el amor, sólo el amor, oh, dioses,
eso que mueve al sol y las estrellas?
¿Dónde queda el rencor, en dónde el odio,
dónde la indiferencia simple y llana?”.
Labastida es el poeta-pensador entre los escritores mexicanos, porque inquiere la razón del firmamento con la palabra poética a la “velocidad de los acontecimientos planetarios” como su hermano, Óscar Oliva.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 9 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






