Horarios reducidos, despidos de empleados y pérdidas económicas a causa de la violencia en la capital del estado
La actividad comercial nocturna en Culiacán está sufriendo estragos por la violencia que se vive desde el 9 de septiembre de 2024.
Apenas oscurece el Centro y sus alrededores van adquiriendo sombras espectrales. Las calles van quedando solas, apenas iluminadas por una luz tenue que le da un aspecto sombrío.
El otrora ajetreo en el primer cuadro de la ciudad es un recuerdo nostálgico. Los paraderos del transporte público son lugares desolados, con dos o tres “trasnochados” a las siete de la noche.
El comercio baja sus cortinas en un cierre prematuro.
“No tiene caso mantener abierto si no hay gente que venga a comprar”, expresa un locatario.
La ciudad desierta
José Rivera, de Cintos y Mochilas Rivera, está guardando la mercancía. Al frente, ahí por la Domingo Rubí, tres patrullas de vialidad hacen sitio mientras el comerciante se prepara para el cierre del local. El reloj apenas marca las siete de la noche.
“Usualmente cerramos a las ocho, ahora estamos cerrando de seis y media a siete porque se queda solo el Centro. Aparte, la inseguridad hace que no estemos a gusto”, comenta.
Los locales contiguos ya han bajado sus cortinas y la avenida se va quedando “escueta”. Los agentes de vialidad permanecen frente al mercado Gustavo Garmendia.
“En esta parte tenemos mucha protección porque hay mucho policía”, continúa José, “pero no hay gente… Todos hemos resentido las bajas ventas… Está difícil la cosa”.
Las arterias antaño congestionadas por el tráfico vehicular y de personas, agonizan ante la soledad que se ha anquilosado en el primer cuadro de la ciudad.
La plazuela Antonio Rosales, frente al edificio central de la Universidad Autónoma de Sinaloa, es un páramo nocturno.
Y el Fórum, retacado de vehículos su estacionamiento en el pasado reciente, es un desierto.
En el restaurante bar El Bronco, en el Desarrollo Urbano Tres Ríos, se encuentran tres empleados y ni un solo comensal. Apenas son las 7:25 de la noche.
“Se han acortado los horarios… Es algo muy curioso, porque al momento de cerrar siempre estamos alerta por si está pasando algo en la ciudad”, dice un empleado.

En el área de estacionamiento del restaurante no se observa ni un auto, y al interior, ni un cliente consumiendo.
“La hora de cierre es a las ocho y media y nueve de la noche”, agrega el trabajador, “pero si llega a pasar algo extremo, salimos más temprano… por el tema de la seguridad del propio personal y de nuestros clientes”.
El gerente del restaurante da a conocer que el horario de cierre, antes del conflicto que mantienen las facciones del Cártel de Sinaloa, era entre las 12:00 de la noche a 1:00 de la mañana.
A consecuencia de las bajas ventas, asegura, se ha prescindido de un 50 por ciento del personal, y buscan compensar la falta de utilidades con otras opciones.
“Metimos desayunos y tenemos que abrir más temprano a causa de la violencia. Abrimos a las 7:00 de la mañana y cerramos a las 9:00 (de la noche) por el tema de la seguridad y el transporte del personal”, comenta.
El bulevar Enrique Sánchez Alonso apenas es transitado por algunos automovilistas, que le confieren una atmósfera de vialidad.
Frente a la plaza comercial Fórum está el Cabanna. El restaurante está desierto. Sin actividad comercial. En su fachada luce un anuncio impreso en una lona a lo largo de la marquesina: “Hola desayunos”.
Más adelante, por el bulevar Diego Valadés, en el llamado Malecón Nuevo, se encuentra El Kioskito, un local al aire libre de venta de “chucherías”.
Sandra, la encargada, se queja de las malas ventas.
“Las ventas bajaron mucho. No hay gente, la gente no sale a comprar. Abríamos de 4:00 a 11:30, pero con esto que estamos pasando estamos de 3:00 a 8:30”, refiere.
Las mesas están sin clientes, y dos trabajadoras entretienen la vida en una espera sin futuro.
“(La violencia) sí ha afectado demasiado. Una semana trabaja ella (señala a una compañera) y otra semana yo, porque no nos sale ni pa’ los sueldos a veces”, expresa.
A lo largo del Malecón Nuevo y la Isla Musala el panorama es idéntico. La vida nocturna se encuentra estancada en una pausa sin final.
Y allá por el oriente dos comensales le hacen la noche a La China, la vendedora de hotdogs en La Campiña.
La carreta de “perros calientes” en la que había que tomar un turno para ser atendido, sucumbe también a la violencia.
De cerrar a las 12:00 de la noche a 1:00 de la madrugada, ahora lo hace a más tardar a las 10:00, por la inseguridad y la falta de clientela.
“Empezamos a las 7:00 y cerramos a las 10:00. Trabajamos tres horas nada más…”, lamenta.
Actividad comercial, sin condiciones
Óscar Sánchez Beltrán, presidente de la Unión de Locatarios del Centro de Culiacán, señala que en el municipio no hay condiciones para desarrollar actividades comerciales en el horario nocturno a consecuencia de las balaceras y hechos violentos que se registran en la ciudad, lo que ha afectado las utilidades y el empleo.
“Hemos visto que se han recrudecido las balaceras en todas las zonas de Culiacán y ha habido muchas víctimas colaterales, como les llama el gobierno”, comenta.
Ante esta situación, continúa, es decisión de cada comerciante abrir y cerrar a la hora que ellos consideren pertinente, a fin de preservar su integridad física y la de los trabajadores.
“Nosotros les decimos que no hay condiciones para que puedan desarrollar sus actividades en las noches, porque ya lo hemos visto. No hay una contención de la inseguridad. Las balaceras brotan en cualquier lugar y hay muchas víctimas colaterales”, subraya.
Artículo publicado el 23 de febrero de 2025 en la edición 1152 del semanario Ríodoce.







