José manejaba su combi por esa calle angosta, en la que apenas cabían dos vehículos. De mañana, el tráfico era menos lento que a mediodía. Los automóviles mal formados en la acera, por la salida de los morros de las escuelas de alrededor, lo estropeaba todo.
Dio unos golpecitos al volante, queriendo escapar, distraerse, con el ritmo meloso de aquella canción. Vio el dial del aparato de sonido. Era la misma estación de radio que escuchaba a esa hora, en la que tocaban piezas de los noventa.
Empezó a invadirle una suerte de alivio cuando vio que no había cargadores del lado de los locales del mercado, y que entonces iba a ser todavía menos tormentoso su paso.
Un vehículo que se le encimaba en el retrovisor llamó su atención. El conductor le encendía las luces y se las cambiaba. El tintineo se repitió varias veces. Qué quiere este cabrón, dijo en voz queda. Será mejor que me orille. Ya, ya voy.
La camioneta pasó por un lado, a más velocidad que el resto de los automóviles. Él miró de lado al conductor, tratando de disimular, y aquel ni lo hizo en el mundo. Eran dos. Parecían de mal humor. No hablaban entre ellos y mantuvieron los brazos abajo.
Avanzaron alrededor de cien metros, hasta dejar atrás una pequeña hilera de siete vehículos. La camioneta pasó de una, sin frenar, por el carril izquierdo de la calle. La fila era encabezada por una Explorer que de tan brillante parecía de charol.
Aquellos dos le cerraron el paso. Ambos voltearon a ver al de la Explorer negra, que venía solo. Así permanecieron unos segundos. Los de atrás empezaron a aplastar el claxon, pero aquellos que estaban al mero adelante no tenían prisa. Diálogo de miradas y palabras flacas: la pareja se miró entre sí, el conductor le dijo algo breve a su acompañante, y este abrió la puerta.
Bajó del vehículo. No caminaba y parecía no ensuciar sus suelas con el asfalto. Danza de aire y alas. Ese era su paso, su andar. La elegancia quedó rota sobre el chapopote cuando el hombre sacó un arma de fuego del costado izquierdo, debajo de su sobaco, y apuntó.
El de la Explorer se movió para los lados. Algo quiso alcanzar con dedos y manos en el tablero, en la puerta, los asientos, bajo estos, y tanto botón y compartimento quedaron fríos, sin su toque. El del arma alzó el brazo sosteniendo ese artefacto cromado, como las vistas de aquel vehículo de lujo, y apuntó.
Se escucharon dos detonaciones. Tres pasos más. Pocos centímetros del cristal de la puerta. Otras dos. El que iba en la Explorer dejó de moverse. Con la misma danza de gaviota regresó al automóvil, se detuvo en la puerta, guardó su arma y subió.
José quedó inmóvil. Algo saltaba en sus centros, en el lado izquierdo de su región torácica. La silueta sobre la Explorer quedó como sombra: otras manchas, orificios, vidrios esparcidos, lo escoltaban.
Viraron para recuperar la calle. Los carros no se movieron. En la esquina, apenas unos metros adelante, se encontraron con otro automóvil que no respetó el alto. Con un ademán gentil, estos dos le dieron el pase.
Artículo publicado el 2 de febrero de 2025 en la edición 1149 del semanario Ríodoce.







