Sobre ‘Las batallas en el desierto’
Siempre he creído que José Emilio Pacheco fue un escritor muy inteligente. Tanto que de todos los libros que escribió sólo dos fueron novelas, ambas con la misma estructura en su fondo y el mismo tema: la imposibilidad de reconstruir el pasado.
Una es más famosa que la otra. Y una me gusta más que la otra. La más oculta, y la que disfruté menos, fue Morirás lejos. No es un libro malo. Lejos de eso. Pero sentí que fue un libro que no me decía nada en concreto: era una perorata de un hombre muy inteligente sobre el éxodo de los judíos, sobre los campos de concentración, sobre el futuro del racismo, y sobre un hombre en la ciudad de México que teme salir de su casa y siempre abre la persiana con los dedos anular y medio. Una imagen de mirón.
En esta, su primera novela, José Emilio Pacheco quiere demostrar que sabe de historia, que conoce las tragedias de la humanidad, y datos concretos e importantes en una época anterior al internet, en la que todo eso demostraba que eras un hombre de gran cultura. Lo cual en definitiva José Emilio Pacheco lo era. Para eso sólo falta ver los tres tomos de su columna de Inventario, o sus conferencias sobre Borges.
Sin embargo, sigue siendo Las batallas en el desierto su texto al que más he regresado. Decirlo así casi suena a lugar común: ¿por qué la novela más famosa de Pacheco es la que prefiero? Porque es la más honesta, a mi sentir, pero también la más arriesgada: es más sencillo reconstruir, o construir, un mundo ajeno al propio, en el que nada crea dolor en tu propia persona. Pero José Emilio Pacheco fue y reconstruyó la Ciudad de México tal como la vivió.
La anécdota o historia central, es simple: un niño se enamora de Mariana, la mamá de su mejor amigo en el colegio. Un niño que aún juega en el patio de su escuela a las batallas en medio oriente. Un niño que escucha un bolero y lo canta sin entender bien sus palabras. Un niño que cree que ese amor, ese deseo que siente, es más fuerte que todo lo que lo rodea. Y un niño que no comprende las consecuencias de sus actos y busca satisfacer esa primera punzada del deseo sexual. No sé si José Emilio Pacheco haya utilizado alguna anécdota autobiográfica, ni me interesa saberlo, pero lo que sí pudo construir muy bien fue este artefacto de emociones inmaduras que son recordadas por un adulto que mira al pasado no con vergüenza, sino con añoranza; lo que sí es que a esa historia le pone una escenografía sacada de su memoria, y quizá de aquello que investigó y se documentó: un poco lo que años después haría Cuarón, con la película Roma. Buscaba reconstruir una Ciudad de México que ya no existe y que quedó enterrada entre tanto extranjero, entre tantas administraciones públicas que siempre tienen sus bemoles, y la cual aún no se encontraba, de vez en cuando, en un rincón o en un restaurante que topaba al dar la vuelta en la calle.
Desde su primer capítulo, tiene la astucia de brindar una serie de referencias que para aquellos que vivieron esa época son clave, como el hecho de que el entretenimiento aún era por la radio y no por la televisión. O sobre cómo se configuraba la política nacional o la misma Ciudad de México. Pero al mismo tiempo tiene el cuidado de explicar cada una de esas referencias para que alguien (como yo) que no estuvo ahí entienda esa época del miedo atómico en el que la influencia gringa fue sustituyendo a la europea en nuestro país. En que comenzaron a comer más hamburguesas y hot dogs.
En la película Las memorias de un caracol, uno de los personajes dice que la infancia es como emborracharse: todos recuerdan tu infancia menos tú. Yo recuerdo, por ejemplo, que mi madre me contó alguna vez que conoció a mi padre cuando ella trabajaba en un banco y a mi padre lo enviaban a hacer depósitos; sin embargo, hace unos días ella aclaró que no, que lo conoció antes, en la casa de unos parientes, y que seguro yo sólo recordaba haber escuchado la parte del banco porque sí mencionaba mucho que ella trabajó en el banco, hasta antes de que yo naciera. Sin embargo, la historia en mi cabeza dio una revolución: ¿en qué momento me contó eso mi madre? ¿Por qué lo tenía tan presente como una verdad absoluta si no puedo recordar cuándo me lo contó? Al contrario de cosas que sí recuerdo: como la avenida Álvaro Obregón siendo de dos sentidos, o como la configuración de esa otra Álvaro Obregón, mi escuela primaria, que ya fue modificada porque el edificio se estaba cayendo. Es decir, me adentro en el pasado y me encuentro sin un mínimo mapa que me guíe.
Uno cree que puede recordar las cosas de la manera correcta, pero siempre hay un elemento que se nos escapa u olvidamos. Lo cual es la premisa, en resumen, de Morirás lejos: no debe olvidarse la catástrofe histórica. Desconozco si en una relectura mi opinión de Morirás lejos cambie, pero la de Las Batallas en el desierto nunca lo ha hecho.
*Sergio Ceyca ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos.
Artículo publicado el 19 de enero de 2025 en la edición 8 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






