Sergio el comediante, el artista de moda. Lo habían contratado empresarios locales para que se presentara en el lugar de preferencia en la ciudad: La Fuente.
El espectáculo tenía éxito garantizado. Sergio era polifacético y encantador: cantaba, bailaba tap, contaba chistes, actuaba en sus propios monólogos y tocaba instrumentos de percusión.
Sergio llegó esa mañana. Casi rozando el mediodía y ya iba en esa camioneta de lujo, del aeropuerto al salón en el que se desarrollaría su espectáculo. Ahí lo estaban esperando los promotores, el dueño y colaboradores.
Lo recibieron con lo mejor de la cocina culichi. Mariscos, mariscos y más mariscos. Apenas era el primer tiempo. En el segundo tiempo vendrían un filete de carne de res, tipo cabrería, jugoso y grueso, y una ensalada. El postre era un pedazo de pastel. Y algo más.
Al final, entre los tragos de güisqui y los viajes del tenedor al plato de los camarones cocidos, tamaño exportación, salió el peine: un frasco de ampolleta repleto de cocaína.
Sabedores de su gusto por polvearse las fosas nasales, le pusieron la dosis enfrente y a la mano. Mira lo que te trajimos Sergio. Mira nomás. Pa’que te diviertas de lo lindo y a tus anchas. Es todo tuyo.
Sergio tomó el recipiente. Lo sujetó con ambas manos, como protegiéndolo, haciéndole cariños, presumiendo la experiencia de detentar el poder entre sus dedos cortos y blancos. Y sonrió eufórico. Y en segundos estaba besando el frasco. Mua-mua-mua. Y se lo puso en el cachete.
Lo que siguió fue un encerrón consigo mismo. Dijo que se bañaría, que terminaría de echarse nuevos tragos de güisqui, descansaría, ensayaría y tal vez vería un poco de televisión.
Se metió a su cuarto de hotel. Sujetando celosamente, atesorando, el frasco de ampolleta sin ampolleta. El frasco que era el boleto. El polvo que estaba dentro, ese polvo blanco y fino, sin corte alguno, era el viaje mismo: trayecto de ida y vuelta a las nubes… infernales.
Y llegó la hora. Los músicos, lo mejor de la ciudad. Baterista, guitarra, bajo y teclados de lujo. Ejecutantes de lujo. Camino recorrido y creatividad, eran las características más importantes de los que tocarían esos instrumentos.
Y Sergio bajó de su cuarto de hotel. Se veía fresco: un bebé recién bañado y afeitado, bien comido, descansado y dormido. Estaba listo para la jornada farandulera en La Fuente, el antro del momento. Ahí lo esperaba un selecto público. El local estaba lleno.
Y emergió no se sabe de qué rincón. Entre las luces y esa escenografía sencilla y al mismo tiempo impactante, surgió él, como una aparición religiosa: los reflectores lo siguieron y dio inició el ruido armónico y melodioso.
Sergio estuvo a la altura de su viaje y su viaje le permitió seguir deambulando entre los cielos blanquizcos y el suelo como de almohadas esponjadas. Él estaba entero y presto: era un funámbulo del baile y las palabras. Movimientos y expresiones orales, viniendo de él, eran placenteros, comiquísimos e inigualables.
Sergio contó chistes. Bailó tap. Tocó un xilófono construido rudimentariamente, con botellas de vidrio pendiendo de un marco de madera. Y mientras protagonizaba sus propios esquech fue pintándose la cara, subiendo los tonos, hasta quedar como payaso.
Y entonces, cuando por fin juntó todos los colores en su rostro, después de haber movido sus pies, golpeado las suelas con el piso y contando chistes, culminó el espectáculo.
Sergio había cumplido. Los asistentes se pusieron de pie y no querían despedirlo. Pero él se fue, satisfecho y prendido, todavía, pero con el frasco vacío. Sergio Corona iba ya bien coco.
Artículo publicado el 08 de diciembre de 2024 en la edición 1141 del semanario Ríodoce.







