El clarinetista y director de orquesta sinaloense ha encontrado en el arte otra forma de comunicarse
Sus dedos se mueven con destreza sobre el clarinete. Cubren y descubren los orificios, oprimen las llaves metálicas para cubrir otros, mientras su boca sopla suavemente por la boquilla, logrando que la caña de carrizo vibre para crear música. Del instrumento emergen las notas del Concierto para clarinete y orquesta en La Mayor K622 de Mozart. Erick Castro toca el inicio de la melodía y luego la interrumpe.
En sus manos sostiene el instrumento de madera color negro y piezas metálicas, que antes armó pieza por pieza. Lo eligió como suyo a los 17 años. Su forma le recordó entonces a la de la flauta que tocaba en la secundaria. Y del heavy metal saltó a la música clásica, encontrando en ese arte que expresa a través del clarinete, una forma de prescindir de las palabras.
“La música es lo que respiro, es lo que alimenta mi alma, lo que incluso me ha hecho llorar de alegría, de frustración, de amor, es como un lenguaje. Tocar el clarinete ha sido la forma de expresar cosas que a veces no puedo decir con palabras. Es un instrumento que me ha dado muchas satisfacciones, pero también muchas frustraciones”.
Y ese lenguaje, Érick Monzón Castro lo aprendió de manera natural. En su casa, en el Culiacán de los 90, escuchaba a Leo Dan, Franco De Vita, Ricardo Montaner, pero también a Tchaikovsky y Beethoven. El repertorio musical de su mamá, la artista plástica Rosa Amelia Castro, se convirtió también en el suyo. Ella también lo acercó a la pintura al llevarlo con ella al taller que impartía en Difocur, hoy ISIC, cuando tenía 3 o 4 años. Ahí descubrió el dibujo. Y su afición a la lectura, sobre todo de autores como García Márquez y José Saramago, lo encaminaron a la poesía, la cual también escribe.
“Mi mamá tenía una colección de discos de acetato, donde venían como los grandes de la música clásica. Recuerdo que uno de los primeros CD que compró para nosotros era un disco de las Cuatro estaciones, de Vivaldi, y un disco de Händel, donde venía el Aleluya, en Walmart. Tenía como unos 10 años. Siempre me gustó la música clásica y por influencia de mis hermanos me fui por el lado del rock, traía el pelo largo y andaba en los grupos de metal, fui como haciendo música por primera vez, cantaba, luego aprendí a tocar el bajo un poquito. A los 17, 18 empecé con la música clásica”, narra.
“En la secundaria me gustaba mucho la flauta, y cuando vi el clarinete ni siquiera sabía su sonido, lo veía en fotos, y se me figuraba como la flauta…, y se convirtió en el instrumento que amo.”
En la Escuela Superior de Música del ISIC terminó la carrera técnica de clarinete y posteriormente la licenciatura en Pedagogía Musical. Ingresó a la Banda Sinfónica Juvenil del Estado donde ha sido solista un par de veces. También ha sido invitado como músico extra en la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes (OSSLA).
Entre 2018 y 2019, Gordon Campbell, entonces director emérito de la OSSLA, formó una orquesta juvenil, en la que participó como solista en el Concierto para clarinete y orquesta en La Mayor K622 de Mozart. En 2020, cuando inició la pandemia, comenzó a coordinar el Taller de Ópera del ISIC, y desde enero pasado es director asistente de la Orquesta Sinfónica Infantil y Juvenil.
“Estar frente a la orquesta es como tocar un instrumento, sentir cómo la música se mueve con tus manos como si fuera pintura, arte. Yo gozo mucho esto, con mis alumnos, con la orquesta, enseñarles con metáforas de que vean la música no solo como notas, sino que tengan ese sentido de las notas, y que no solo… tocar como un robot, que cada nota se entrelace con la siguiente como si fuera una línea, una pincelada, o por ejemplo el movimiento de las olas”, indica.
Erick se sumó también a la compañía Angelus, que integra ensambles con músicos de la OSSLA, pero ahora como director. En 2023, la SAS lo invitó a participar como director de la banda interna de la puesta en escena de la ópera Aida a cargo de Enrique Patrón de Rueda. De forma paralela formó el ensamble de aliento Ehécatl, —dios del viento de la mitología mexica —.
“Toco en cualquier momento, pero últimamente más cuando estoy triste, ha sido como un escape, porque realmente este año ha sido muy bueno profesionalmente pero también ha sido muy difícil por otras cuestiones personales, entonces si no fuera por esto, por el clarinete, la orquesta…, siento que eso me ayudó a salir adelante, la música, dirigir, a mí la música me salva”.
Aun cuando a él la música clásica lo salva, en Sinaloa llevarla al público ha sido nadar contra corriente.
“Es difícil lograr concretar un proyecto como el que tengo…, sabes que lo estás haciendo por amor al arte, por amor a la música, desafortunadamente es difícil por lo que dices que estamos estigmatizados y lo que el público prefiere, pero también hay público que disfruta esta música…”.
Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






