Olivia Revueltas, la hija jazzista de José, me contaba que había descubierto en la casa materna una huella profunda bajo el escritorio donde se sentaba a escribir su padre. Era la marca del pie sobre la madera, como si el zapato expresara en la duela la intensidad de cada línea. Lo imaginaba como a Bill Evans tocando sobre el teclado y forzando la creatividad en los pedales.
La hipersensibilidad, solía mencionar José Revueltas, era parte intrínseca de su existencia, de su persona; sin duda, más que una expresión o manera de describir su naturaleza y personalidad, era la propia esencia de su escritura y la mirada que conducía y guiaba su pluma, el mito donde construía realidades literarias que, como él mismo expresara, no son más que la sombra, el reflejo de la bárbara, terrible realidad. José Revueltas, como sus hermanos, es parte del mito de sus obras, es él mismo personaje y espectador de lo que narra, de lo que cuenta a través de la novela, el cuento, el teatro, el guion cinematográfico, la crónica, el reportaje, y es él mismo con quien dialoga y rompe el diálogo a la hora de revisar su trabajo y sus ideas. Él es el hombre y el concepto, es el ojo y la imagen, es el camino y el explorador que examina sus pasos. Revueltas es una mente activa y constructora, moral, es palabra y es acción, es malicia y es pureza, es pasión y es comedimiento para moldear la forma breve del relato o para el andamiaje arquitectónico de la novela. Ya no puede escatimársele a este gran autor su maestría literaria, la denominación de origen: escritura revuelteana.
Es cierto, como afirma José Joaquín Blanco, uno de los estudiosos más exhaustivos de su obra literaria (junto con Evodio Escalante), que fue un juicio común el alabar su cuentística para desacreditar su novela, a la que solía restársele méritos, ya por razones ideológicas como fue el caso de Neruda y sus compañeros del Partido Comunista, que veían en Los días terrenales y en Los errores juicios lapidarios contra el estalinismo de la época, contra la militancia de obediencia ciega, contra el sacrificio inútil de los seguidores de una idea y una promesa, cuasi religiosa, de cambio social, o para quienes Revueltas era un recreador de la fealdad, de lo grotesco, lo monstruoso de un medio envilecido hasta bestialidad de tan humano. La vida carcelaria, sí, pero no sólo, el bajo mundo de la miseria, del crimen, la ignorancia, la injusticia, de los excluidos por su condición económica o por sus ideas. Octavio Paz se equivocó al calificar Los muros de agua (1941) como una pieza insuficiente que poco auguraba sobre el crecimiento del escritor.
Revueltas es, además de ícono de la rebelión y de la inconformidad, una presencia indeleble en sus letras. Es un cable de alta tensión en cada historia que narra, en cada situación que crea y devela en esa esfera donde alguna vez pensó en colocar toda su obra: Los días terrenales. El humor y el pesimismo se amalgaman de la misma manera en cada una de sus obras narrativas. No obstante, aún me sigue pareciendo que en los cuentos la escritura revuelteana alcanza mayor claridad y eficacia. El Apando es, ni duda cabe, la cumbre entre esas dos grandes placas tectónicas que empujan una a favor de la otra. Es la pieza del genio revuelteano donde encontramos la sustancia de ese lado “moridor” de su escritura y, por qué no, de su misma vida.
De los narradores mexicanos nacidos en la primera mitad del siglo, José Revueltas (Durango, 1914) me resulta el más audaz, el más corrosivo y certero cuando de economía del discurso se trata. A pesar de los límites que demanda el género breve, busca construir complejos andamiajes estilísticos y existenciales. Sus relatos y sus personajes son de una sustancia espesa y ácida que a veces se resuelve en formas ágiles y planos definidos, pero en otros momentos se mueve con ritmo de lava, con ánimo incendiario ante todo lo que pasa a su lado, para luego acabar en río petrificado. En otros momentos esa misma materia se transforma en silueta que se desplaza como llamarada sobre la gravedad de la prosa.
A veces gana el acento rotundo, el impacto de percusiones muy graves que nos abren una rendija hacia atmósferas trágicas. Su intención es que el lector avance sintiendo que no le es posible penetrar en ese mundo, no obstante que ya desde la primera línea ha traspasado el umbral. El humor, casi no lo advertimos, es parte de esa sustancia corrosiva, de ese aglutinante narrativo que nos obliga a memorizar escenas y situaciones icónicas, plásticas. Tanto que a Felipe Casals no le resultó difícil recrear El Apando y mostrar la violencia humana, infrahumana, como una geometría de la devastación, del odio encarnizado hasta la aniquilación del otro, de uno mismo. Sólo la compasión revuelteana puede escribir con tal fuerza que deja una huella en el corazón y la conciencia de sus lectores, del otro.
Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






