En 2022 se estrenó Speak No Evil (Gæsterne/Dinamarca), dirigida por Christian Tafdrup y escrita por él y su hermano Mads, un extraordinario y bien ejecutado filme de terror psicológico, que tiene la característica de poner al espectador ante una montaña rusa de emociones, en las que mayormente se desconoce qué tan alta será la “subida” o cuánto tardará la “bajada”, por ese cúmulo de sorpresivas señales que lo mismo pueden interpretarse como las atenciones de unos amables y simpáticos anfitriones, o la discreta destreza de unos asesinos que elaboran lentamente un plan para generar confianza y atacar en el momento preciso.
Ante el éxito de esa película, Hollywood no se quedó en la butaca temblando de miedo y, como es costumbre, hizo su propia versión titulada No hables con extraños (Speak No Evil/EU/2024), dirigida por James Watkins, pero no con el mismo resultado.
En esencia, lo que se cuenta en las tres primeras partes es similar tanto en una cinta como la otra, salvo variaciones insignificantes que no alteran la trama. Sin embargo, la de este año toma un rumbo distinto en la resolución, con un resultado catastrófico.
Escrita por el propio Watkins junto a los guionistas de la danesa, la película cuenta la historia de una familia estadounidense (Mackenzie Davis, Scoot McNairy, Alix West Lefler) que conoce a una pareja y su hijo británicos (Aisling Franciosi, James McAboy, Dan Hough) en sus vacaciones por Italia.
Tiempo después, estos últimos invitan a los americanos a su casa a, aparentemente, pasar unos días agradables, aunque en realidad la experiencia termina siendo la más traumática, terrorífica e inolvidable de su vida.
Es cierto que en el filme de este año los personajes que se suponen malos son más decididos y sanguinarios a la hora de llevar a cabo su plan, y que los en apariencia buenos son más astutos para defenderse, incluso al mismo nivel que los otros, pero esa es, precisamente, la virtud de la cinta de
2022: su narrativa es más sugerente y sutil, además de que no se pierde en subtramas innecesarias.
La relaboración de películas es una práctica común de la industria hollywoodense. No es exclusiva de No hables con extraños y es más frecuente de lo que se cree (incluso en otros países). Sólo como ejemplo: de la uruguaya La casa muda (2010) salió Silent House (2011); de la mexicana Somos lo que hay (2010), vino We Are What We Are (2013); de la española REC, apareció Quarantine (2008); de las francesas Amigos (2011) y La familia Bélier (2014), luego salieron The Upside (2017) y la (extrañamente) ganadora del Oscar, CODA (2021), respectivamente.
En todos los casos anteriores (y en la gran mayoría) las cintas rehechas en Estados Unidos no han superado a la original, no por ser del todo malas, sino porque simplemente carecen de la honestidad y naturalidad de las primeras versiones, lo cual lleva, inevitablemente a preguntarse: ¿Para qué hacerlas? ¿Qué lleva a una industria, director, productor… a recrear una historia que ya existe? ¿El objetivo es adaptarla o regionalizarla? ¡Pero si se supone que el arte es universal! ¿No será que eso tiene qué ver con la intención de ganar unos cuantos dólares más? ¿Usted qué piensa? Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.






