El periodismo cultural, y el periodismo en general, como el arte y la literatura, como la ciencia misma, pretenden la visibilidad de la realidad desde sus perspectivas correspondientes. Pero hay una diferencia insalvable entre el periodista y el escritor de literatura, el primero no puede, por principio ético, alterar los hechos que le toca relatar o recrear, mientras que el literato está obligado a fundar su realidad sobre la base de la imaginación, del mito. Ambos, el periodista y el escritor emplean técnicas narrativas en beneficio de su escritura, pero sólo el literato puede y debe de urdir la trama de su relato con las hebras de la ficción. El periodismo no tiene licencia para mentir o inventar, está sujeto a la veracidad.
Lo cierto es que el periodismo cultural mantiene su legitimidad en la escritura, en el periodismo impreso. Desde allí se aproxima cada vez más al fenómeno editorial y surgen representantes de un periodismo que se instala en las fronteras de la literatura, periodismo narrativo le llaman algunos, en donde también se afinca, por el otro lado, una literatura que abreva en las fuentes de la realidad, de la acción, de la investigación. Periodistas que en otro momento nos sorprendieron con sus reportajes y sus escritos desde las trincheras de una realidad invisible u oculta han hallado o abierto brecha en el mercado editorial con sus libros extraídos del oficio periodístico. Casi novelas, por lo bien escritos, por la calidad de su prosa y su estructura, pero ese casi no rebasa el límite ni cede ante la tentación de la fábula, del mito. El periodismo permanece fiel a su ámbito de realidad.
La historia ha acelerado la velocidad de los cambios, y muchas cuestiones que antes eran propiedad de la ciencia ficción, tan despreciada por escritores y científicos, son parte del espectáculo de una realidad contradictoria e impredecible, desconcertante. Fenómenos sociales inéditos o más evidentes forman parte del amplio arco de interrogantes que nos hacemos en la orfandad de teorías, de corrientes de pensamiento y ante recursos tecnológicos que venden ficciones como realidades.
Los periodistas son intelectuales que tradicionalmente han cumplido un papel crítico en la sociedad, personajes siempre en la cresta de la ola civilizatoria y en el caudal informativo de los sucesos culturales e históricos. A diferencia del escritor, el periodista suele ser un agente transversal de la cultura, pero es también víctima de la separación de las dos culturas, la humanista y la científica y tecnológica, y de algún modo de la malformación que padece la educación al considerar intelectuales sólo a los escritores y no a otros gremios que aportan conocimiento, información e ideas. Subyace, por supuesto, un claro anti intelectualismo. Asumirse intelectual en sociedades mayoritariamente analfabetas, pasivas ante las fuentes informativas, alejadas de la lecto-escritura, es visto como un gesto de esnobismo y arrogancia. Preguntar, paradójicamente, es por un lado de tontos y por otro de individuos incómodos e insumisos.
¿Pero qué otra cosa es un periodista sino un trabajador del lenguaje y de la información? El problema entonces viene de más adentro, de lo más profundo de la idiosincrasia nacional, de la educación y de los grupos de poder. Un periodista informado, culto y sobre todo activo no se conforma con repetir el dictado, sino que en verdad pregunta, indaga, lee, le da visibilidad al hecho cultural. Es muy ilustrativo el recurso periodístico no solo en la literatura sino en obras de arte como lo hace Win Wenders en el cine documental o como lo han hecho proyectos menos ambiciosos en nuestro país como Presunto culpable, o en el teatro con magníficos resultados estéticos como lo hace Jorge A. Vargas en Durango 66, sobre el movimiento estudiantil de esa ciudad en 1966. ¿Quién no ha disfrutado las entrevistas del Paris Review como verdaderas piezas literarias? No se digan las crónicas de Juan Villoro o las de Magali Tercero, por citar ejemplos. Hacer visible al periodismo cultural es darle visibilidad al lado oculto de la civilización.
Albert Camus, en sus discursos del 10 y el 14 de diciembre de 1957, tras la recepción del Premio Nobel de Literatura, abordó el tema de la responsabilidad del escritor ante sí mismo y sus lectores. Se refería por supuesto al literato, pero podemos pensar que se extiende también al escritor de no ficción: “Cualesquiera que sean nuestras debilidades personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos compromisos difíciles de mantener: la negativa a mentir sobre lo que se sabe y la resistencia a la opresión”. Es decir, abrir la visibilidad. Pero esa visibilidad y esa conversación con el presente y el futuro sólo puede tener lugar si el escritor (léase también periodista) consagra su oficio al servicio de la verdad y de la libertad. La libertad de crear, de pensar, de imaginar, de opinar, de disentir, de ver, demanda el ejercicio irreductible de la verdad. Concluyo con una cita del propio Camus para enfocar que la banalidad, el morbo, el espectáculo, el arte y el periodismo al servicio de una simple diversión, del entretenimiento, no pretenden la visibilidad sino el ocultamiento de la realidad y la cultura: “Durante cien años la sociedad mercantilista ha hecho un uso exclusivo y unilateral de la libertad, la ha considerado como un derecho más que como un deber y no ha temido, siempre que ha podido, poner una libertad de principio al servicio de una opresión de hecho”.
Artículo publicado el 16 de junio de 2024 en la edición 01 del suplemento cultural Barco de Papel.



