A Javier Valdez lo conocí antes de ser el Malayerba, de que escribiera libros, firmara autógrafos y ganara premios. Lo conocí cuando era Javier, el periodista que escribía en Noroeste y por las noches de vez en vez se convertía en un patrullero de la ciudad.
Javier no era un patrullero de forma literal o tal vez sí. Pero en algún momento nos hizo cómplices (a Karla y a mí, entonces estudiantes a punto de graduarse), de esos recorridos por las calles de Culiacán, que iniciaban al caer la noche. Los invitados infaltables siempre fueron Real del Catorce y una botella de tequila.
“Va por la calle/puñados de noche en las alas/prende un cigarro/y piensa en Eugenia tal vez…”, cantaba una voz aguardentosa a ritmo del blues y rock que salía del reproductor de CD del auto.
Las notas eran el preludio de la aventura que iniciaba en las calles del centro y terminaba en cualquier lugar. El destino entonces no era importante sino recorrer el camino.
“Camina despacio/la luna reposa en las nubes/mira a la gente/son caras extrañas para él/arroja ceniza/su mente recorre París/las calles que juntos rondaron/la lluvia de radio que vio caer…”, continuaba la voz desde el reproductor.
Y mientras el auto avanzaba, las calles ya conocidas nos mostraban siempre algo diferente. Javier recitaba anécdotas e historias de edificios y personas. Una pausa, un trago de tequila. Y la perorata seguía.
Las calles ensombrecidas pasaban de largo, y la ciudad nos mostraba entonces otras caras. No recuerdo con claridad alguna de esas pláticas con Javier, pero todas tenían que ver con la ciudad, la política, los gobiernos, el trabajo, la familia, los sueños y los sinsabores.
“Azul, azul/en sus ojos refleja un hilillo de luz/su vestido perlado de noche/el cigarro encendido en un beso carnal/una copa de vino/una lágrima rota que rueda al final”, cantaba otra melodía José Cruz Camargo, desde el estéreo.
“Cabrona”, decía Javier, y tomaba un aire de seriedad antes de dar algún consejo o soltar alguna vulgaridad. Reíamos, seguía la charla. Llegábamos hasta algún lugar alto donde se podía ver la ciudad empequeñecida. Y entonces nos sentíamos libres, en paz. Seguíamos la charla interminable, que continuaba otra noche, de vez en vez.
No recuerdo cuándo ni porqué iniciaron esos patrullajes, tampoco el por qué terminaron. Yo dejé de ser estudiante y empecé en el periodismo. Javier dejó Noroeste y junto con Ismael y Cayetano decidió emprender la aventura de Ríodoce, se convirtió en el Malayerba, en el contador de historias, de esas que tantas veces nos regaló la ciudad.
Se fue el 15 de mayo de 2017, cuando lo asesinaron. Ya, entonces, compartía yo un lugar en el barquito llamado Ríodoce, y sin saberlo, sin pensarlo y sin quererlo, se convirtió en una de esas historias que contaba y se volvió un recuerdo eterno. A mi memoria regresa de vez en vez, sonriendo, charlando, tomando un trago de tequila, al ritmo de notas de Real del Catorce.
- La autora es Jefa de Información de Ríodoce.
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Artículo publicado el 12 de mayo de 2024 en la edición 1111 del semanario Ríodoce.






