¿Cómo ves a la jefa? Me preguntó un alto funcionario del gobierno estatal. “Veo cómo la traen”, le dije. No tienen mucho margen. Supongo que tienen que sacarla, mostrarla. Como si estuviera gobernando.
Porque, en realidad, el que manda es el gobernador Rubén Rocha. Tiene licencia, pero eso es solo una formalidad. Él es el gobernador en los hechos, aunque sus maniobras no sean públicas. Gobierna con el celular y con dos o tres operadores que van y vienen. Unos al tercer piso del palacio de gobierno y otros al congreso local.
El equipo que tenía al retirarse a su casa para ponerse a disposición de la fiscalía federal, permanece intacto y no hay un solo evento o iniciativa de Yeraldine Bonilla que indique que le está imprimiendo a “su” administración un sello personal ¿de dónde pues? También sus hijos están aquí, cogobernando con sus dispositivos; su hija Eneyda sigue siendo la presidenta del cuestionado DIF estatal, aunque a distancia.
Esta situación fue consensuada entre el gobernador y Claudia Sheinbaum a través de la secretaria de Gobernación, Rosa Icela Rodríguez, con el fin de bajar las presiones gringas y del ecosistema mediático nacional, volcados sus ojos y sus voces en Sinaloa. Las formalidades se resolvieron con el librito, la solicitud de licencia, la aprobación del congreso estatal, el ungimiento como gobernadora interina de una señora sin la mínima experiencia administrativa, sin formación política, sin iniciativas propias, sin un círculo propio: el perfil perfecto para ser manipulado. Y en el trasfondo un partido gobernante acrítico, al que le da pánico mirarse al espejo, legisladores locales y federales agachados y una sociedad que se debate entre la ingobernabilidad y la esperanza, entre el miedo y la resistencia. No hay vacíos de poder; eso parece, pero no: el poder lo sigue ejerciendo Rubén Rocha.
Y está tan aferrado a él —lo cual es legítimo— que no ha soltado una sola hebra del partido Morena en Sinaloa. Por eso quienes aspiran a sucederlo en el cargo saben que tienen que negociar con él buena parte de las posiciones en juego, alcaldías, diputaciones locales, regidurías… Nadie que sea elegido o elegida coordinador (a) estatal de defensa de la transformación podrá desdeñar el poder que Rocha sigue teniendo en Morena. Está encerrado en su casa y viendo cómo la selección mexicana logra unir al país aunque sea por 90 minutos, pero administrando el poder que todavía tiene, y con la convicción de que regresará a su despacho, “libre de toda culpa” e ilesa su honorabilidad.
Y una muestra de ese poder que tiene la dio el jueves pasado, cuando el dirigente estatal de Morena, Edgar Barraza Castillo, tuvo que salir a aclarar, con un tuit pero también con un comunicado formal del partido, que no había marcado un deslinde con Rocha Moya y que sus palabras se malinterpretaron. Dijo en una conferencia de prensa esa mañana que el gobernador con licencia, tras las acusaciones en su contra de los Estados Unidos, “debe separarse del proceso que llevará a cabo el partido para definir su candidato (a) a la gubernatura”. Así, textual. Pero ya tarde-noche, en un comunicado urgente dijo que sus palabras se habían malinterpretado y que él no marcó un deslinde con Rocha. Y no lo dijo con esas palabras, pero claro que puede interpretarse así, pues con su declaración estaba delimitando los campos de acción del partido, por un lado, y del gobernador, por el otro. Y eso se llama deslinde. Pero le llamaron la atención desde la Isla Musala, o desde Álamos o desde Country Courts, en un acto indiscutible de poder.
A este escenario se enfrentará quien logre la estafeta en las próximas semanas si no es afín a Rocha. No tendría tantos problemas Teresa Guerra porque se convirtió en una pieza fiel del rochismo, no por convicción, sino por conveniencia; tampoco Graciela Domínguez, quien ha mantenido una distancia prudente del gobernador, pero sin soltar su mano. Los tendría Imelda Castro y lo sabe, por eso manda mensajes de “vamos juntos”. Está buscando el apoyo de los líderes nacionales para que le allanen el camino, principalmente el de la presidenta Sheinbaum. Pero de que tendría que negociar posiciones con Rocha, que nadie tenga dudas.
Bola y cadena
LEÍ HACE DÍAS LA COLUMNA DE Raymundo Riva Palacio y me parece una invención extravagante eso de que Rocha está en un rancho a 110 kilómetros de Culiacán, pues si hay un lugar relativamente seguro para él, que pueda complicar una acción en su contra, de los gringos o de algún grupo narco, se llama Culiacán. El columnista de El Financiero acumuló una vasta experiencia cubriendo guerras, sabe de tácticas y estrategias y es un analista agudo de la realidad nacional e internacional, ¿qué lo mueve ahora a fantasear?
Sentido contrario
DOS DÍAS ANTES, RIVA PALACIO escribió sobre la diputada local Paola Gárate y la corona fúnebre que le dejaron en su casa hace unos días. Bajo el título “Te vamos a matar”, aludiendo a prácticas de Pablo Escobar en Colombia, me sorprendió la insistencia con que infiere que la pueden matar y mucho más que, si esto ocurre, la orden de cometer el crimen provendría de la clase política, no de personeros del Cártel de Sinaloa. Lo afirma. Nunca se pregunta si esto pudo ser un montaje para golpear al gobierno. Compara a Paola Gárate con Carlos Manzo y asegura que la diputada está en el umbral de ser asesinada; también subraya el impacto que tendría en la sociedad y para el gobierno de Claudia Sheinbaum un hecho así. Asesinarla, dice, sería un disparo directo a palacio nacional. ¿Aquilató Raymundo lo que significan estas aseveraciones en una entidad como Sinaloa y en el contexto de guerra que estamos viviendo? Parece que no.
Humo negro
POR LO PRONTO, RIODOCE REPORTEÓ el caso de la tal corona fúnebre y asoman ya contradicciones; una de ellas, nada desdeñable, es que la corona no fue dejada en la casa para que ella la encontrara, sino que la entregaron cuando Paola estaba allí junto con dos de sus ayudantes.
Artículo publicado el 21 de junio de 2026 en la edición 1221 del semanario Ríodoce.






