Hay tanto qué decir sobre la obra de Octavio Paz (1914-1998) y es tanto lo que ya se ha escrito sobre él, que vale la pena insistir en que sea su poesía la que hable. Leer a Paz implica introducirnos en una obra multifacética, viva, que se sostiene sobre los pilares de una imaginación sofisticada, madura, abierta al mundo. Por eso resulta interesante pensar qué podría encontrar un lector o una lectora joven que asiste a los talleres de poesía con la intención de aprender a leer el poema desmenuzando su arquitectura.
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Si colocamos sobre la mesa del taller la obra poética de Paz, observaremos que, desde sus primeros poemas, se advierte una voz poética que hurga en los agitados océanos de la imaginación, haciendo eco de la estampida surrealista, aunque todavía con la mirada vuelta hacia los páramos del modernismo. Ya se percibe en esos poemas una intención de escuchar los latidos del mundo y recoger, de la poética francesa principalmente, sus disposiciones plásticas, en una estructura que deshilvana imágenes, una tras otra, mientras el pensamiento, movido por los ventarrones de la imaginación, va desentrañando reflexiones sobre los alcances del lenguaje:
Palabra, voz exacta
y sin embargo equívoca;
obscura y luminosa;
herida y fuente: espejo;
espejo y resplandor;
resplandor y puñal,
vivo puñal amado,
ya no puñal, sí mano suave: fruto.
En Calamidades y milagros asoma una voz poética de más largo aliento, pero plena en el desenvolvimiento musical del verso, que alcanza patrones sonoros propios de una pluma que se mueve segura entre las formas líricas del castellano clásico, pero con los matices plásticos y la densidad imaginativa de la poesía europea de los años cuarenta del siglo XX:
La noche nace en espejos de luto.
Sombríos ramos húmedos
ciñen su pecho y su cintura,
su cuerpo azul, infinito y tangible.
No la puebla el silencio: rumores silenciosos,
peces fantasmas, se deslizan, fosforecen, huyen.
El atento tallerista podría encontrar, avanzada su lectura, en libros como ¿Águila o sol? una prosa poética atenta al desenvolvimiento de escenarios interiores que afloran al ritmo de la música del mundo, con apuntalamientos reflexivos lo suficientemente hondos como para sugerir una poética más sofisticada en su indagación sobre las cuestiones humanas:
Lea: Octavio Paz, al centro y al margen
La memoria no es lo que recordamos, sino lo que nos recuerda. La memoria es un presente que nunca acaba de pasar. Acecha, nos coge de improviso entre sus manos de humo que no suelta, se desliza en nuestra sangre: el que fuimos se instala en nosotros y nos echa fuera. Hace mil años, una tarde, al salir de la escuela, escupí sobre mi alma; y ahora mi alma es el lugar infame, la plazuela, los fresnos, el mundo ocre, la tarde interminable en que escupo sobre mi alma.
En el taller podría sorprender la escritura de Paz durante los sesenta, por su disposición tipográfica, el ordenamiento estructural de las palabras sobre un paisaje cada vez más experimental, con el influjo de las vanguardias bien asentado en su pulso poético y en su visión de la escritura; una escritura cada vez más abierta a la ruptura de las convenciones, sin soltar, nunca, su contundencia simbólica, su capacidad de concreción y su orden interno:
Salamandra
(negra
armadura viste el fuego)
calorífero de combustión lenta
entre las fauces de la chimenea
—o mármol o ladrillo—
tortuga estática
o agazapado guerrero japonés
y una u otro
—el martirio es reposo—
impasible en la tortura
El tallerista también encontrará en la obra de Octavio Paz una poesía que trabaja con la economía radical de las palabras, formulando una síntesis expresiva cercana al espíritu oriental; una poética sensible al paisajismo de los autores orientales del siglo XVII, como Bashō, o al hinduismo, religión filosófica muy presente en la obra de Paz —sobre todo, después de su estancia en la India— misma que late en su concepción de la escritura como actividad cósmica que trasciende al ser y lo crea:
Soy hombre: duro poco
y es enorme la noche,
Pero miro hacia arriba:
las estrellas escriben.
Sin entender comprendo:
también soy escritura
y en este mismo instante
alguien me deletrea.
“Piedra de sol”, el gran poema de Octavio Paz, resonaría constantemente en las lecturas y comentarios de los talleristas. Quizá su extensión no deje de sugerir un reto, un desafío intelectual. Pero “Piedra de sol” reclama paciencia, pues se trata de uno de los poemas más complejos e interesantes de la lengua española, con una construcción circular acompasada por más de 500 versos estructurados en endecasílabos que, a su vez, despliegan una exploración poética de temas potentes en términos culturales, históricos y existenciales, como la otredad, el amor como principio creador, los símbolos del panorama cultural mexicano, el sentido del tiempo, entre otros. Es, en sí mismo, un poema que sugiere un inagotable universo de posibilidades para quien se preste a explorar la poesía de Paz con intención de conocer y aprender los recursos de la escritura poética en clave de taller.
amar es combatir, si dos se besan
el mundo cambia, encarnan los deseos,
el pensamiento encarna, brotan alas
en las espaldas del esclavo, el mundo
es real y tangible, el vino es vino,
el pan vuelve a saber, el agua es agua,
amar es combatir, es abrir puertas,
dejar de ser fantasma con un número
a perpetua cadena condenado
por un amor sin rostro;
Octavio Paz tendría que ser un nombre constante en los talleres de poesía, una presencia fecunda en las conversaciones que surgen al calor del aprendizaje fruto de las lecturas compartidas y los ejercicios colectivos que se dan en estos espacios de creación. Su obra poética es inagotable, es fértil en cualquier época. No deja de ser un referente para quienes busquen adentrarse en la creación de poemas de mano de una voz provista de recursos infinitos y amplios horizontes temáticos. Vale la pena poner atención al caudal de herramientas que contiene su obra; vale la pena seguir compartiendo su riqueza poética, resaltando sus virtudes como una voz siempre relevante en la historia de la literatura mexicana.
Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 24 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



