El tren había tomado velocidad y se alejaba de la estación de Mérida rumbo a Palenque. Un niño inquieto, con su tablet en las manos lanzaba gritos de victoria cada vez que eliminaba obstáculos o derribaba enemigos con habilidad cibernética, mientras su hermanita, poco mayor que él, se tapaba los oídos y lo reprendía. En la otra fila de asientos su madre hablaba por teléfono. “Kevincito, tu tía quiere saludarte; Kevin, Kevincito, muchacho del demonio, deja de jugar.” El niño pareció salir de su letargo y desconcertado miró a la mujer. Abrió sus redondos ojos, agitó la melena rizada, casi rubia. “Tía, tía —comenzó a torturar a los pasajeros con su voz chillona y metálica—. El tren maya es muy bonito y no se siente su carrera. Tiene una tiendita donde venden papitas, refrescos y chocolate, y café para mi mamá. Tiita, el tren está padrísimo y es una bala.” El chiquillo terminó la frase y arrojó el celular hacia la madre.
En efecto, el tren es moderno y confortable. El taxista que nos había dado el servicio a Uxmal y a la estación ferroviaria nos expresó su temor de viajar en tren después de que el día anterior había ocurrido el descarrilamiento del Interoceánico; nos advirtió que debíamos comprar cojines porque los asientos eran de “vil plástico”. Según información de unos compadres suyos. La verdad son ergonómicos y bien tapizados, mullidos. Al escuchar a los pasajeros describir por teléfono las bondades del Tren Maya, recordé que el 1 de enero del año 2000, luego de pasar la noche vieja en Madrid, tomé con unos amigos y mi mujer el AVE a Sevilla. Era la época en que hablar por móvil era una especie de imperativo para demostrar aires cosmopolitas, pero en realidad dejaba ver el provincianismo de la gente, paletos les llaman los españoles. Los viajeros describían los vagones y las sensaciones de viajar en un tren de alta velocidad, a más de 220 kilómetros de velocidad, mientras que el Tren Maya apenas alcanza un promedio de 120 kilómetros por hora. Pero hace unos días, en Córdoba, el 26 de enero, chocó un AVE contra un carguero, y en el 2013 se descarriló otro en Galicia. Al parecer las causas fueron esclarecidas y se juzgó a los culpables.
Después de siete horas de viaje en el que no vimos selva sino un paisaje verde dominado por terrenos ganaderos y de monocultivo, arribamos a Palenque, donde la ciudad prehispánica me sofocó por su belleza, lo mismo que Yaxchilán y Bonampak. El tren nos llevó a la estación de Calakmul y en una van nos internamos en la reserva donde nos esperaba un hotel de cinco estrellas. El sitio arqueológico es impresionante. Regresamos en tren a Escárcega para trasbordar a Mérida, pero el tren llegó tarde hora y media y perdimos el que iba a Mérida. Nos mandaron a la estación de autobuses con la promesa de reembolso de un tren que se nos fue. Pregunté a un empleado qué había sucedido, por qué la excesiva demora. Les habían robado, en otra estación, los cables de alta tensión. ¿Sabotaje? Inquirí. El joven sonrió y musitó, “Es que la verdad nunca se sabe”.
Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 24 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



