Y qué, pinche Negro, qué quieres para Navidad.
Yo. Llegar.
Ah. No seas mamón, digo, qué quieres que te regalen, qué quieres cenar, con quién la quieres pasar: el baile, la fiesta, el intercambio de regalos. Si con tus suegros, la mujer, la raza, el barrio. A eso me refiero.
La neta no sé. Estoy confundido, la pienso. Tengo un presentimiento. Uno malo.
Qué piensas. De qué hablas, pinche Negro.
Uno de nosotros no va a llegar. No va a llegar a la Navidad. Uno de nosotros va a morir. Vas a ver. De mí te acuerdas.
Ah, no mames.
De verdad. Es la neta. Tengo ese presentimiento. Y me agüita. Me preocupa. Me tiene con el culo en la mano, pensando y pensando.
Y quién no va a llegar, pinche Negro.
Yo.
Todos se quedaron callados. No se animaron ni se les ocurrió: hoyos negros y galácticos se interpusieron en el habla de ese grupo de amigos que se acompañaban desde la primaria, que vivían ahí, todos, y eran unidos, cercanos, íntimos.
Hasta que su cuñado habló. No digas eso mi Negro. Qué pasó con esa esperanza. Arriba, cabrón. Arriba ese optimismo. Ni modo que digas que estás enfermo, que tienes broncas gruesas, que debes dinero…
Nada, nada, cabrón. Tú con la frente en alto, al cabo que tienes las manos limpias, como dijo el político aquel. Pero ese era un ratero. No mi Negro, no se achicopale: tienes mujer, tienes unos hijos hermosos y lo mejor, tienes amigos, nos tienes a nosotros.
Las palabras fueron bien recibidas por los cartílagos óticos del Negro. Pero en su cabeza rondaba la muerte, la guadaña sangrante, el encobijado que veía en sus pesadillas, el cañón de la cuarenta y cinco mirándolo de frente, humeante, las manos y pies atados, los pies vendados.
Quién será, se preguntó alguna vez. El pecho galopante, agitado. La voz entrecortada. Sudoroso del occipucio y de las manos, que también temblaban. Tres de la mañana, sobresaltado. Y se respondió, solito, en aquella oscuridad de su cuarto: Yo.
Y ahora lo sabe. Conoce el por qué. No lo dice. Para qué. No quiero que mis amigos tengan pedos. Que luego anden por ahí investigando. Queriendo vengarse. Y que luego los maten.
Apenas era nueve de diciembre. La casa estaba vestida de luces de colores. Luces que prenden y apagan a una velocidad que ataranta. Luego se apagan len-ta-men-te, como si se murieran. Y después encienden así, con esa güeva, como si volvieran a vivir.
Hay dibujos de santocloses en la puerta de la fachada, en la sala, los cuartos de los niños. Un arbolito de Navidad en una de las esquinas de la sala. Y la mujer ya saca cuentas. Esto para la cena. Los regalos. El intercambio. El recalentado.
Qué quieres que te regale Gordo. Nada mi Negrita. Nada. Con que estemos juntos tú, yo, los plebes. Con eso tengo mi Negrita. Y sonríe falsamente. Hasta le tiemblan los labios. Finge. Pero no habla. Y ella no lo descubre. Es feliz.
Que me lleve la chingada a mí. Nomás a mí, repite, reza.
Había dedicado buena parte de su infancia y juventud a instalar postes enchapopotados, enterrarlos, ponerlos de pie, en fila, para que los de la Comisión instalaran cables de energía eléctrica y llegara la luz a pueblos y colonias.
Hasta que su padre murió, viejo y enfermo. Harto de ese olor a combustible en manos, brazos y pecho, le entró a los chingazos. Vendió y cobró. Y después la cobranza se quedó en sus manos. Y luego los reclamos, las deudas creciendo, impagables.
Se perdió de vista a mediados de mes. Lo encontraron el 23, con el tiro de gracia, las manos y pies atados, ojos vendados. Mugroso, sudoroso, ensangrentado.
Artículo publicado el 10 de mayo de 2026 en la edición 1215 del semanario Ríodoce.






