Su carro no prendía. Así que se recargó en él, con el cofre abierto. Sacó un cigarro para competir con esa tarde que pardeaba. Ahí, afuera de su casa. Trató de no preocuparse. Pinche carcacha, dijo. Y soltó el humo que desapareció más pronto que su mal humor.
En eso estaba cuando vio que una camioneta se dirigía hacia ella. Aguantó la respiración: la puerta del lado del copiloto casi tocaba sus protuberancias 34-C y el cristal de la ventana del automóvil descendió como cortina de humo automática, hasta descubrir a una joven mujer.
Era una mujer ruidosa. No la saludó. Le dijo, Oyes, no está Leonor. Leonor era su hermana, apenas dos años mayor. Se dedicaba a la venta de joyería y de vez en cuando, con ciertos clientes, cortaba el pelo, maquillaba y hacía pediquiur. Ella se espantó al triple.
Trató de disimular su excitación y contestó que no. La mujer iba acompañada por otra que parecía su madre, al volante. Nomás volteó a verla con un dejo de superioridad. La joven que le había espetado saltó de la camioneta pero no pudo abrir la puerta porque estaba muy pegada a Julia, que no soltaba el cigarro.
No, no. La interceptó. Ya le dije que no está. Si quiere déjele recado, yo le digo que vinieron a buscarla o vengan más tarde. Ella iba para allá, a comprar unas cosas, pero no ha vuelto. A lo mejor se quedó a platicar por ai.
Aquella pensó que le mentía. Voy a ver, le dijo. Quiso entrar a la casa pero Julia se mantuvo firme. La que iba al volante interrumpió. No te asustes, morra. Solo queremos platicar con tu hermana, somos sus clientas. No hay problema. La verdad es que mi hermana no está y yo no las conozco.
Se fueron de ahí sangrando las llantas y escupiendo humo invisible por el mofle. Ella arrancó a buscar a su hermana: Oye, vinieron unas tipas así, medio cabronas, bien agresivas, buscándote. Y pues, la neta les dije que no estabas. Porque me dio miedo machín. Su hermana se asustó. Sabía quiénes eran pero le espantó la actitud.
El padre de ambas era empresario. Le contaron lo que había pasado porque aquello seguía: pasaban y se quedaban afuera, le llamaban a Julia a su casa y al celular diciéndole, Te vamos a matar cabrona, y le mandaban mensajes de hoy no pasas pendeja. El hombre tenía clientes de todo tipo. Entre ellos uno discreto y callado, que lavaba dinero. Acudió a él.
El hombre le dijo que no se preocupara. Le agradeció la confianza porque en esos casos uno se queda callado y luego pasa lo que pasa, ya ve. Yo te garantizo que voy a hablar con ellos, creo saber quiénes son. Y en cuanto tenga novedades te aviso, para que no andes con miedos.
Dos días. Le llamó. Ya quedó. Esa tarde llegaron las mujeres a la casa. Estaba la madre y Julia en la sala. Estacionaron la camioneta y descendieron, ya sin los apuros de otros días. Tocaron la puerta y pidieron permiso para entrar. Julia no abrió más la puerta y las recibió con un qué quieren.
La más joven le dijo, No pues ai muere. La otra, la mayor, terció: es que no sabíamos quién era tu padre ni quiénes son sus amigos. Y pues ya te disculpamos. No te vamos a hacer nada.
Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición 1212 del semanario Ríodoce.






