Yo sólo soy memoria
y la memoria que de mí se tenga.
Elena Garro, Los recuerdos del porvenir
Elena Garro (Puebla de los Ángeles, 11 de diciembre de 1916), la guionista, periodista, dramaturga, cuentista, poeta y novelista, es considerada, al lado de la obra de Juan Rulfo, creadora del movimiento literario latinoamericano “realismo mágico”, a partir de sus obras Un hogar sólido (teatro, 1958), Los recuerdos del porvenir (novela, 1963) y La semana de colores (cuentos, 1964), quien además deja muestra de su poética vida hasta el fin de su existencia real, que se prolonga en la Ciudad de México hasta su inmortalidad simbólica el 23 de agosto de 1998.
Su novela Los recuerdos del porvenir es un relato mítico, es decir poético, que cual poesía está escrito en un tiempo circular, o más bien espiral, como el rizoma de Gilles Deleuze, donde en compañía de Freud reina la repetición con diferencia, pues está pergeñado en un tiempo verbal que no solemos usar, el futuro perfecto, “habrá sido”, un pasado que regresa como futuro, un decir poético y profético, que habla de lo que siempre está sucediendo, cual palimpsesto del poder, que al tomar prestado un término pictórico, presenta en un instante el eterno retorno de la repetición, que al descarapelar una pintura permite develar a otros personajes pero sobre un mismo tema: el poder, como espectáculo, miseria e ironía.
Al acercarse a la obra de Elena Garro, se comprende que Esther Seligson afirme que la infancia tiene el poder de la lámpara de Aladino, pues transfigura el mundo acorde a los deseos y la imaginación (Esther Seligson, In Illo Tempore, La fugacidad como método de la escritura, México, Plaza y Valdés, 1988:23), y al mismo tiempo se pregunte por qué con el paso de los años vamos perdiendo la infancia.
Porque la infancia es el tiempo que no pasa, el secreto de las palabras y las palabras secretas, la verdad de lo increíble, lo verosímil, que desde la Poética de Aristóteles, en compañía del poeta del Banquete, Agatón, concibe como lo que puede suceder incluso en contra de lo verosímil, es decir, lo inverosímil: la tragedia. Como el mundo de los sueños y los sueños del mundo, cual enceguecedora luminosidad. Las hadas, la proyección de la fantasía infantil, que con su varita mágica convierten en un sueño todo lo que tocan. Lo canta Elena Garro: “De niña, Señor Brunier, el tiempo corría como la música en las flautas. Entonces no hacía sino jugar, no esperaba…” (Elena Garro, La semana de colores, México, Universidad Veracruzana, 1964:67).
El porvenir de los recuerdos de Elena Garro, nos enseña que nos desconocemos por reconocernos en los otros y que por ello de generación en degeneración repetimos los mismos actos: “Extraviados en sí mismos, ignoraban que una vida ni basta para descubrir los infinitos sabores de la menta, las luces de una noche o la multitud de colores de que están hechos los colores. Una generación sucede a la otra, y cada una repite los actos de la anterior. Sólo un instante antes de morir descubren que era posible soñar y dibujar el mundo a su manera, para luego despertar y empezar un dibujo diferente. Y descubren también que hubo un tiempo en que pudieron poseer el viaje inmóvil de los árboles y la navegación de las estrellas, y recuerdan el lenguaje cifrado de los animales y las ciudades abiertas en el aire por los pájaros. Durante unos segundos vuelven a las horas que guardan su infancia y el olor de las hierbas, pero ya es tarde y tienen que decir adiós y descubren que en un rincón está su vida esperándoles y sus ojos se abren al paisaje sombrío de sus disputas y sus crímenes y se van asombrados del dibujo que hicieron con sus años. Y vienen otras generaciones a repetir sus mismos gestos y su mismo asombro final. Y así las seguiré viendo a través de los siglos, hasta el día en que no sea ni siquiera un montón de polvo y los hombres que pasen por aquí no tengan ni memoria de que fui Ixtepec” (Elena Garro, Los recuerdos del porvenir, México, Joaquín Mortiz, 1963:249).
Elena Garro busca regresar al principio del tiempo, al tiempo de la infancia, al tiempo reencontrado, para que los recuerdos tengan porvenir. La infancia no es un capítulo de la memoria y la historia que se cierra, pues somos narración, somos contados y nos contamos, somos el pasado que regresa como futuro. Sólo entonces la vida es mágica y habita el realismo mágico en el llano de Ixtepec: “Aquí estoy, sentado sobre esta piedra aparente. Sólo mi memoria sabe lo que encierra […] Por las noches estallan los cohetes y las riñas: relucen los machetes junto a las pilas de maíz y los mecheros de petróleo. Los lunes, muy de mañana, se retiran los ruidosos invasores dejándome algunos muertos que el Ayuntamiento recoge. Y esto pasa desde que yo tengo memoria” (Elena Garro, Los recuerdos del porvenir, México, Joaquín Mortiz, 1963:9-10).
Porque el sueño es la memoria del origen y el retorno al tiempo primigenio, que deviene futuro. Al lado de Sören Kierkegaard, para Elena Garro el tiempo es “un instante de eternidad”. Y como la palabra de nuestra gran escritora está fuera del tiempo, puede recordar poéticamente el porvenir.
*La autora es poeta, ensayista, académica e investigadora. Autora, coordinadora y coautora de 50 libros y 300 ensayos, además de poemarios y poemas en antologías nacionales y extranjeras.
Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición número 22 del suplemento cultural Barco de Papel de Ríodoce.



