Malayerba: Pícale cabrón

Malayerba: Pícale cabrón

Los matones lo sorprendieron sentado, comiendo. Nomás sintió las tenazas de ese gordo y alto, de barba rala, sujetándole el brazo derecho. Órale, vámonos.

Qué, de qué se trata. Oiga, pero…

Lo tenían rodeado. Eran cuatro. Tuvo que levantarse y dejar la media torta de jamón de pavo que saboreaba en el puesto de comida del centro comercial. Órale cabrón, camínale. No te hagas pendejo.

Pero es un error. Una confusión, les decía él. Y le cascabeleaba la voz, la quijada no le respondía. Los brazos se le aguaron y sintió que no podía expresar una oración de más de tres palabras.

Iban con fusiles automáticos y pistolas escuadra a la cintura. Traían pecheras y cargadores de disco. Gorras deportivas y lentes oscuros. Lo subieron a empujones a una camioneta doble cabina y se lo llevaron.

En el camino él seguía rogando que lo dejaran, que no había hecho nada malo. Les explicaba que él era trabajador de una empresa constructora, que tenía dos hijos y una mujer que mantener. Pero es que no soy yo.

Lo llevaron a varios kilómetros. Él en el piso de la camioneta, las botas de uno de ellos en su cabeza. Los tenis blancos del otro en la espalda. Uno más se le quedaba viendo y no dejaba de apuntarle con el arma. Él apenas atisbaba de reojo.

Llegaron a un paraje. En un cerro. Él con su perorata de que no era. Le apuntaron con sus armas como para fusilarlo. Y empezó a llorar. Se hincó, gritó. Es un error, yo no soy. El jefe les dijo espérense.

Empezó a preguntarle y el otro a responder, entre mocos y llanto, con esa voz astillada. Nada coincidía: se habían equivocado.

Se lo llevaron de ahí y lo dejaron amarrado de manos y sin camiseta cerca de la carretera. Pícale cabrón, le gritó el jefe. Nomás que hables, te matamos.

Caminó un poco bajo ese sol blanco y depredador. Sintió mareos. Vomitó y salpicó sus zapatos y el pantalón.

Una semana después estaba haciendo unas compras que le encargó el patrón, en el centro de la ciudad. Iba en su camioneta, una Cheyenne viejita pero bien arreglada y de motor recién reparado.

Las manos de tenazas de acero del gordo aquel volvieron a adueñarse de su antebrazo izquierdo. Te vienes con nosotros, le dijo. Los otros tres estaban cerca y lo escoltaron hasta meterlo violentamente a un vehículo compacto, de vidrios oscuros.

Él iba en medio. Dos a cada lado y los otros adelante. Él les dijo oiga, es un error. Acuérdense. Soy el de la otra vez. Ustedes mismos me levantaron, me iban a matar. Hasta que se dieron cuenta que se habían equivocado y me soltaron.

Mírenme. Yo no soy. Y de nuevo los mocos, el llanto y los ruegos. Y la voz de alambre y las ganas de vomitar.

Tomaron un pavimentada y luego viraron para seguir por en camino de terracería. En ambos lados había plantíos de maíz que a ratos se confundían con el bledal y el monte. Se detuvieron en medio de un predio pelón, del otro lado de las plantas de trigo.

Sacaron sus armas, cortaron cartucho y le apuntaron. Les volvió a decir que si no lo conocían, que era el mismo de la otra vez. El gordo le dijo al jefe, No es. No es jefe. Lo interrogaron. Cinco veces la misma pregunta.

Le explicaron que era su culpa, porque traía una camioneta idéntica a la que usa el que buscaban. Déjenlo ir, pero sin camioneta. Nos vamos a quedar con ella. Oiga, pero. Pero nada. Y aquí te quedas. Tú te vas a pie y nosotros nos llevamos la Cheyenne. No nos vayamos a confundir otra vez, porque entonces sí te matamos.

El jefe le dijo, Pa’llá queda la carretera. Pícale cabrón.

Artículo publicado el 22 de marzo de 2026 en la edición 1208 del semanario Ríodoce.

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