Malayerba: La Güera

Malayerba: La Güera

Tenía en lugar de cabello, pelos de elote y una piel cobriza cuya belleza contrastaba con la cazuela de machigüi que le llevaba a los cochis.

Así la sorprendió Rafail: con sus formas femeninas preparando el lonche para llevar a los plebes que estaban en la siembra y sentada en aquel banquito ordeñando las vacas, en el patio de su casa.

Le dijo que le compraba el machigüi. Ella, apenada, le respondió que no se vendía, puesto que era el alimento de los cochis. Insistió pero ya no le hizo caso y siguió en su trayectoria hasta llegar al chiquero, donde dio de comer a los animales.

La Güera ya no era aquella mocosa flaca y sangrona. Hasta la sonrisa le había florecido y qué decir del resto de su cuerpo: sus protuberancias asaltaban y esas caderas infladas ofrecían un escenario virginal suculento.

A partir de ese momento Rafail le echó el ojo a la mujercita aquella. Pasaba en su foringona y lo hacía lentamente, asomándose, cuando estaba frente a la casa de ella. Se bajaba y fingía hacer algo más. Caminaba para allá y para acá. Se iba y regresaba. Rondándola.

El padre lo vio y cuando él se acercó al fin a preguntar por ella lo recibió con una carabina treinta-treinta empuñada, apuntándole, sostenida a la altura de la panza. Rafail no se sorprendió. Le dijo, No pasa nada, viejo. Cálmese. Y ni hizo intento por lucirse con la treinta y ocho que portaba.

No pasa nada. Ni se enoje. Me gusta la Güera. Vengo por ella.

El padre sabía de Rafail. Sembradíos de amapola y mariguana llevaban su nombre en la montaña. Los dólares traían su fotografía en ambos lados. Las escuelas, calles y caminos le pertenecían. Pero no andaba de abusón: si una mujer no quería, pues es no y no.

La Güera escuchó la discusión y se impuso. Con voz de hacha surcando el viento, pegando duro en los gruesos árboles, le dijo a su padre, Déjelo apá, ese hombre me gusta y si quiero ahorita mismo me voy con él.

Rafail trató de no herirlo más. Mire, viejo, su hija necesita un hombre y ese hombre soy yo. El señor le respondió que era cierto, que su hija merecía hacer vida con un hombre y tener familia, pero no con uno como él, un narcotraficante, un gomero.

La foringona se los llevó de ahí como nave nupcial. El padre la vio alejarse y le gritó, No regreses más, ya no eres mi hija.

A los años ella volvió. Se supo que había andado por Guadalajara, que había viajado por todo el país y a Centroamérica. Cuando pisó de nuevo ese patio y vio de lejos el chiquero les explicó a sus padres que estaba ahí porque a Rafail lo había detenido la gente del Gobierno.

Ella seguía siendo atractiva. Su pelo rubio ya no era tan largo: no daba para las trenzas ni para pelear con el viento. Pero su silueta seguía abultada de los lados y sus pechos conservaban la turgencia. No se supo que ella tuviera más pretendientes.

En cambio, de Rafail se conocieron historias de otros amores. Mujeres como la Güera, imponentes y portentosas. Lo supieron ellos porque ella lo sabía de memoria.

De repente, cada cinco o seis meses, llegaba una camioneta por ella. No se veía la cara de quien iba en la cabina. Pero igual, con ese sigilo, se desaparecía. Y la Güera con él. Dos, tres días.

Cuentan que los de la cárcel le daban permiso. Que ella se perdía con él allá arriba, entre las montañas. Dicen que ella asumió parte de los negocios.

Lo cierto es que la Güera siguió así, atractiva y apetitosa, por muchos años. Una de esas noches partió en silencio, en otra foringona, y no se le volvió a ver.

Artículo publicado el 15 de marzo de 2026 en la edición 1207 del semanario Ríodoce.

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.