Malayerba: Servicio a domicilio

Malayerba: Servicio a domicilio

Licenciado, le dijo gritando. Necesito que me preste unos doscientos pesos. Pero ya, ya, ya, licenciado. Sí’ombre, mándemelos aquí, por favor. Ya sabe dónde. Lo voy a estar esperando. Ándele pues.

No le importó que fuera por el auricular. Tampoco que todos sus compañeros, meseros de aquel estricto club privado, se percataran de sus necesidades y urgencias. Es el licenciado, les reviró, cuando se dio cuenta que lo miraban sin parpadear.

Después todos sonrieron y terminaron dándole carrilla. Por doscientos pesos, por favor. Haces un escándalo y hasta molestas al licenciado ese, amigo tuyo, para que venga y te los traiga o mande.

Desde el domicilio aquel había salido una motocicleta, de esas flaquitas. Un joven, también güilillo, la prendió y se montó. Un casco ocultó sus rasgos faciales y ese pelo que de otra manera volaría enredado con el viento.

En la parte trasera no cabe nada, nadie. Trae instalado una caja de fibra de vidrio, de esas que usan los repartidores de pitsas, tortas y comida china. Pero el recipiente está vacío.

Sale de ahí como pedo. Y nada lo detiene. Los semáforos se le ponen en verde y los vehículos no son competencia: les pasa por un lado o por el otro, les saca la vuelta como a las glorietas, evade los embotellamientos con esa moto tan desnutrida como veloz.

Agarra el bulevar de las américas, luego el malecón nuevo para no toparse con semáforos, y sube para tomar la Obregón en la rampa que embona con el puente Miguel Hidalgo. Y de ahí por esa avenida hacia el sur, hasta el bulevar Madero.

Cuando llegó al edificio no dudó en dirigirse al elevador. El botón rojo no encendía, pero ya sabía que aplastarlo había servido de algo. Tardó más de lo habitual. Y cuando por fin bajó y se abrió se topó con varias personas, todas desconocidas. No era lo que esperaba.

Volvió a aplastar el botón. Esta vez con cierta ansiedad. Qué pasará con este cabrón que no baja. Y siguió ahí, casco en mano, unos segundos. Tinnnn. La campanita avisó: de nuevo dos sujetos con maletines y carpetas.

Empezó a sudar. Pero más tardó en secarse con la mano derecha que en sonar de nuevo la campanita. Era él, su “cliente”. Ambos se subieron al elevador, solos. Del bolsillo del pantalón sacó un sobrecito de plástico y transparente.

Él le entregó los doscientos pesos. Y el de la moto el sobre con la respectiva dosis de polvo. Intercambiaron secos y fríos saludos. El elevador subía, luego bajaba. Cuatro pisos no eran suficientes. Y no querían intrusos.

Se puso un pase, dos. Suspiró aliviado. Miró fijamente al motociclista y le sonrió feliz: había emprendido el otro viaje y en medio de ese elevador que era cómplice, que no paraba.

Las cervezas que traía en la panza y que amenazaban con subírsele al cerebro se pusieron quietas. La mirada cansada quedó finalmente fresca. Él sintió agua fresca en la cara, luego de la segunda esnifeada.

El servicio del restaurante lo esperaba. Reunión de ejecutivos, empresarios selectos y socios del club, lo esperaban a él y a sus compañeros meseros. Y tenía que estar como nuevo, lozano y despierto.

Tinnnn, la campanita de nuevo. Las puertas del elevador se abrieron y solo él bajó. El flaco permaneció adentro, oculto, y descendió con el elevador. Y con los doscientos pesos en la bolsa.

Artículo publicado el 01 de marzo de 2026 en la edición 1205 del semanario Ríodoce.

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