Malayerba: Indigestión

Malayerba: Indigestión

Un ventanal hacia la avenida de cuatro carriles. Hora pico. Las filas de automóviles esperando el turno, intentando avanzar, pitando. Frenan, aceleran. Despacio.

Los conductores se llevan los dedos de la derecha, abiertos y tiesos, al pelo. Intentan peinarse. Las mujeres sacan del neceser el bilé y el espejo. Otros golpean con el gordo el volante. Miran la hora.

Llegaré tarde, dicen esas miradas, gritan esos ojos que parecen encendidos, en ese lerdo movimiento: duran más detenidos en la cola gorda y larga de vehículos, y esos pasitos, esos metros que le van ganando al pavimento, tardan. Cómo tardan.

Desde el café se ve la avenida. La selva allá, abajo, entre los carriles, los direccionales que activan los que quieren dar vuelta. Las mentadas de los que vienen atrás, sufriendo el carril bloqueado.

Desde el café la vida es otra, otro tiempo.

De quince mesas, ocho están ocupadas. Unos veinte comensales toman café. La mayoría pidió americano. Unas damas de la mesa que está cerca del ventanal prefirieron late y otra de ellas capuchino.

El mesero pasa. Vuela. Voltea. El mesero no tiene pies. Flota, avanza. Si tuviera falda en lugar de esos pantalones parecería una bruja que levita, que esconde bajo esa tela holgada los pies, que se divierte entre mesa y mesa, atendiendo, velozmente, con esa charola café y redonda.

Café, por favor. Otro café para mí. Tome la orden, joven. Sí señor, en un momento. Con gusto.

Les entrega la carta y al sentarse el cliente le ofrece inmediatamente algo qué desee tomar. Café, té, chocomil, jugo de naranja…

La vida aquí es apacible. Las paredes tienen pinturas: óleos, tapiz, grabados. Un librero con pocos libros, de utilería. Juego de vidrios y espejos.

El Culiacán de aquí es de otro nivel, de aire acondicionado. Los políticos ronroneando sus culpas, sus transas, los proyectos nuevos, las órdenes del señor gobernador. Alimentándose, babeando con las noticias del periódico.

Periodistas y sus mitotes. Son tres en aquella mesa, no tan cerca del ventanal. Hablan en voz baja. Cuchichean y uno de ellos dice, Es que aquí todo se oye. No habrá micrófonos.

Las damas de aquel lado se parecen a las que están cerca del ventanal. Parecen mirar a los automovilistas como Dios mira las hormigas: se asumen lejanos, ausentes, aparte, arriba, mejor.

Las damas emperifolladas. Sin tantas joyas pero con relojes que pesan. Sin mucha ropa pero con esos pans para gritar que vienen del gimnasio y ahora se van a recuperar: piden veigels, capuchino, dos órdenes de bisquets.

Pero todo aquí, dentro del restaurante, es normal. La paz de una misa. La seguridad de un museo. El silencio de los hospitales. Pero hay café, pan, omelets con espinacas y champiñones, carne machaca con un tamal frito, hígado encebollado.

Esto sí es vida. Así lo dicen esas sonrisas. Esa seguridad de bolsillo.

Y se oye el ra-ta-ta-ta-ta-ta.

Todos se callan. El segundero se detiene. El mesero toca el piso. Las damas de veigels, las del café late, los del capuchino, se erizan. Los ojos grandes, llorosos, palpitantes, saltones. Las manos, delicadas, con olor a crema humectante, se sacuden, tiemblan.

Y de nuevo ra-ta-ta-ta-ta.

Los cristales se estremecen. El sonido arrasó todo. Las mesas, las sillas, sus ocupantes. Voltean a verse. Se esculcan, buscan lesiones.

Alguien voltea abajo, al ventanal… Y escucha de nuevo el tableteo, el choque de metales: un trabajador sostiene un rotomartillo, lo activa, va reventando el pavimento.

Les explica a los demás clientes. Ah, dicen. Sueltan el aire. Ríen nerviosos. Piden la cuenta.

Artículo publicado el 23 de febrero de 2026 en la edición 1204 del semanario Ríodoce.

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