Siempre creyó que las musas del Louvre lo ayudarían a reconquistar la suya. No fue así. No hubo samotracias, ni medusas, ni giocondas que pudieran contentarla.
El museo ya estaba cerrando cuando salió. Venía solo. Las luces de la ciudad comenzaban a avivarse. Llegó sin ver y sin prisa al Jardín de las Tullerías. Con la vista extraviada por la pena, no advirtió la simétrica belleza de la arboleda, ni las miradas congeladas de las esculturas de Rodin. Cruzó la fuente central pisando, sin hundirse, las hojas verdes de nenúfares robadas de un cuadro de Monet. En el centro de la Plaza de la Concordia se detuvo unos instantes y como si ese nombre le devolviera la esperanza miró hacia atrás con el deseo de encontrar los ojos de su musa. Pero su mirada fue a estrellarse contra la pirámide del Louvre, para luego resbalar con sus lágrimas por el cristal hasta darse contra el piso. Por inercia, la levantó rápidamente dirigiéndola hacia el cielo. El imponente obelisco, en una especie de premonición, le señalaba el camino a las estrellas. A su paso por los Campos Elíseos, las luces de las marquesinas lo descubrieron. Sintiéndose desnudo, corrió como venado encandilado y atravesó el Arco del Triunfo en una absurda ironía. Dobló hacia la gran Torre Eiffel y en su camino cuesta abajo, admiró cómo esta se asomaba altiva tras el Museo del Hombre. Rodeando el maravilloso edificio, cruzó el Sena ignorando a la pareja de enamorados que le decía adiós desde el bote en que paseaban por el majestuoso río. El acceso a la torre ya no estaba permitido cuando arribó. Como pudo burló la vigilancia y consiguió llegar hasta el elevador. Subió sin problemas el primer tramo. No había prisa. Nadie se había percatado de su presencia. Arriba del segundo elevador, comenzó a ver el resplandor de la ciudad a través de las paredes vidriadas. Dudó en seguir cuando el hipnótico paisaje le cortó el aliento. Sin embargo, tenía claros los designios de las musas. El tercer tramo lo hizo escalando la estructura hasta llegar a la punta de la icónica torre. De una bocanada se tragó el halo luminoso que a lo lejos se confundía con todas las estrellas del universo. Cuando estuvo satisfecho, vio por última vez el rostro amado en un cometa que en ese instante pasaba arando el firmamento y queriendo asirlo con sus manos, apagó la luz.
Ciudad Luz, Francia. 19 de enero de 1997
Artículo publicado el 15 de febrero de 2026 en la edición número 21 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



