Como en un abrir y cerrar de ojos a Ríodoce se le vino encima otro febrero. De pronto cumplimos un año más de vida, 23, con sus días y sus noches. No olvidamos nunca el arranque tortuoso y menos los días más aciagos, los golpes funestos de realidad, la precariedad acechante siempre, pero también el compromiso que hicimos al presentar el proyecto en distintas ciudades y foros: hacer un periodismo para todos, con un alto sentido crítico, profesional, sin ataduras, pero también sin flaquezas ideológicas ni libertinajes.
Han sido 23 años de navegar en nuestra pequeña nave y este que pasó es, sin duda, uno de los más desventurados por los niveles de violencia que hemos tenido que cubrir para el semanario impreso y ahora también para plataformas digitales bajo formatos que apenas estamos ensayando. Transmitir en vivo mientras escuchas a tus espaldas los estruendos del fuego o el llanto de los dolientes, es algo que Ríodoce no había vivido con la crudeza que ahora nuestros reporteros han estado experimentando.
Tiempos así representan pruebas de fuego para todos, para el gobierno en primer lugar, para la sociedad en su conjunto, para los ciudadanos, para los empresarios y también para el periodismo, para los medios, para los periodistas. En medio de la violencia y la estridencia de muchos hechos como los que hemos cubierto en estos 500 días de guerra, el valor, la prudencia y la ética se ponen a prueba. Publicar o no, hasta dónde, cómo. Distinguir las líneas que dividen el trabajo periodístico del trabajo policiaco es vital. Y transgredirlas puede significar un antes y un después.
La sociedad demanda información verificada porque la que se produce en infinidad de plataformas digitales transcurre a borbotones imparables como lava, pero que a la vuelta de minutos su valor se ahoga en su propia vacuidad.
Y ese es el reto de un medio como el nuestro. Mantener, al margen de los formatos, viejos y nuevos, los compromisos elementales de un periodismo que nació como opción para gente que quiere saber lo que realmente está pasando en su entorno. A la vuelta de 23 años, podemos decir con certeza que este barquito de papel seguirá navegando porque así lo requieren nuestros seguidores, a los que les debemos todo.
Por acompañarnos en esta travesía, un millón de gracias.






