Los conocimos por una tragedia. Jorge Cabada Hernández, Abraham Hernández Picos y Juan Emerio Hernández Argüelles fueron los tres jóvenes desaparecidos la madrugada del 30 de junio de 1996. Los tres jóvenes desaparecidos de Las Quintas. Así se les conoció; así su caso le dio la vuelta al país. En 1996 eso fue un escándalo. Ahora pueden desaparecer más y, si acaso hay denuncia de hechos, solo van a un expediente que tal vez no se vuelva a tocar nunca. Son tantos los desaparecidos y tan cómplices e ineficaces los gobiernos…
Los muchachos estaban en la mansión de un poderoso empresario, Rolando Andrade, de quien se decía lavaba dinero de otro lavador, el banquero Carlos Cabal Peniche, quien estuvo en la cárcel por eso. Tuvieron una discusión de morros y eso les costó la vida. No sabían a dónde se habían metido ni con quién. Salieron de la fiesta, un cumpleaños de la hija del empresario, Helga Andrade, y horas después ya nadie supo de ellos.
Nunca los encontraron. Fueron involucrados policías municipales, pero su injerencia en el caso no fue comprobada oficialmente. También se habló de los narcos, del control que tenían de la policía y de que le habían hecho un favor al hijo del empresario, Rommel Andrade, pero tampoco nunca se sabrá —o quién sabe— si esto fue cierto.
Como Rolando Andrade Mendoza había sido uno de los financiadores de la campaña del entonces gobernador, Renato Vega Alvarado, cuando su nombre salió públicamente en el caso, y su familia enredada, se volcó en furia contra el gobernador. Renato no decía nada, solo pateaba la bola, pero el empresario quería que los eximiera y también a su familia. Pero el gobernador no lo hizo y entonces Rolando perdió los estribos. Publicó dos, tres, cuatro desplegados airados contra el gobernador, donde lo acusaba de todo con un lenguaje soez, nunca visto en esos niveles.
Y entonces la fiscalía estatal, (procuraduría de justicia en ese tiempo) solicitó la comparecencia de Rolando en el marco de la investigación, a lo que Rolando siempre se opuso, al grado de huir del país. Ya se habían ido sus hijos Rolando, Rommel y Helga, que se movieron entre los Estados Unidos y Europa.
Rolando Andrade se fue a los Estados Unidos y por allá quiso hacer negocios, pero su condición de fugitivo hasta de su sombra le impidió concretar nada. Lo que tenía en Sinaloa se le vino abajo poco a poco. Había comprado cientos de hectáreas de tierra para el cultivo de hortalizas y se hizo de una insultante flotilla de tráileres para el transporte que anunció en la prensa sin rubor alguno. Se instaló en Los Ángeles, California, y de allí se movía a otras ciudades. Visitaba mucho Las Vegas, Nevada, donde se reunía con sus hijos. Pero nunca más encontró la paz. Buscado y perseguido, en el año 2000, el otrora poderoso empresario murió de un infarto en un hotel de paso —52 dólares la noche— en California.
La lucha de los padres de los tres muchachos fue tan tenaz como inútil. Se crearon cuatro o cinco fiscalías especiales para la investigación del caso, pero todas resultaron infructuosas y desaparecieron. A veces parecía que decaían los ánimos en las familias por encontrarlos y de pronto la presencia de los padres exigiendo justicia retomaba fuerza, siempre acompañados de luchadores sociales.
Un día alguien me dijo que Abraham Hernández, padre de Abraham Hernández Picos, tenía información que podía servir para esclarecer lo que sucedió y fui a verlo. Búscalo, me dijeron, ya pasaron muchos años, a lo mejor se anima a decirte algo. Pero no me dijo nada. Le dije que podíamos hablar fuera de libreta y que nosotros, desde Ríodoce, podíamos darle seguimiento a la información, pero ni así. Y terminó sentenciando que ya habían dejado las cosas en manos de Dios.
Bola y cadena
ABRAHAM HERNÁNDEZ MURIÓ la semana pasada, casi 30 años después de que su hijo y sus sobrinos desaparecieran. Ni el gobierno ni Dios le hicieron justicia. Su esposa Norma Picos había muerto cinco años atrás con la misma frustración de no encontrar nunca a su hijo. El caso se convirtió en un emblema de los desaparecidos en Sinaloa, un problema que creció todos los días con la complacencia y muchas veces con la complicidad de los gobiernos de todo tipo. Ahora como Abraham, como su esposa, como los Cabada, como los Hernández, miles de familias en Sinaloa viven el mismo calvario de no encontrar a sus tesoros.
Sentido contrario
SER POLICÍA ES SER un blanco móvil. Ellos se mueven, pero siempre están en la mira. Alguien los sigue. Paren o no, siempre les estarán apuntando. Es una tristeza, pero es real. Desde que empezó la guerra entre mayos y chapos han asesinado a 80 agentes, municipales, estatales y federales. Son la parte más frágil y, vaya paradoja, la más indefensa.
Humo negro
EN SU RECIENTE COMPARECENCIA ante el Congreso del estado, el secretario de Seguridad Pública de Sinaloa, Óscar Rentería Schazarino, dio un dato escalofriante: solo en 2025, el Grupo Interinstitucional tuvo 3 mil 236 detenidos, aseguró 4 mil 281 armas, un millón 200 mil municiones, 336 granadas, 5 mil 832 explosivos y 2 mil 930 vehículos (datos de Ríodoce). Solo en 2025, sin considerar lo acumulado de septiembre —cuando empezó la guerra— a diciembre de 2024. ¿Cómo subsistieron durante años tantos hombres armados en Sinaloa? ¿Con la complacencia de quién? ¿Dónde estuvo el gobierno? ¿Cuántos más hay en nuestras ciudades? ¿Cuántas armas?
Artículo publicado el 25 de enero de 2026 en la edición 1200 del semanario Ríodoce.







