Agustín Cota: Cantar para quedarse

Agustín Cota: Cantar para quedarse

En medio de la violencia, el músico ofrece su arte ante los clientes de la cenaduría La Uva, en el Mercadito Rafael Buelna

 

 

Agustín Cota no espera un escenario con luces ni un contrato firmado. En una ciudad donde las fiestas se han vuelto un recuerdo bajo llave por la violencia, su escenario es el vapor del pozole y el ruido de los platos en la cenaduría La Uva en el Mercadito Rafael Buelna. Baja su equipo, abre la laptop y, antes de soltar la primera nota, ordena en su cabeza el inventario de una nostalgia que hoy es su único sustento.

No viste como quien pide limosna ni canta como quien improvisa para sobrevivir. Es músico. Lo ha sido por años. Antes, las notas eran un complemento; hoy, son la única forma de llevar comida a la mesa.

Suenan los acordes de los Bee Gees y la voz de Agustín corta el murmullo de los comensales. “I know your eyes in the morning sun… I feel you touch me in the pouring rain”. De pronto, entre bocado y bocado, algunos clientes empiezan a acompañarlo con el clásico tema “How Deep Is Your Love”.

“Empecé a cantar en fiestas de amigos; después me empezaron a contratar para restaurantes y eventos”, cuenta. Su repertorio es un mapa de la memoria: música viejita, baladas de Los Yonics y Los Muecas, oldies en inglés, banda y cumbia. Esa versatilidad le permitió, durante años, vivir entre los escenarios formales y las celebraciones privadas.

 

La violencia y sus estragos

Antes de que el miedo trastocara la vida en Culiacán, Agustín tenía un empleo fijo como asesor de ventas. La música era su pasión, pero también un ingreso extra importante. “Cuando estaba la cosa bien, antes de la violencia”, recuerda.

La inseguridad no solo le quitó el empleo; le arrebató su forma de vida. “Perdimos la libertad de salir, la seguridad, la tranquilidad”, dice. Algunos de sus amigos murieron en fuego cruzado; otros huyeron de la ciudad. Las reuniones familiares y la vida nocturna simplemente se esfumaron. “Nadie quiere salir por la violencia”, resume.

Aun así, irse nunca fue una opción. “Aquí están mis raíces, mis padres, mis hijos”. Agustín es de los que se quedan, aunque el entorno se haya vuelto desconocido.

 

Vencer la vergüenza

La cenaduría La Uva, en la esquina de Hidalgo y Galeana, encallada en una esquina del Mercadito Buelna, ambientada en tonos morados y adornada con luces, es un refugio que parece detenido en el tiempo. Ahí, entre el ajetreo de las meseras, Agustín llegó a un punto de quiebre:  La primera vez que extendió un bote para recibir apoyo económico. La vergüenza estuvo a punto de vencerlo.

“Me sentí como si fuera poca cosa, me quería ir”, confiesa. Acostumbrado al pago seguro y el aplauso programado, esa noche llegó sin pedir permiso y se colocó al fondo, con el miedo de ser corrido. “Sentí que se me iban a salir las lágrimas por lo que la situación me estaba obligando a hacer para sostener a mi familia”.

Sin embargo, el administrador de la cenaduría lo vio con otros ojos. “Llegó como otros, con cara de angustia, no nos pidió permiso porque no tiene por qué hacerlo. La calle es de todos y todos son libres de buscarse la vida”, explica. “A la gente le gusta su música y a nosotros también. Nos pone de buenas”.

Algo cambió mientras Agustín cantaba esa noche. La gente comenzó a tararear, a golpear la mesa al ritmo de la música. La vergüenza mutó en un orgullo distinto: el de quien lucha por los suyos regalando un momento de paz a los extraños.

 

Un regalo en medio del miedo

Michelle, de 30 años, espera su mesa mientras baila suavemente una de las canciones. “Generalmente, cuando alguien llega a cantar para pedir dinero, se trata de personas desesperadas. Pero la música de este señor es muy agradable, tiene muy buenas rolas y canta muy bien. Te hace pasar un buen momento”, comenta.

En esa esquina, Agustín ya no está solo. Comparte la banqueta con vendedores de miel, cacahuates y pan. Él anuncia su llegada y sus productos en el micrófono, se han reconocido como parte de lo mismo: son una familia que resiste. Cuando llega otro músico, Agustín apaga su micrófono por respeto, para que pueda cantar. Todos buscan lo mismo: salir adelante.

Hoy, la vergüenza es un recuerdo lejano. En su lugar hay una satisfacción que no dan los contratos. Recuerda una noche reciente cuando una mesa lo aplaudió y le dejó un billete de 200 pesos. “Es la propina más grande que me han dado. Se siente bonito porque sientes que a la gente le agrada lo que haces”.

Agustín no aparece en Ticketmaster ni tiene espectaculares con su imagen, pero es un artista en el corazón y para él, cantar sigue siendo un privilegio. “Es como el futbolista al que le pagan por jugar. A mí me pagan por hacer lo que me gusta”.

Sabe que sus canciones son un alivio efímero. “A la gente le regalo un recuerdo bonito que les arregla el momento. Que se vayan contentos y se olviden de los malos ratos del día”.

En una ciudad marcada por el silencio nocturno y la incertidumbre, Agustín Cota canta para quedarse.

Artículo publicado el 18 de enero de 2026 en la edición 1199 del semanario Ríodoce.

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