Avatar: Fuego y cenizas

Avatar: Fuego y cenizas

En 2009, James Cameron captó la atención mundial al estrenar Avatar, la que, hasta el momento, es la película más taquillera de la historia. Por 12 años, Titanic (1997), del mismo director permaneció como la que más había ganado, con 2.2 mil millones de dólares. Sin embargo, llegó Avatar y la desplazó, ya que, hasta ahora, ha recaudado 2 mil 923 millones.

Esa tónica, Avatar: El camino del agua (2022) también de Cameron, es el tercer filme que más dinero ha obtenido, por lo que, independientemente de la calidad y preferencia, no sería extraño que la reciente Avatar: Fuego y cenizas (Avatar: Fire and Ash/EU/2025), se cuele a la terna de las más rentables, con sus ya 760 millones de dólares captados en sólo dos semanas.

En la primera entrega de la saga, el conflicto en Pandora lo genera el que los humanos desean apoderarse de un valioso mineral, que es de gran ayuda para el ejército, en lo que es imprescindible Jake Sully (Sam Worthington), aunque después este cambia de opinión: prefiere convertirse en un Na’vi y quedarse a vivir con los nativos.

En la segunda parte, ya con esposa e hijos, Jake tiene que huir a la costa y resguardarse en la tribu de los Metkayina, ante las amenazas del coronel Miles Quaritch (Stephen Lang), de invadir el planeta. Ahora, en Avatar: Fuego y cenizas, mientras los Sully luchan por superar el duelo por la muerte del hijo mayor, deben enfrentar los ataques del Pueblo de las Cenizas, comandado por la decidida y aguerrida Varang (Oona Chaplin), quien busca poder, venganza y dominio: apoyada por Miles, obliga a los nativos buenos a replantear su lucha por la supervivencia y el equilibrio del planeta.

Sí, la pirotecnia y parafernalia típica de Avatar en está presente en la entrega de 2025, lo que garantiza que la película escrita por Cameron junto a Rick Jaffa y Amanda Silver sea todo un espectáculo visualmente: el planeta completo (bosque, agua; cielo, tierra) es impresionante en cada uno de los contextos recreados para las escenas. Este aspecto es tan detallado y extraordinario que es ideal para que su belleza se potencie con el 3D o IMAX, y se disfrute al máximo. Indudablemente, ante tales imágenes, el espectador se siente parte del lugar y de la historia, y, desde luego, sobran temas para que la identificación con la trama sea sí o sí: unión familiar, cuidado de la naturaleza, duelo, identidad, pertenencia a un grupo y protección de la tribu.

Desafortunadamente, y a pesar de tanto dinero, años y esfuerzo invertidos, la cinta se percibe igual a sus antecesoras. Así las batallas se desarrollen en espacios distintos, con otros opositores y por razones, aparentemente, nuevas, la realidad es que Avatar es “pan con lo mismo”. Otro punto significativo en contra es que cuenta con demasiadas subtramas (conflictos entre un padre y su hijo; la redención entre una madre y su hijo; la conexión entre una madre y su hija; la intromisión de un humano con el mundo de Pandora; los problemas entre los propios Na’vi, etcétera) y personajes, lo que, aunado a sus más de tres horas de metraje (es la más larga de las tres), termina siendo densa y casada. Eso sí, la inclusión de Varang es todo un acierto. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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