El adolescente de 13 años, Josh Baskin (David Moscow) está harto de que sus padres lo traten como niño y de que las chicas que le gustan no le correspondan, por lo que su mayor deseo es crecer y ser grande. Por eso, cuando ve abandonada en una feria una misteriosa máquina que cumple deseos, no duda en meter una moneda y solicitarle lo que más anhela. Con una tarjeta que ratifica su petición, pero con la misma apariencia, el chico se retira decepcionado del lugar. Para su sorpresa, al día siguiente, al verse al espejo se da cuenta de que es como quería (ahora, Tom Hanks). No obstante, lo que Josh no pensó fue en las consecuencias de su cambio. Afortunadamente, su amigo Billy (Jared Rushton) no lo deja sólo en esa complicada situación.
El acierto más oportuno y significativo de Netflix a final de año es haber programado Quisiera ser grande (Big/EU/1988). La cinta dirigida por Penny Marshall (Despertares, 1990; Los chicos de mi vida, 2001), que algunos días se ha posicionado entre las más populares de la plataforma, viene a reafirmar su lugar entre tantos seguidores que la consideran un clásico y a demostrar que un filme con un buen guion, excelentemente realizado y actuado, se vuelve una obra atemporal, digna de verse una y otra vez, con la seguridad de se va a disfrutar más, en cada revisión.
La película escrita por Gary Ross y Anne Spielberg (en su momento ganaron un Oscar a mejor guion), si bien no es la primera ni la última en la que algún personaje cambia de cuerpo (como ejemplo, antes estuvieron: Pablo y Carolina, 1957; Mi otra mitad, 1984. Después: Si yo tuviera 30, 2004), tiene a su favor que funciona muy bien como comedia, en su toque de fantasía y en intención de conmover, por sus diferentes temáticas: valorar la infancia, vivir el presente por más complicado o inconveniente que sea, y diferenciar en los significados de crecer y madurar.
Indudablemente, la actuación de Hank, con actitudes de adolescente al que sólo le interesa pasar el tiempo con su amigo (lo cual le ayudó a ganarse un privilegiado lugar en una juguetería), es muy convincente: su comportamiento, pensamiento, movimientos, gestos, reacciones, temperamento, intereses, motivaciones, etcétera, son, efectivamente, las de un chico de esa edad. Bueno, hasta que comienza a ver a Susan (Elizabeth Perkins, en una interpretación estupenda, en el que va de mala a buena, naturalmente), su compañera en la oficina, de manera diferente, sobre todo después de pasar una noche juntos.
Es cierto que a la película se le pudiera cuestionar alguna que otra situación, que se percibe absurda o inverosímil (no se ve una preocupación real de parte de los padres al perder a un hijo; el amigo se desparece todo el día y viaja a la gran ciudad sin que los padres se enteren; Josh consigue trabajo y departamento sin identificarse; si bien Josh entra a la empresa por su manera de jugar, después es un experto capaz de engañar a quienes verdaderamente saben del negocio), pero sin duda su narrativa ágil, sus impresionantes escenas (las del piano, el trampolín, todas las de Hanks divirtiéndose como niño) y sus actuaciones, la hacen entrañablemente disfrutable. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.







