Conocí a Óscar Liera a mediados de la década de los ochenta, gracias a quien fuera mi maestro de composición, Sergio Villarreal. Él estaba trabajando la música para una obra que marcaría época en el Taller de Teatro de la Universidad: El Oro de la Revolución Mexicana, escrita por Óscar. Sergio, que me veía con la complicidad de quien reconoce afinidades profundas, me lo dijo casi como una premonición:
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—Aldo, te va a caer muy bien Óscar. También le gusta Mahler, como a ti.
No imaginaba entonces cuán ciertas serían esas palabras.
Me mostró fragmentos de la música que estaba componiendo: pasajes de una fuerza muy particular, entre ellos el himno que terminaría siendo emblema de la obra. Y mientras escuchaba aquellos compases, Sergio volvió a mencionar a Liera, hablándome de su inteligencia, de su cultura, de su relación tan cercana con la música.
Sin saberlo, esa conversación era el preámbulo de una amistad decisiva.
Óscar Liera
Cuando finalmente nos conocimos, la afinidad fue inmediata.
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Óscar era un hombre profundamente humano, un conversador excepcional, preparado, lúcido, irónico cuando debía serlo, sensible siempre. Pasábamos horas hablando: de teatro, de política, de la vida en Culiacán, pero inevitablemente la conversación regresaba a la música, a Mahler, a ese territorio emocional donde ambos encontrábamos resonancias comunes.
Pronto comenzamos a prestarnos discos, y aquello superó el mero gesto melómano: era confianza, era complicidad.
Óscar tenía un vinil que yo deseaba intensamente: Lieder eines fahrenden Gesellen de Mahler, con la mezzosoprano Frederica von Stade.
—Te lo presto, pero cuídalo mucho —me advirtió.
Me lo llevé a casa casi como quien lleva un relicario. Lo grabé en cassette —la tecnología disponible entonces— y se lo devolví intacto. En correspondencia, le grabé varios cassettes de obras que él quería conocer y que yo ya tenía. Era un puente silencioso entre nuestras vidas, un puente hecho de música.
Mis padres lo admiraban profundamente, no sólo por su talento, sino por su valentía cívica. Sus manifestaciones contra el gobierno, su postura ética, su congruencia, habían construido alrededor de él un respeto que trascendía los escenarios.
Una época irrepetible
No estuve presente en el estreno de El Jinete de la Divina Providencia; yo había regresado recientemente de la Ciudad de México y aún no comprendía la magnitud del movimiento teatral que estaba transformando a Culiacán. Pero sí asistí a la premier mundial de El Oro de la Revolución Mexicana, a un costado de la Casa de la Cultura de la Universidad, frente a la plazuela Rosales.
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Años después vería El Jinete.
Ambos montajes eran, sencillamente, fabulosos.
Esa época marcó un parteaguas.
El teatro sinaloense —y también el del noroeste— vivió entonces un esplendor difícil de repetir, donde el escenario dialogaba con la vida cotidiana, con el miedo, la rabia, la esperanza, y con la convicción de que el arte debía ser un espejo crítico de su tiempo.
1989: la última imagen
La última vez que vi a Óscar fue en el Festival Cultural Sinaloa 1989.
Se presentaba la gran soprano Victoria de los Ángeles.
Óscar estaba muy enfermo. Lo recuerdo en una imagen que aún hoy me duele: sentado solo, envuelto en una cobija, custodiado apenas por la luz tenue del recinto.
Nos vimos desde lejos. Intercambiamos un gesto mínimo, un saludo de cabeza.
Y decidí no acercarme.
Hay silencios que se respetan.
Con los años comprendí que quizá ese fue su último concierto en vida.
Óscar Liera murió el 5 de enero de 1990.
Un adiós en música
En su memoria compuse una pieza para dos guitarras y piano: Los Negros Pájaros del adiós, título tomado de uno de sus relatos. Hoy la escucho y la reconozco: es sencilla, ingenua, honesta. Era mi adiós posible.
Tiempo después, el TATUAS me invitó a escribir música para dos montajes: Los Perros, de Elena Garro, y El Dragón. No tenía la tecnología de hoy, pero había intuición, disciplina y un profundo respeto por la escena. Funcionó. A veces, la música se basta con la verdad de su intención.
Adelina y la custodia de la memoria
Tiempo más tarde conocí a Adelina Cabanillas, hermana de Óscar. Nos hicimos amigos. Era una mujer generosa, luminosa, y siempre que yo desarrollaba algún proyecto que tocaba la obra de Liera, ella facilitaba los permisos sin obstáculos.
La recuerdo con profundo cariño.
En 2019 me llamó:
—Aldo, tú eras amigo de Óscar. Él siempre habló muy bien de ti. Tengo su fonoteca… y creo que a él le habría dado tranquilidad que todo ese material quedara en tus manos.
No supe qué decir.
Hay honores que uno recibe en silencio.
Hoy resguardo la fonoteca de Óscar Liera:
sus discos, sus cassettes, sus libros de música.
Y aquel vinil que tanto anhelé en los ochenta… ahora está aquí.
Los cassettes que le grabé… también.
La música dio la vuelta completa.
Y cerró el círculo.
La fonoteca: un retrato íntimo
El haber recibido la fonoteca de Óscar fue, además de un honor, una forma de conocerlo más profundamente. Su colección de viniles no era extensa, pero sí exquisita. Mahler, Mozart, un poco de Bach, Beethoven. Había grabaciones de música de los trovadores de los setenta —la banda sonora de una época que él vivió intensamente— y, para mi sorpresa, un curso de francés en discos pequeños de baquelita.
Recordemos que Óscar estudió en la Sorbona.
Aquel curso, seguramente adquirido antes de su viaje, revelaba la disciplina y el deseo de preparación que siempre lo acompañaron.
Había zarzuelas, algo de jazz, curiosidades fonográficas que hablaban de un hombre atento a todo lo que enriqueciera su sensibilidad.
Y yo, ahora, con humildad y gratitud, cuido cada una de esas piezas.
Epílogo: el legado vivo
Hoy sé que el verdadero patrimonio de Óscar Liera no está sólo en sus obras —que son poderosas, necesarias, dolorosamente vigentes— sino en la forma en que nos enseñó a mirar.
Él cambió para siempre la manera de hacer y pensar teatro en Sinaloa en el último cuarto del siglo XX. Sentó bases éticas, estéticas, espirituales.
Y su legado continúa en el siglo XXI.
Es indispensable que las nuevas generaciones lo conozcan.
Porque las preguntas fundamentales del ser humano siguen siendo las mismas:
la fragilidad, la belleza, la violencia, la esperanza, la dignidad.
El tiempo no cambia: sólo da vueltas.
Y las obras de Óscar, como las de Shakespeare, regresan una y otra vez para recordarnos de qué estamos hechos: de luz y de sombra, de lo monstruoso y de lo hermoso, de la música secreta que cada uno lleva dentro y que sólo el arte puede revelar.
Agradezco haberlo conocido.
Agradezco su amistad, su obra, su valentía.
Y agradezco la música —la nuestra, la compartida— que hoy me permite escribir estas líneas.
Su círculo se cerró.
Y, al cerrarse, nos dejó un horizonte más amplio.
Artículo publicado en la edición número 19 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



