Óscar Liera: el otro escenario

Óscar Liera: el otro escenario

Tuve noticias por primera vez de Óscar Liera en la Universidad de Guanajuato, cuando estudiaba teatro junto a muchos otros actores mexicanos. Corría julio de 1981 cuando de manera intempestiva entró  al salón de clases la maestra Soledad Ruiz, entrañable amiga del dramaturgo sinaloense, para informarnos de la brutal golpiza que habían sido objeto los actores de la Infantería Teatral Veracruzana que presentaban la obra Cúcara y Mácara en el teatro Juan Ruiz De Alarcón de la UNAM, en el entonces Distrito Federal , cuando al grito de “guadalupanos” cerca de 60 jóvenes de ultraderecha armados con chacos, varillas, tubos y otro tipo de objetos, subieron al escenario agrediendo sin piedad a quienes representaban dicha obra autoría de Liera. La maestra Ruiz nos conminó a que nos manifestáramos públicamente, tal como lo estaba haciendo el gremio artístico de México.

Lo conocí físicamente en 1982 en el marco de la Muestra Estatal de Teatro y en septiembre de ese mismo año acudimos al llamado de la Universidad Autónoma de Sinaloa para tomar un taller de actuación que daría el maestro Liera, para posteriormente fundar el Taller de Teatro de la UAS, TATUAS.

Para muchos la figura de Liera era polémica por su postura inquebrantable ante lo que él consideraba una injusticia, muchas muestras hay de ello, de no quedarse callado. Rodolfo Arriaga en su libro De la demolición del Apolo a la Inauguración del Teatro del IMSS consigna el siguiente episodio: “cuando se estrenó la obra El alma buena de Sezuán, en 1976, Liera homenajeó a doña Socorro Astol que, sentada en el lugar de honor, fue desalojada de su butaca, para que la ocupara el gobernador Calderón y su esposa, la primera dama del estado. Cuando Óscar lo supo, montó en cólera y a la hora de presentar a los invitados, dijo: contamos con la presencia de doña Socorro Astol, primera dama del teatro sinaloense y en segundo término refirió al gobernador. Sandra Calderón directora de Difocur, le señaló: “señor, se pasó usted de vivo, ¿Qué no sabe que el señor gobernador es la primera autoridad?”. Y Óscar respondió: “Es cuestión de contexto, señora, su papá será el gobernador del estado, en el teatro, la autoridad y primera dama es doña Socorro Astol”.

Esto es apenas una pequeña muestra de la personalidad del autor de El jinete de la divina providencia, que también tenía su lado humano, bondadoso, caritativo, generoso, ultra solidario con los amigos, defensor a ultranza de las injusticias, esto último le valió ser agredido en varias ocasiones, ya sea por su postura política o denuncias a través de su obra creativa, como ocurrió con la obra Cúcara y Mácara antes mencionada, que incomodó a los altos jerarcas de la iglesia católica.

Como muchos recordarán, fue censurado cuando puso en escena La verdad sospechosa, al cortarle la luz del teatro en plena representación, por órdenes del delegado IMSS, argumentando que se aludía directamente al presidente de la nación; le cancelaron también el estreno, en la sala Lumière de la obra Los caminos solos, con el TATUAS. Fue vetado por el gobierno de Labastida Ochoa por realizar un acto de protesta público, ante el abuso de autoridad y violando la ley de Tránsito, al llevarse una grúa su carro que estaba estacionado en lugar permitido (de lo cual fui testigo presencial) pero reservado para los autobuses que traerían a los acarreados para el mitin de campaña presidencial del candidato Carlos Salinas de Gortari del entonces partido invencible. También, Liera fue golpeado brutalmente con manoplas por un grupo de personas al salir de una estación del metro por órdenes directas de “El tigre de Escuinapa”. Fue encarcelado, en Culiacán, por conducir un supuesto carro robado, etcétera.

Ser congruente y crítico le costó sangre, sudor y lágrimas; como dramaturgo excepcional, sus textos son considerados clásicos, para muchos especialistas el mejor del país; su obra El camino rojo a Sabaiba está catalogada como la más representativa del teatro mexicano.

Por otra parte, Liera era “temido” como director teatral, su férrea disciplina, compromiso artístico y pasión aterrorizaban a más de uno, también fuimos testigos de ello, cuando con argumentos irrefutables corrió de los ensayos y del grupo a algunos compañeros, por cierto, en donde me incluyo, y en las giras era radicalmente estricto con el comportamiento. En contraparte una vez concluido el ensayo o la gira como si fuera un actor camaleónico, súbitamente cambiaba su personalidad: la del amigo, la del compañero, juguetón, bromista, era realmente maravilloso, pero excedido en ocasiones, ya que la amistad también la llevaba al extremo.

A quienes consideraba sus amigos eran incondicionales y eran relativamente muy pocos, decía que eran su verdadera familia porque los había escogido él; yo no lo sé de cierto si me consideraba parte de su círculo de amistades, pero lo que sí sé que en momentos de aprietos, siempre me apoyó, en ocasiones sin que se lo pidiera, siendo un poco cursi de mi parte, comento que el día de mi boda, que fue en Escuinapa de Hidalgo de donde es mi mujer, cuando aún no existía el bum de los videos, él con su camarita beta grabó todo el evento, desde un bello atardecer arrebolado como preámbulo que logró captar, hasta alborear, y a los primeros quiquiriquí de los gallos. Y como la tanda húngara no alcanzó como estaba previsto para pagar a la famosa y cara orquesta de “Nacho Millán y sus Vagos”, Liera al darse cuenta de tal situación, de manera sigilosa y sin decirle a nadie solventó la deuda, quedándose según él sin un cinco, ni para pagar el hotel por mi “culpa”, claro esto tuvo sus consecuencias, tremenda regañada que me dio como únicamente él sabía darlas, detalles como este tenía a menudo.

Liera, consecuente hasta el último suspiro, nos decía: “apenas muertos me fallan a un ensayo”, y literal, en una de sus últimas imágenes que tengo de él, en diciembre de 1989 llegó al ensayo de la obra El portal de Belén en silla de ruedas, en estado deplorable, sin poder articular palabra alguna y con bolsas de transfusión sanguínea. A los pocos días dejó el plano terrenal, apenas a los 44 años.

Y así, en el trabajo escénico, como en una obra de teatro en donde todo es ficción, ahí Liera era uno, y en la vida cotidiana, en el otro escenario, en donde todo es real, era otro, ambos escenarios importantes para quienes tuvimos ese privilegio. Desafortunadamente se fue joven, este diciembre de 2025 cumpliría años. Pero es eterno, porque como bien decía: “la única manera de morir y seguir viviendo, si no es despertar de un sueño, es morir y dejar algo imperecedero”.

Artículo publicado en la edición número 19 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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