Óscar Liera, le sobreviven su teatro y su rigor

Óscar Liera, le sobreviven su teatro y su rigor

Este artículo fue publicado en el periódico El Día, en enero de 1990, un día después de la muerte del dramaturgo sinaloense

 

Nacido en 1946 un 24 de diciembre en Culiacán, Sinaloa, Óscar Liera, dramaturgo, director, pedagogo y promotor teatral, falleció este viernes 5 de enero a las siete de la noche. La enfermera que lo cuidó hasta el último momento declinó dar su nombre. Pero éste es su parte médico: “Una quistoplasmosis le provocó un paro cardiorrespiratorio. Estuvo en coma a partir del jueves en la mañana. Desde el 27 de diciembre estuvo grave. Gracias a Dios se recuperó pero nos duró hasta el jueves”.

Óscar Liera, cuyo verdadero nombre es Jesús Óscar Cabanillas Flores, debutó profesionalmente como actor en 1970, en un montaje en que como director también debutara Germán Castillo y en el que participaron Delia Casanova y el fallecido Ernesto Bañuelos. Había cursado estudios de actuación en la Escuela de Arte Teatral del INBA. Cursaría posteriormente la licenciatura de Letras Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, haciendo estudios de maestría alrededor de la figura y legado de Fray Servando Teresa de Mier. Durante largas estancias en Francia e Italia realizó estudios de historia del arte. Todo su bagaje cultural lo volcó a la pasión de su vida: el teatro.

El talento de Óscar Liera para la dirección escénica y la dramaturgia se reveló con el montaje que a finales de 1979 y principios de 1980 presentó en el Teatro de Santa Catarina: El Lazarillo, versión libérrima de Óscar Liera al Lazarillo de Tormes, donde la injusticia social y la picaresca que se genera para paliarla van de la mano.

Ya para entonces había escrito la serie de obras cortas que, recogidas bajo el título de La piña y la manzana, le fueron publicadas por la Universidad Nacional Autónoma de México, y de las que El gordo y Los camaleones, le fueron llevadas a escena ese 1980 por Enrique Atonal.

Un año después Óscar Liera nos dejaría ver toda la carga crítica de su dramaturgia con la obra Cúcara y Mácara, en la cual, haciendo referencia a la Virgen de Guadalupe, cuenta cómo unos curas y beatas fabrican milagros para que sigan adorando a la Virgen de Siquitibum. El tema, más el corrosivo montaje de Enrique Pineda al frente del grupo Infantería teatral, provoca que grupos de derecha aún no identificados por la justicia mexicana tomen el teatro Juan Ruiz de Alarcón y golpeen a actores y al director al grado de mandarlos al hospital. La contrarreforma —no es cosa de ahora— parecía haber sentado sus reales en el país.

Instalado como profesor universitario y con un importante futuro tanto académico como teatral, Óscar Liera decide volver a Culiacán y funda en 1982 el Taller de Teatro de la Universidad Autónoma de Sinaloa (TATUAS) con gente que sin ser profesional se interesaba en el teatro: Rodolfo Arriaga, Sergio López, Norma Ley, Claudia Apodaca, Adrián Rivera, Martha Salazar, Héctor Monje, “El Borrego”, “El Chango”, “El Chuti”, entre otros entrañables teatreros. Con este grupo se presenta en 1983 en la VI Muestra Nacional de Teatro, llevada a cabo en Morelia, con una versión de La verdad sospechosa en la que Liera muestra una de las vertientes de su estética teatral: la adaptación de los clásicos a las contingencias de nuestros días, recuperando su crítica social y contemporanizándola.

Fernando de Ita resumió así el montaje: “espléndida versión… basada en la comprensión, asimilación y proyección del texto, por parte de los actores y vigencia del paradigma alarconiano: nadie puede mentir eternamente. Ni siquiera el PRI…”.

1984 marca la internacionalización del TATUAS. Durante la VII Muestra Nacional de Teatro, realizada en Xalapa, Veracruz, Liera le escribe y dirige a su grupo El jinete de la Divina Providencia. Obra basada en la vida de Jesús Malverde, bandido sinaloense de la estirpe de Chucho “El Roto”, que aún es adorado en la capilla edificada en su honor en Culiacán. La elipsis de la obra es clara: terratenientes y latifundistas no son muy diferentes a los del porfiriato, tal vez ahora estén afiliados a algún partido, nada más.

Por la vigencia del tema, por su innovación estilística y la homogeneidad y propuesta grupal, El jinete de la Divina Providencia fue invitado a los festivales Latino de Nueva York y de Manizales, Colombia, donde por su temática y calidad rebasó con mucho al teatro panfletario que salvo pocas excepciones se hacía en América Latina.

La organización de las muestras teatrales de Noroeste —del teatro del desierto— me permitieron como reportero atestiguar que la propuesta de Óscar Liera funcionaba en su calidad de alternativa a modelos teatrales estatales y privados, a la falta de escuelas fuera del Distrito Federal, a la avidez nacional por hacer teatro de diversos estratos de la población y a la falta de interés por los gobiernos de los estados por crear infraestructuras teatrales propias.

Ello explica la disidencia de Óscar Liera, quien en su propio oficio paliaba la demagogia prevaleciente, y no se hable de los ochenta como una década a la que el país sobrevivió de milagro. Óscar no pedía, exigía a las instituciones culturales que cumplieran con su obligación. Solo la UAS lo acogió sin reservas ni condiciones. Audómar Ahumada Quintero, ex rector universitario, siempre le dio su apoyo, no así el gobierno de Toledo Corro que hizo lo posible por hostilizarlo. La rabia de Liera y los integrantes del TATUAS lo sacaron adelante.

En 1986, Soledad Ruiz dirigió Las fábulas perversas. Esto me dijo Óscar Liera sobre su obra basada en un disidente de la iglesia mexicana: Fray Servando Teresa de Mier: “La obra es una alegoría que parte de la vida de Fray Servando para referirse a las sociedades actuales. Servando era un megalómano que desde el individualismo trató de cambiar la injusticia de su tiempo. Lo que sí es indudable es que en la obra criticó los abusos emanados de todo poder”.

Influido por las técnicas de la novela francesa, Liera yuxtapone tiempo y espacio en sus obras. Rompe la narración lineal pensando siempre en sus dispositivos escénicos. En los ochenta ve montadas obras suyas como Las juramentaciones y Las Ubárry. En los últimos años de la década funda, además del TATUAS, otros talleres en diversas ciudades de Sinaloa. Establece una relación de trabajo con María Alicia Martínez Medrano, otra aferrada del teatro, quien ahora habrá de proseguir con el trabajo de Liera en Sinaloa.

En 1989 la dirección de teatro del INBA, con Germán Castillo al frente, le patrocinó los montajes de El camino rojo a Sabaiba y Dulces compañías. La primera sería dirigida por Adam Guevara y la segunda se constituiría como el último montaje de Julio Castillo. En mayo, Óscar Liera escribió y dirigió Los caminos solos, obra basada en otro bandido generoso: Heraclio Bernal. Para completar la trilogía, Óscar Liera gustaba decir que estaba escribiendo la vida de Toledo Corro. Con esta obra, Liera refrendó su prestigio en Manizales en su último agosto.

Afectado los últimos dos años por una larga enfermedad que le restaba la energía pero no la voluntad para seguir haciendo teatro, Liera recibió hace unos meses el diagnóstico de que en los pulmones tenía un hongo de murciélago, propio de algunas regiones de Culiacán. Curado de esto se recuperó unos meses sólo para verse postrado por un cáncer generalizado que acabó con su vida. Y todavía en diciembre vino a México para que le aplicaran quimioterapia volviendo el mismo día para estrenar una pastorela anticonvencional con su grupo.

Marginado del último Festival Cultural de Sinaloa porque nuestros gobernantes apenas están vislumbrando lo que debe ser aprender a vivir con la disidencia, más por la fuerza de ésta que por vocación personal, uno de los teatros que siempre le negaron —salvo el del IMSS en algunas ocasiones—, y contrariando lo que sería su voluntad, deberá llevar el nombre de Óscar Liera.

Óscar Liera fue objeto de un homenaje en la UAS y, antes de ser llevado al cementerio ayer en la noche, homenajeado en el Teatro del IMSS de su natal Culiacán. Le sobreviven su madre, Alicia Flores viuda de Cabanillas y su hermana Adelina Cabanillas de la Vega, sus actores y sus amigos, a quienes su muerte nos deja hechos una madre.

Artículo publicado en la edición número 19 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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