En el IPN se exhibe una muestra del pintor que ha dedicado su vida al arte
En el Instituto Politécnico Nacional, José Uriarte vuelve a desplegar su mundo en color, textura y alegría. Sus cuadros parecen susurrar historias de infancia, de calles, plazas y de gente que ha visto y amado.
A sus 74 años, con más de 80 exposiciones individuales, sigue pintando no por fama ni reconocimiento, sino porque la pintura es para él un acto de presencia: una manera de decir, silenciosamente: “estuve aquí”.
Su camino hacia el arte inició con brochas gruesas y paredes por pintar en la Universidad Autónoma de Sinaloa, donde trabajaba en el área de mantenimiento. Fue enviado a la entonces Escuela de Artes Plásticas y con la duda de si lo dejarían quedarse, pidió observar, aprender y probar.
“Yo solo quería que todo el mundo supiera que quería pintar”, recuerda, entre risas, “y ahí me quedé y he seguido para siempre en la pintura”, señala.
La infancia de José en Culiacán, marcada por la precariedad le había enseñado que para lograr algo tenía que esforzarse. Antes había sido albañil, chofer, llantero y fotógrafo.
“Cada oficio le enseñó a observar, a resolver, a crear. Me acuerdo que mi primer dibujo vendido representaba a Zapata, con lo que ganaba me compraba pinturas, yo siempre me acordaba lo que me decía mi mamá de que la necesidad lo hace genio a uno”.
Pintar la vida común
Uriarte no apuesta a la belleza estética, sino a la naturalidad de las cosas. Le gusta pintar a la gente común, a la ciudad que lo ha visto crecer.
Su primer modelo formal fue su sobrino. Ahí comenzó a experimentar con la familia y la vida cotidiana.
“Tengo mucha influencia de Van Gogh y de los impresionistas, pero nunca he buscado imitarlos. Un maestro le dijo: ‘No pintes talladito, pinta como Van Gogh’, lo estuve estudiando, pero me quedé con la pintura espontánea, me gusta captar el alma”, indica.
“Era la primera vez que yo escuchaba hablar de un pintor. Nunca lo había escuchado mencionar. Mi mundo era otro”.

Para Uriarte cada cuadro es una conversación, cada pincelada es memoria viva, busca que el espectador sienta que está dentro de la escena, “creo que ese es el gran logro del arte, que te haga sentir”.
La pintura para él, es una urgencia. “A veces me despierto en la madrugada pensando en un trazo incompleto”, porque la obra lo llama.
Sus cuadros parecen dibujos de niño, directos y limpios, pero cargados de vida y experiencia.
“Yo no busco pasar a la historia de la pintura, pero sí no olvidarme de mi mismo, recordar mi infancia, mis hermanos y los días de plátanos pasados”, apunta.
“Cada cuadro es un testimonio, un pedazo de memoria, un fragmento de alma que asegura que, aunque yo no esté, algo va a permanecer. Mientras yo pueda voy a seguir”.
Artista vivo
Lo suyo es cercano al arte naif, espontáneo, narrativo, sin las pretensiones del academicismo.
“No soy un genio, no hay falsa modestia. Yo pinto lo que veo, le tomo fotos a los vecinos, a escenas cotidianas que luego pinto, con el alma la pongo entera”, dijo.
“A mí me gusta pintar lo que veo, lo que me nace, lo que me sirve. Si no tiene alma, no lo pinto”.
Una vez, contó que alguien se le acercó a ver uno de sus cuadros y le dijo que parecía un dibujo de niño, pero pintado por un adulto y lo tomó como el mejor de los elogios.
“Así sentía que era mi obra; directa, limpia, sin adornos, como quien pinta con la memoria, no con la técnica. Eso me confirmó que mi estilo no tenía que parecerse al de nadie más para ser legítimo conmigo mismo”.
Artículo publicado el 14 de diciembre de 2025 en la edición 1194 del semanario Ríodoce.







