Malayerba: Síndrome de Estocolmo

Malayerba: Síndrome de Estocolmo

El joven fue interceptado por los encapuchados. Eran cuatro o cinco. Lo agarraron por atrás, lo tomaron del brazo. Otros lo empujaban y uno más los esperaba en el puesto de conductor de la cheroki verde oscuro.

Vámonos, dijo uno. Parecía el de la voz de mando. Nada de andar platicando, cabrones. Les ordenó, Tápale la cara con eso, que se quede quieto, que no hable. Échalo en el piso, así, que no se mueva. Pégale un chingazo si empieza a chillar o gritar.

En el interior del vehículo imperaba el silencio. Él les decía, queriendo conservar la calma que no lograba, ese pecho que le rebotaba, que no había hecho nada malo, que lo dejaran ir. Callados.

Le parecía escuchar los sonidos apenas perceptibles de las teclas de algún teléfono celular. Sus captores seguían órdenes de no hablar y se enviaban mensajes, dialogaban, a través de los aparatos inalámbricos.

Tomaron carretera. Lo supo porque dejó de escuchar sonidos de claxons y no hubo más paradas continuas. Era asfalto el que pisaban.

Oiga, debe haber un error. No soy yo, no he hecho nada malo.

Cállate pendejo, contestó uno. Los otros le dieron un sope: no debía hablar frente a la víctima.

Tenía una suela dura, como de bota, en la espalda. Otra más flexible, como de tenis, en una de las piernas. Uno más le pisaba la mano derecha, pero sin machucarlo.

Se detuvieron. Abrieron la puerta y se bajaron dos o tres. Sintió la pesada y honda compañía de sus captores a los lados, encima de él.

Voces afuera. Uno de ellos, el que parecía el jefe de todos, hablaba más fuerte, con mucha seguridad. Los otros un sí jefe, sí patrón. Abrieron la puerta de uno de los lados. Le dijeron, Levanta la cabeza.

No le quitaron el pañuelo que le cubría los ojos pero le ordenaron que los mantuviera cerrados. Si los abres te mato.

El que estaba afuera les dijo encabronado, No es. No es este. Seguro patrón, preguntó otro. Seguro. Ah cómo son pendejos. Llévenselo. Pero a dónde, mi jefe. Mmm. Podemos dejarlo bajo el puente, en la entrada sur de la ciudad. No.

Silencio que desespera. Silencio como túnel en cuyo extremo lo espera la muerte, un fusil que le escupe fuego, una pistola fría, nauseabunda, con varias muescas en las cachas, empujando su nuca.

Ya sé, lo dejamos a la orilla de la carretera. Tampoco.

Llévenselo a Culiacán. Allá déjenlo.

Y luego le advirtieron. Nada de gritos, cabrón. Si no, te matamos.

Una hora de camino. Una hora que es eterna. Muchas muertes en ese lapso. Miles de latidos que le agrietan el centro del tórax. Ojos que lloran solos, en automático, sabiéndose perdidos. Una vida que pasa veloz: desde la infancia hasta esa premuerte.

De nuevo todos callados. Él resignado. Y pidió perdón a nadie, por dentro. Y se despidió.

Uno de ellos dijo, Aquí, sobre el malecón. Párate, párate. No importó si había o no tráfico. Lo bajaron como lo subieron: a empujones. Él se quedó sentado, tratando de cubrirse con las manos, las piernas. Protegerse de nada.

Ni cuenta se dio cuando se fueron. Abrió los ojos, se quitó el pañuelo. Caminó atontado. Pidió un teléfono prestado. Habló con familiares y lo recogieron.

Habló a un noticiero de radio. Le dijo al conductor del programa que quería avisar que estaba bien, que quería que su familia y amigos lo supieran. Lo habían levantado y liberado, sano y salvo.
Y me trataron bien, muy amables. No hablaron ni nada, ni sé quiénes son. No los vi. Pero estoy contento porque me soltaron. No me hicieron nada. Quiero darles las gracias.

Artículo publicado el 14 de diciembre de 2025 en la edición 1194 del semanario Ríodoce.

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