Hay políticos que, en lugar de ocuparse de la mejora de las instituciones democráticas para reducir problemas como la corrupción, nos hablan de mitos sobre un pasado glorioso y de una nación supuestamente castrada por influencia de los ideales liberales. Y, en vez de buscar soluciones para aliviar nuestra inquietud, lo que pretenden es intensificarla para que cunda el pánico por la presencia de unas amenazas que ponen en peligro la “masculinidad” y la “pureza” del país, supuestamente derivada del feminismo, los derechos de los gays y la inmigración.
La política fascista solo puede sobrevivir y prosperar en un estado de ansiedad y miedo constante. Lo que buscan con ello no es solucionar los problemas reales que tiene el país, sino que los ciudadanos pierdan de vista sus causas para poder ahondar en ellos y agravarlos.
El fascista te halaga y te dice que tu país tuvo un pasado glorioso cuando personas semejantes a ti estaban al mando. Es trágico que te digan que esa época heroica se ha acabado y ha sido destruida por unas fuerzas que supuestamente amenazan tu masculinidad y tu religión.
Pero el heroísmo auténtico está en otra parte: la valentía en resistir a esa adulación, en tomar conciencia de que los mitos no son más que eso: mitos que pretenden distraer a su público de los problemas reales que tenemos ante nosotros. Estos problemas nos piden que reprimamos el ansia de mirar hacia atrás en busca de un pasado mítico en el que nuestra tribu mandaba sobre los demás y que miremos hacia adelante en busca de un futuro mejor y más justo.
El discurso del fascista es xenófobo y ultranacionalista. El país es para nosotros, nosotros somos primero. Hagamos otra vez grande a nuestro país. Proponen inmigración cero, expulsiones masivas, menores incluidos. Construir muros es una de sus principales promesas de campaña. Ningún barco con inmigrantes podrá llegar a nuestras costas. Prometen calles seguras, más policías, tolerancia cero, cadena perpetua. Han lanzado una cruzada regeneradora contra los “parásitos”, categoría en la que entran lo mismo refugiados que parados que rechacen una oferta de empleo.
Umberto Eco en su famoso ensayo El fascismo eterno, publicado primeramente el 22 de junio de 1995 en la revista estadounidense The New York Review of Books, profundiza en las características fundamentales del fascismo. Eco plantea catorce elementos o rasgos clave, a los que se refiere como “maneras”, que aparecen habitualmente en los movimientos fascistas. Aunque no todos estos rasgos están presentes en todos los movimientos fascistas, juntos crean un patrón reconocible.
El ensayo se estructura en torno a estas catorce formas, proporcionando una exploración en profundidad del fascismo como ideología polifacética y adaptable. Sostiene que no es posible organizarlas en un sistema coherente, pero que “basta con que una de ellas esté presente para que el fascismo se coagule en torno a ella”. Utiliza el término “ur-fascismo” como descripción genérica de diferentes formas históricas de fascismo. Tres de las catorce propiedades son las siguientes:
1.- “El culto a la tradición”, caracterizado por el sincretismo cultural, aun a riesgo de contradicción interna. Cuando toda la verdad ya ha sido revelada por la tradición, no pueden producirse nuevos aprendizajes, sólo nuevas interpretaciones y refinamientos.
2.- “El rechazo del modernismo”, que considera el desarrollo racionalista de la cultura occidental desde la ilustración como un descenso a la depravación. Eco distingue esto de un rechazo del avance tecnológico superficial, ya que muchos regímenes fascistas citan su potencia industrial como prueba de la vitalidad de su sistema.
3.- “El culto a la acción por la acción”, que dicta que la acción tiene valor en sí misma y debe emprenderse sin reflexión intelectual. Esto, dice Eco, está relacionado con el anti intelectualismo y el irracionalismo, y a menudo se manifiesta en ataques a la cultura y la ciencia modernas.
Artículo publicado el 26 de octubre de 2025 en la edición 1187 del semanario Ríodoce.






