Pasamos el primer año de esta nueva narco-guerra en Sinaloa. Hoy se puede afirmar que es el periodo más violento del que se tenga registro: por lo focalizado de los sucesos en los municipios del centro, particularmente en Culiacán; por los hechos violentos presentándose cada día, casi sin excepción; por la difusión constante y hasta la exhibición por ellos mismos de cada crimen; y porque no se trata de dos grupos del narco matándose entre sí, esta vez tiene profundas implicaciones sociales, económicas y políticas. (Luego iremos a los datos, porque alguien podría afirmar que hay periodos de tiempo con índices delictivos más altos en el gobierno de Mario López).
El estado ha vivido un largo periodo de violencia constante, el último medio siglo, con etapas de una engañosa pax narca que luego escala a niveles alarmantes. Todo por ser el territorio y cuna de las cabezas principales del tráfico de drogas en México. Primero como productores, luego como empresarios artífices de la expansión del tráfico.
Nada de lo que ha ocurrido en los últimos 400 días es ajeno a nuestros antecedentes históricos. Lo que ha pasado hasta ahora da puntos de comparación y diferencias con las guerras del pasado reciente.
¿Cómo se narra esta guerra? Lo principal es que esta guerra entre Chapitos y Mayiza se narra en tiempo real. Cada suceso desde el 9 de septiembre de 2024 se reporta —bien o mal, ese es otro asunto— en transmisiones en vivo en redes sociales. Ahora no hay espera para enterarse de lo básico, la inmediatez de la tecnología no deja espacios para incertidumbre, aunque justamente es lo que invade a todos, la incertidumbre.
La narrativa recae sobre todo en una mezcla de medios tradicionales con creadores de contenidos para redes. En sus mensajes ambos caen en la misma trampa, que es la repetición de mitos y falsedades promovidas a veces desde voceros del crimen —influencers que llevan años acumulando seguidores y repitiendo mensajes de uno u otro bando—, otras veces solo se trata de una interpretación facilona de la complejidad que implica esta guerra.
En esta narrativa el gobierno ha desaparecido. No logra tomar el control y articular una explicación coherente, verosímil, empática con la gente. A veces parece que ni siquiera lo intenta. Depende esencialmente de las esporádicas apariciones de Omar García Harfuch, el Secretario de Seguridad Federal, para reorientar el mensaje. Después queda un vacío, porque el Secretario de Seguridad estatal solo está encargado de operaciones, no encabezar la comunicación. Ni se diga la invisible Fiscalía Estatal, igualmente extraviada.
Si se deja al garete la narrativa, como hasta ahora, se mantendrá en el mismo rumbo.
Margen de error
(Igual) Pasamos el año de guerra y todo sigue en el mismo sitio a pesar de una indiscutible y robusta intervención de las fuerzas federales. Sin ir muy lejos la semana pasada atentaron contra el alcalde de Elota, Richard Millán. Emboscaron en Tepuche a un convoy de militares, asesinando a uno de ellos y hasta incendiando la patrulla. Mataron a dos agentes de tránsito en su propia unidad, y lo hicieron cuatro jovencitos apenas mayores de edad —entre ellos uno de solo 15 años. Siguen atacando e incendiando viviendas. Y por si fuera poco, otra vez se escucharon las armas de grueso calibre dentro del penal de Aguaruto.
Aquí vamos a la narrativa de nuevo. Se ha querido pensar que esta guerra no será larga, pero cada vez muestra exactamente lo contrario. En 2008, en la guerra de Chapo y Mayo unidos contra los Beltrán Leyva, se demostró un poder de fuego y de personal a su mando tan fuerte, que la guerra se prolongó por años. Ahora es muy parecido. Siguen igual de poderosos como al principio.
Primera cita
(Principio) Si hablamos de una diferencia en las narrativas, podríamos remontarnos a los años 70, hace unos cincuenta años cuando todo se empezó a torcer. Y se torció porque la clase política de entonces no reconocía la gravedad del crecimiento del tráfico de drogas, y porque terminó mimetizándose con ellos mismos, haciendo negocios o entrando en él, hasta no saber quién era quién.
Entonces en Culiacán los narcos despuntaban en el barrio de Tierra Blanca. Los periódicos la llamaban “tierra de nadie” y a los narcos los llamaban “broncos gomeros”. Ya entonces, 1971-1973 se hablaba de la frecuencia de enfrentamientos armados entre Judiciales Federales y Militares contra “gomeros”.
En aquellos tiempos, como ahora, el gobierno federal anunciaba el envío de agentes para apoyar la guerra.
Había dos discursos encontrados entre autoridades americanas, como el mercado enorme que ya eran, y el gobierno mexicano en combate contra los productores, en una acción conjunta que anunciaron como Operación Cooperación. Incluso en enero de 1970 estuvo en Culiacán el subprocurador de los Estados Unidos para el arranque de la campaña contra el narcotráfico.
En México, sin embargo, se presumía como derrotado el narcotráfico, apenas al inicio de la campaña: “El narcotráfico ha sido abatido en su totalidad” se atrevieron a afirmar.
Lo mismo diría como exgobernador Leopoldo Sánchez Celis, en 1978: “Paramos el pistolerismo y paramos el narcotráfico. ¿Por qué? Porque operó el principio de autoridad del Estado y el gobierno no requirió del Ejército para nada”.
Hoy conocemos la historia (PUNTO)
Artículo publicado el 19 de octubre de 2025 en la edición 1186 del semanario Ríodoce.







