Malayerba: Adivina

Malayerba: Adivina

Las cartas estaban sobre la mesa. La mujer le dijo a la joven aquella que avisara, que les iban a caer los guachos, que sacaran de ahí toda la mariguana y las armas, porque les iban a catear la propiedad.

Aquella se levantó en chinga, tomó el teléfono y pasó el recado. Sin creérsela mucho, los que le contestaron procedieron. A los minutos el lugar se había llenado de militares que buscaban droga y armas de fuego en todas las habitaciones.

El dueño de la casa mandó por la adivina. Dos hombres la estaban esperando afuera de su despacho. Le preguntaron si era ella. Vente con nosotros. Les contestó que estaba bien, pero que le permitieran avisar. Habló con alguien: me llevan y no sé a dónde.

Llegaron a una casa grande. Una niña de catorce años se esmeraba en devorar las rayas de polvo y apagar la sed con una cerveza. Dos hombres tomaban bucanas, otros dos la vigilaban. Había una cocina y un comedor que nadie limpiaba, y un refri lleno de desperdicios.

Otros dos hombres, con armas a la cintura, la condujeron hasta el jefe. Con voz de trapo le preguntó quién le había avisado del operativo de los militares. Le respondió que nadie, que ella se dedicaba a leer las cartas.

Era un hombre de unos cincuenta años. Moreno, alto y algo voluminoso. La miraba como queriendo esculcarla, como asomándose a esa voz pausada y a esos ojos que no lo esquivaban. Una y otra vez las mismas preguntas. Quince veces.

Les dijo a los pistoleros, Llévensela y al ratito me la traen. Los hombres la sentaron en la sala, muy cerca tenía dos armas cortas y pensó si las agarro y les disparo me llevo a uno o dos, pero aquí voy a quedar. La pensó mucho y poco.

Otros dos matones jugaban baraja, uno más la veía a ratos, vigilante. Se levantó, estaba ansiosa y tenía que hacer algo: caminó con soltura hacia la cocina, limpió todo como si fuera de ella y preparó chicharrón ranchero, frijoles y machaca. Calentó tortillas.

El olor convocó a la niña que aspiraba rayas de polvo, a los cuatro pistoleros y al jefe. Qué bien guisa, oiga. Ella respondió con un tenue gracias. Unos comieron en la sala, otros en la cocina y el jefe arriba, en la recámara.

Volvieron a llevarla: quién te avisó, cómo supiste, para quién trabajas. Nadie, repitió ella otras diez veces. Miró a los matones aquellos y les ordenó, Compren gasolina y quémenla. Ella le dijo, Por qué, si no he hecho nada, si hasta le ayudé.

En eso llegó la joven a la que ella le había leído las cartas. Era mujer del jefe. Supo lo que pasaba y se encerró a pelear a gritos con el patrón. Se escuchaban mentadas y chingados y puta madre por todos lados.

La joven salió echando madres y el otro ya no le respondió. Les ordenó a los guardaespaldas que la llevaran a su casa, ellos voltearon a ver al patrón y este asintió con la cabeza. No te van a hacer nada estos pendejos, le repitió al oído.

Ella traía todavía el sismo en la panza y las piernas. Aquellos le cerraron el paso a un taxi, le aventaron quinientos pesos y le gritaron, Déjela dónde ella quiera. El conductor se espantó y no sabía para dónde conducir. Así no puedo, oiga. No puedo manejar.

Nervioso interceptó a un colega, le dio el billete y le encargó a la pasajera.

Eran las cuatro de la mañana. Soltó el llanto frente a su casa, resucitó.

Artículo publicado el 28 de septiembre de 2025 en la edición 1183 del semanario Ríodoce.

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