El ‘Mayo’, ficción, mentiras y balas

El ‘Mayo’, ficción, mentiras y balas

Ismael Zambada habla de nuevo: que siempre sí es culpable. Hace casi un año, en septiembre del 2024, dijo que era inocente de los cargos que le leyeron en una corte de Estados Unidos donde llegó secuestrado por los hijos del Chapo, quien fuera su socio, amigo y compadre. Una inocencia que ni él mismo se creyó. El Mayo es un capo con la fama suficiente que hace imposible negar la culpabilidad.

El mea culpa del Mayo establece una línea del tiempo de 1969 a la fecha. Con apenas 19 años inició sembrando mariguana, después intentó con la heroína, pero sería la cocaína su fuerte: “transporté y vendí al menos un millón y medio de kilogramos de cocaína para Estados Unidos”, dice en su declaración ante el juez en la corte de Nueva York.

Estamos en los avisos previos de una película que ya hemos visto muchas veces. Una fórmula preestablecida que a los estadunidenses y su sistema judicial les funciona, se la creen, eleva su ego justiciero. El mejor ejemplo para entenderlo son las películas de Liam Neeson desde Búsqueda Implacable, todas las que le siguieron son el mismo argumento: un agente especial, casi invencible, que va al rescate de alguien o a vengar un crimen. El actor envejece pero la edición le permite una agilidad inaudita. Todos sabemos que son imposibles su hazañas, pero igual se consuman.

Así tal cual el anquilosado y presumido sistema de justicia americano, con frases espectaculares y osadas al máximo: “Nadie está fuera de nuestro alcance”, dice el director de la DEA —la Agencia Antidrogas americana—, Terry Cole. “Es el colapso de un mito”. Parece eslogan de una nueva serie, pero corresponden a los dichos en el marco del reconocimiento de la culpabilidad de Ismael Zambada.

O el siguiente diálogo del juez Brian Cogan (a quien gustan de llamar El Incorruptible, otro mote peliculesco) con el Mayo:

  • Juez: ¿Está listo para declararse?
  • Mayo: Sí.
  • Juez: ¿Cuál es su declaración?
  • Mayo: Culpable.
  • Juez: ¿lo hace voluntariamente?
  • Mayo: Sí, señor.
  • Juez: ¿Recibió promesas?
  • Mayo: No, señor.

Más ficción, más mentiras. Zambada ni siquiera se atreve a mencionar que fue presentado de manera ilegal ante la Corte, después de su secuestro. Que por supuesto que hay promesas para aceptar su culpabilidad. Que su preocupación del daño de las drogas es una impostura y que nunca le importaron las muertes de inocentes durante los 50 años en que estructuró la red criminal que dirigió y lideró.

 

Margen de error

(Ficción) El caso del Mayo, como en su momento lo fue el del Chapo, explica otra vez la comprometida historia de autoengaños que ha significado, al menos por medio siglo, la llamada guerra contra las drogas.

Hay cuatro ideas base que ayudarían a desentrañar una parte de esta madeja en los dos países involucrados, siempre y cuando reconozcamos que alrededor del narcotráfico nos hemos creado una historia falsa que vuelve imposible reconocer la realidad:

  1. Los Estados Unidos empodera a los reyes de la droga y se asume como una víctima, para transformarse en el súper policía que persigue a los malos por el mundo entero. Los traficantes están fuera, nunca dentro.
  2. México (o Colombia en su momento) pone a los muertos, se convierte en el campo de batalla para surtir un mercado insaciable.
  3. Los grandes juicios, las acusaciones e investigaciones se traman en Estados Unidos. Allá se escribe la historia cargada de ficción, porque lejos de reconocer una realidad se han creído (nos hemos creído) una mentira hollywoodense.
  4. México, sea el gobierno de cualquier color, optó por desentenderse de las graves carencias institucionales que arrastramos para enfrentar seriamente a la delincuencia organizada.

Porque el Mayo debió ser capturado por las autoridades mexicanas, hace por lo menos 30 años. Debió ocurrir en una abierta colaboración entre los dos países, en una corresponsabilidad. Pero lo que tenemos es que Estados Unidos no reconoce a sus narcos ni su demanda insaciable de drogas. Y México agacha la cabeza, porque hemos sido incapaces, en medio siglo, de enfrentar seriamente el impresionante crecimiento de organizaciones delictivas, mezcladas con una clase política emergente.

 

Primera cita

(Herrán) Nuestros muchos intentos por enfrentar al narco siempre terminan igual. En junio del 2000, en el ocaso del PRI, el gobierno de Zedillo se despedía con una intentona espectacular de capturar al Mayo.

Muy pocos días antes de la elección donde el tricolor perdería por primera vez la presidencia, el ejército mexicano y el entonces poderoso zar antidrogas, Mariano Herrán Salvatti, cayeron en el rancho Puerto Rico en la sindicatura de El Salado, apenas a 50 kilómetros de la capital de Sinaloa.

Simultáneamente centenares de militares estuvieron en las propiedades que desde hace décadas se sabía en Culiacán que formaban parte del emporio del Mayo. Herrán Salvatti apareció en una loma camino al rancho lechero, caminaba al encuentro de los periodistas para decirnos que se les había escapado. Una vez más.

Hoy veo las fotos del encargado de enfrentar al narco y al Mayo de entonces, y tienen un parecido irónico. Ambos en sus cincuentas, con sobrepeso, el bigote, el corte de cabello y el peinado similares.

Lejos de detenerlo, el Mayo creció. Unos meses después de aquella intentona por capturarlo se fugó el Chapo. El resto ya lo conocemos, el cártel de Sinaloa se empoderó.

El perseguidor del Mayo, cabeza de la lucha antidrogas, después pasaría tres años en la cárcel acusado de peculado y asociación delictuosa. Para más ironías después se convirtió en abogado defensor del gobernador de Quintana Roo, Mario Villanueva, a quien antes había acusado por sus ligas con el narco.

Imposible encontrar algo más absurdo en esta falsa guerra contra las drogas. Herrán Salvatti sustituyó a Jesús Gutiérrez Rebollo, también acusado de dejar de ser un perseguidor del narco para convertirse en colaborador.

Ni uno ni otro, ni los que le siguieron, lograron detener al Mayo (PUNTO)

Artículo publicado el 31 de agosto de 2025 en la edición 1179 del semanario Ríodoce.

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