Repartidores de ‘plataforma’, constantes víctimas de asaltos

Repartidores de ‘plataforma’, constantes víctimas de asaltos

Señalan que con la pugna del Cártel de Sinaloa también se han convertido en blancos de ataques en Culiacán

Uno le puso la pistola en la cabeza, otro le apuntaba por la espalda y uno más se encargaría de revisarlo; el cabecilla se reservó en orquestar el asalto: revisa la mochila, quítale el celular, agarra la billetera, quítale el casco. La punta de la pistola seguía presionando uno de sus pómulos. Entre gritos, jaloneos y amenazas, “Emilio” (nombre ficticio) se quedó en blanco, cerró los ojos y se agachó.

Todo sucedió en menos de 4 minutos; la chamba es rápida. Emilio es repartidor de comida por plataforma y esa noche recibió un pedido en una de las colonias del sector norte, en Culiacán. Todo transcurría como siempre, llevaba toda la tarde trabajando y estaba a dos pedidos de cumplir su meta diaria. El encargo no lucía extraño: simples tacos que no sobrepasaban los 500 pesos. Además, ya había entregado en esa dirección.

Llega, nadie sale. Espera. Es de noche y el pedazo de calle lucía desértico, oscuro. Pasan 10 minutos y se acercan dos motos, dos sujetos arriba de cada una: uno encapuchado, otro con casco y el otro par con el rostro descubierto; las pistolas ya las cargaban en las manos, listas.

Lo rodean. “Hey, dame todo lo que traes, todo lo que traes”, le gritaban.  Levantó sus manos y en su nerviosismo apagó la moto: se enojaron. Su moto es vieja y mañosa para prender. “Por qué la apagas, por qué te haces pendejo”, le decía el encapuchado, mientras hacía sus maromas para encenderla; no pudo.

“Y no estés pidiendo paro porque te vamos a ir a matar, ya tenemos tu dirección; ya sabemos cómo ubicarte”, le dijeron.  Los cuatro morros, jóvenes e impávidos, se treparon de nuevo a sus motos. En la billetera que acababan de robar, traía su identificación y 70 pesos.

Emilio se quedó agachado, escuchando como el ruido de los motores se iba perdiendo.  Esa misma noche otros tres repartidores fueron atacados en el mismo punto.

Blancos de tiro

Durante los primeros meses, cuando iniciaba la sangrienta guerra entre facciones del Cártel de Sinaloa, Emilio prefirió acercarse al sector norte y alejarse del sector sur; en esa zona conflictiva, el riesgo era más latente. Los primeros en saberlo fueron los choferes de plataforma.

Comandos del narco los paraban, revisaban teléfonos, identificaciones y hacían sus preguntas. A uno que otro lo llegaban a “levantar”, ya estaban advertidos, no querían que chambearan. Si corrían con suerte solo los despojaban de sus carros y, cuando dejaban de responder, entre los grupos se pasaba la alerta: “Fulanito no contesta, le robaron el carro”.

Desde hace un mes, los blancos son los repartidores; los asaltos con violencia y las persecuciones para despojarlos son más frecuentes, suceden durante el día y en cualquier sector. Los grupos de mensajería han servido para pasarse las alertas entre ellos:

“Plebada, ahorita por la Hilario Medina (…) dejé un pedido (…) a una cuadra para adentro a la derecha en la primera, segunda casa, y ahí un morro se me arrimó ya que dejé el pedido y me asaltó, se llevó como 700 o 800 pesos (…) por si lo llegan a ubicar más o menos ahí me pasan el dato”, alertó un repartidor por un grupo.

Modus Operandi

Las maneras de operar son estudiadas por los punteros. Revisan los bulevares principales, en qué puntos se reúnen los repartidores y las rutas que suelen tomar. Por un par de meses disminuyeron los asaltos, los retenes que se posicionaron en las salidas de la ciudad apaciguaron el tránsito de punteros y grupos armados. En Culiacán, por un tiempo se dejaron de ver a los plebes, encaramados en las Italikas, ahora, —relata Emilio— nuevamente andan oliendo a las caravanas de militares.

Una de las tácticas consiste en hacer pedidos livianos desde cuentas nuevas o ya existentes con un historial limpio. Nada que sobrepase los 500 pesos. Encargos de más de 900 pesos y en zonas inseguras son focos rojos para los repartidores. Los pedidos se realizan en calles pegadas a los bulevares principales; los repartidores llegan, esperan y los asaltantes ingresan por el bulevar, realizan el atraco y se van.

Cuando uno de ellos es asaltado o perseguido, reportan en los grupos las características de los asaltantes, el tipo de motocicleta en la que circulan, los puntos donde fueron abordados y el tipo de pedido que se realiza. Esto mantiene atentos a los demás compañeros y les permite moverse a otras zonas que sean más seguras.

Quienes andan en moto se convierten en objetivos en los retenes militares. Los efectivos hacen la parada, solicitan papeles y licencia, revisan placas y realizan preguntas de protocolo: “¿A dónde vas?”, “¿Qué haces?”, “¿A qué te dedicas?”. Si accedes a responder y todo está en orden, se comportan; de lo contrario, dice pueden pedir dinero o llevarse la moto.

Los retenes de alguna forma funcionan —dice Emilio—, pero en su trote diario por las calles observa cómo los hombres armados prefieren sacarles la vuelta. No hace falta mirar mucho: a través del cristal se exhiben las puntas erectas de los rifles ensartados entre los asientos.

Atraco estancado

Esa misma noche, con un teléfono prestado, Emilio marcó al 911. “¿Quién te dijo que llamaras para acá?”, le respondió la operadora. Recordó el caso de uno de sus compañeros: después de ser perseguido por sujetos, llamó a las autoridades. “¿Si sabes que esa zona es peligrosa, para qué te metes?”, le contestaron. Esa noche no solucionó nada.

La mañana siguiente, Emilio se sentó a esperar en un cubículo de la Fiscalía para formalizar su denuncia. Ahí, tres personas denunciaron a agentes de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC) por sometimiento y robo de herramientas de trabajo. Del otro lado, una persona declaraba que elementos del Ejército le habían quitado dinero de su cartera. A Emilio se le juntó el coraje.

Otra señora también esperaba, exaltada. También la habían asaltado. Gritó. Quizás de miedo o de coraje. “Por qué se ponen a gritar como si uno resolviera las cosas”, dijo entre dientes una trabajadora mientras sacaba copias. “Qué van a decir de mí cuando me vaya”, se preguntó Emilio.

Por cualquier cosa, la denuncia ya está, aunque el agente asignado aún no llama. Emilio se piensa como un número más, otro que se suma a las estadísticas de violencia. Sigue trabajando, pero con miedo; hay que comer, no hay de otra. También los ve pasar: trepado en la moto, uno de los morros que lo asaltó sigue circulando por el bulevar.

Artículo publicado el 17 de agosto de 2025 en la edición 1177 del semanario Ríodoce.

 

 

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