Se había tardado más de lo debido. Y a ambos les daba miedo esa carretera, ese tiempo fuera, ese silencio que arde en la boca del estómago. Por eso decidió llamarle por teléfono celular: ¿Amor?, ¿bueno?
Esas salidas a Culiacán le ponían los pelos de punta. Ella con el Jesús en la boca y el rosario aprisionado en ambas manos. Y él rezando. Así se iba de la casa, se despedía de su esposa e hijos, en medio de un ritual de bendición colectiva. Todo va a salir bien, ya lo verás, le dijo él y encendió el motor del automóvil.
Se dedicaba a la compra y venta de refacciones para maquinaria agrícola. Iba y venía a varias partes del país. Pero ese tramo de carretera les mantenía un sabor amargo, ruidos extraños en sus cabezas y pasos oscuros rondando sus existencias.
No te preocupes, le dijo. Solo voy a ver a unos clientes, revisar los pedidos y ver qué pasó con un paquete que envié, porque no me lo han reportado. Si hay oportunidad aprovecho para cobrar algunas deudas. En cuanto termine y ojalá que sea antes de que oscurezca, me pelo de regreso.
Ella lo miró hacia arriba. Le pasó cariñosamente los dedos sobre el pelo, simulando peinarlo. Lo miró a los ojos, primero el izquierdo y luego el derecho. Quiso llorar pero cerró las compuertas de sus cavidades acuosas. Tomó con sus dos manos su cara para aprisionarla con ternura. Le agarró los brazos y luego se abrazaron y traspasaron.
Le llamó a su celular cuando llegó. Todo bien, le dijo. Sentado, frente a su plato de comida, volvió a llamarle para calmar la ansiedad. Más tarde, sentado frente a una taza de café, volvió a hacerlo.
Ya voy saliendo, mi amor. Aquí estoy, tomando la carretera. En un rato más estaré contigo, no te preocupes. Sí, de todos modos rezaré por ti. Los niños están bien. Ah, qué bueno. Más adelante lo detuvo un retén de la Policía Federal. Larga la fila de automóviles. Se resignó.
Llamó de nuevo a su mujer para explicarle el retraso, una vez que le hicieron un par de preguntas los uniformados y lo dejaron seguir su camino. Conversaba con ella cuando vio que varios vehículos lo rebasaban violentamente y de una se orillaron. Mira estos cabrones, le dijo a su mujer. Me rebasan nomás pa’orinar.
Pocos kilómetros devorados por ese motor bastaron: amor, hay otro retén, pero no parecen policías, no, no, son civiles, están platicando, o parece que están revisando a otros carros, los están asaltando. No me voy a parar, mi amor, voy a seguir.
Sin soltar el aparato telefónico ni detener la marcha, vio cómo dos camionetas que venían detrás de él le hacían señas con las luces. Uno de ellos se le emparejó por su lado izquierdo y le apuntó con un arma larga.
¿Amor? Ya me falta poco, pero voy a tener que detenerme. Parece que quieren quitarme la camioneta. Ya en la orilla de la carretera sintió el galopar de su pecho. No había colgado la llamada cuando aquellos cuatro lo rodearon. Les preguntó, Qué pasa. Con voz en retirada le dijo a su mujer vienen por mí.
Él gritó. Golpes, lamentos, mentadas. Y ella llorando, preguntando, Amor, qué pasa. Desde su teléfono celular.
Artículo publicado el 10 de agosto de 2025 en la edición 1176 del semanario Ríodoce







